Agustín de Hipona
Problema de Dios
El ámbito de la religión se basa en la fe, en la revelación y en las creencias personales acerca de Dios, la trascendencia y el más allá; mientras que la filosofía se apoya en la razón, lo que genera tensiones entre ambas al abordar la verdad. En el cristianismo, Dios es: todopoderoso, creador del universo ex nihilo; omnisciente e infinitamente bueno, trascendente y personal, cercano como un padre providente. El cristianismo introduce ideas opuestas a la filosofía griega clásica. Mientras los griegos sostenían que el cosmos era eterno y no podía tener un origen, el cristianismo afirma una creación ex nihilo y una historia lineal con principio y fin, en contraste con la visión cíclica del tiempo de los griegos. También reemplaza el intelectualismo ético griego, basado en la inteligencia, por el concepto de pecado, que se produce cuando el ser humano decide conscientemente actuar de manera contraria al ordenamiento divino.
Agustín sostiene que la fe y la razón están unidas de forma indisoluble. Por eso afirma que es preciso creer para entender, ya que la fe tiene prioridad ante la razón, a la que debe orientar y conducir. Para él, la existencia de Dios es una verdad indudable, por lo que no presenta pruebas sistemáticas de su existencia, aunque ofrece argumentos que la respaldan:
- Existencia de esencias universales, inmateriales y eternas, creadas por Dios.
- La belleza y el orden del cosmos.
- El consenso de los creyentes (argumento de la tradición y la experiencia religiosa comunitaria).
La doctrina de la Trinidad que Agustín defendió, y que fue finalmente adoptada por la Iglesia, establece que Dios posee una única naturaleza, pero se manifiesta en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Problema: sociedad y política
Agustín es reconocido por ser el primer pensador en desarrollar una interpretación filosófica de la historia, argumentando que los acontecimientos no son caóticos, sino que responden a un plan providente que Dios ha establecido. Según él, la historia de la humanidad es el desarrollo temporal de este plan divino. Agustín compara la ciudad celestial con Jerusalén, representando la unión con Dios a través del amor divino, y la ciudad terrenal con Babilonia, simbolizando el pecado y la caída de aquellos que se apartan de Dios para buscar su propio bienestar. Los miembros de la ciudad celestial son humildes y su amor hacia Dios es puro, mientras que los de la ciudad terrenal son orgullosos y su amor es egoísta e impuro.
Agustín interpreta la historia como un combate entre la ciudad de Dios y la ciudad terrenal, con una visión escatológica que se cumplirá al final de los tiempos. Aunque la ciudad terrenal pueda parecer dominante en ciertos momentos, su triunfo es temporal. Al final, la ciudad de Dios prevalecerá, revelando el verdadero sentido de la historia. Agustín distinguió entre la ciudad de Dios y la ciudad terrenal como una división moral, no como una diferenciación estricta entre Iglesia y Estado. Según él, ambas instituciones son necesarias: el Estado para garantizar el orden social y la Iglesia para la salvación espiritual.
Sin embargo, el Estado solo puede ser verdaderamente justo si se guía por el cristianismo, ya que una sociedad se define por el amor compartido de sus miembros, y este debe dirigirse a Dios para ser buena. Agustín criticó el donatismo, una herejía que sostenía que la Iglesia debía ser una comunidad de fieles perfectos y rechazaba los sacramentos administrados por clérigos que habían colaborado con el Estado. Argumentó que los sacramentos tienen valor por sí mismos, pues provienen de Dios, y que la Iglesia debe ser universal, no exclusiva. Asimismo, defendió la cooperación entre Iglesia y Estado como necesaria para el bienestar humano.
Problema: realidad y conocimiento
Agustín de Hipona une en su pensamiento la filosofía neoplatónica y la fe cristiana (platonismo cristiano). Inspirado en el Timeo platónico y en el cristianismo, desarrolló el ejemplarismo, según el cual las esencias eternas e inmutables existen en el pensamiento de Dios como modelos de la creación. Estas esencias son modelos ejemplares de todo lo que existe. Con el acto de creación, Dios dispone todo en el universo y establece las razones seminales, semillas de las que surgen, en su momento, todas las realidades del cosmos.
Agustín se ocupó profundamente del problema de la verdad, considerando a Dios como la verdad primera. Frente al escepticismo, defendió que es insostenible, ya que quienes afirman que la verdad no se puede conocer están, en realidad, haciendo una afirmación verdadera, lo que genera una contradicción. Además, sostuvo que incluso los más dubitativos tienen certeza de su existencia, pues el simple hecho de dudar demuestra que existen, viven y comprenden. Estas certezas constituyen una base sólida para encontrar la verdad, que se alcanza mediante el esfuerzo.
Agustín distingue varios tipos de conocimiento: el más bajo es el conocimiento sensible, que se refiere al mundo material y tiene utilidad práctica; por encima está el conocimiento racional, que se divide en un nivel inferior (saber científico) y uno superior (verdades eternas). Frente a la teoría platónica de la reminiscencia, Agustín la niega y propone la doctrina de la iluminación, según la cual las esencias eternas están en el interior del ser humano, pero solo se pueden conocer con la ayuda de Dios. El método para acceder a estas verdades es la introspección, un esfuerzo interior para buscar la verdad dentro de uno mismo, aunque la iluminación de Dios es necesaria para alcanzar el verdadero conocimiento. Para Agustín, la verdad más alta es el conocimiento de Dios.
Considera que razón y fe están indisolublemente unidas, siendo la fe la guía que señala las verdades a aceptar, y la razón la herramienta para comprenderlas mejor. Así, Agustín afirma que es preciso creer para entender, pues la fe tiene prioridad sobre la razón, a la que debe orientar. Para él, la existencia de Dios es una verdad indudable; por ello no presenta pruebas sistemáticas, aunque ofrece los argumentos ya mencionados: esencias universales, belleza y orden del cosmos, y el consenso de los creyentes.
Problema: ética
Según Agustín, el pecado original se transmite de generación en generación. El pelagianismo, una herejía influyente de la época, negaba la transmisión del pecado original, lo que Agustín rechazó, ya que implicaba que no habría necesidad de la redención de Cristo. En respuesta, Agustín adoptó la teoría del traducianismo, que sostiene que el alma humana se transmite de padres a hijos, lo que justificaría la transmisión del pecado original.
Agustín destaca el libre albedrío como un don divino que permite a los seres humanos elegir entre el bien y el mal. La libertad, según Agustín, no solo es la capacidad de elegir, sino el uso correcto de ese libre albedrío para seguir a Dios. Usarlo para fines egoístas lleva al pecado y a la pérdida de la auténtica libertad. Para Agustín, el mal se divide en mal físico (dolor, enfermedad y muerte) y mal moral (consecuencia de las malas acciones humanas). El mal moral no es responsabilidad de Dios, sino de la decisión humana de alejarse de su voluntad y seguir sus propios intereses egoístas.
Problema: ser humano
Agustín establece un dualismo antropológico entre el cuerpo, material e imperfecto, que no es más que un instrumento del cual se sirve el alma, nuestra parte espiritual que aspira a la salvación. Cree que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, lo que implica que existe una correspondencia entre las tres personas de la Trinidad y las facultades del alma: Dios Padre, como Ser, se refleja en la memoria humana; el Hijo, como Sabiduría, se vincula con el entendimiento; y el Espíritu Santo, como amor, se corresponde con la voluntad.
El amor es central en la filosofía ética de Agustín. Este amor es el modo en que debemos amar a Dios: un amor desinteresado y universal; la claridad de este amor permite acercarse a la divinidad amando también a los demás. Como sostiene Agustín, el amor hacia Dios nos acerca a Él, pero debido al pecado original necesitamos la gracia divina para alcanzar la salvación, ya que seguir los preceptos de Dios no es suficiente debido a nuestra imperfección.
Según Agustín, el pecado original se transmite de generación en generación. El pelagianismo negaba la transmisión del pecado original, lo que Agustín rechazó por implicar la ausencia de necesidad de la redención de Cristo. En respuesta, Agustín adoptó el traducianismo, que sostiene que el alma humana se transmite de padres a hijos. Agustín destaca nuevamente el libre albedrío como don divino que permite elegir entre el bien y el mal; su buen uso lleva al seguimiento de Dios, su mal uso al pecado y a la pérdida de la auténtica libertad. Para Agustín, el mal se divide en mal físico y mal moral; este último es consecuencia de la decisión humana de alejarse de la voluntad divina.
Santo Tomás de Aquino
Problema: realidad y conocimiento
Tomás de Aquino sintetizó en su obra la fe cristiana con la filosofía aristotélica. Su metafísica se basa en las ideas de Aristóteles, pero además añade la distinción entre esencia y existencia, que provenía del pensamiento islámico y judío. Según Tomás, la esencia de un ser es su potencia de ser, es decir, lo que lo define, pero no necesariamente lo hace existir en la realidad. La existencia, por su parte, es el acto de ser, la forma en que la esencia se actualiza y se convierte en una realidad. Así, las criaturas son seres compuestos, ya que su existencia se genera al unirse su esencia con la existencia.
Por ejemplo, el centauro tiene una esencia, pero no existe en la realidad. En cambio, Dios es un ser simple, cuya esencia y existencia coinciden, ya que Dios es su propia existencia. Es el único ser necesario que debe existir de forma necesaria, mientras que las criaturas son seres contingentes, es decir, su existencia depende de la voluntad divina.
La jerarquía de los seres según Tomás distingue entre Dios y las criaturas. Dentro de las criaturas, algunas tienen una esencia compuesta por materia y forma, mientras que otras, como los ángeles, son seres inmateriales cuya esencia solo incluye la forma, sin materia. En la jerarquía de los seres materiales, los seres humanos ocupan una posición especial, ya que poseen un alma inmortal que aspira a la salvación eterna. Por debajo de los seres humanos están los animales, las plantas y las cosas inanimadas.
Tomás aborda la relación entre la razón y la fe como dos fuentes distintas de saber, cada una con su propio ámbito. A diferencia de pensadores como Agustín, que consideraban que razón y fe apuntan a una única verdad, Tomás reconoce la validez de ambas, pero en contextos diferentes. Las verdades de fe solo pueden conocerse mediante la fe, mientras que las verdades científicas se alcanzan por la razón. Sin embargo, existen verdades religiosas que pueden ser conocidas tanto por la fe como por la razón, como las que pertenecen a la teología natural, conocidas como preámbulos de la fe (por ejemplo: la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y la creación del mundo).
La gnoseología tomista, inspirada en Aristóteles, sostiene que la realidad está compuesta por individuos particulares del mundo sensible, los cuales conocemos a través de nuestros sentidos. El conocimiento más valioso es el de lo general; para ello es necesario un proceso de abstracción que nos permita pasar de lo particular a lo universal. Primero percibimos sensorialmente; luego la imaginación forma representaciones; la memoria las almacena; y el entendimiento, comparando esas experiencias, identifica lo común y abstrae la esencia universal.
Tomás diferenciaba entre el entendimiento paciente (en potencia) y el entendimiento agente (activo), responsable de obtener lo universal a través del proceso de abstracción.
Problema de Dios
Tomás de Aquino considera la existencia de Dios una de las verdades fundamentales de la teología natural. Para demostrarla racionalmente, se pueden emplear argumentos a priori (como el argumento ontológico) y a posteriori (basados en la experiencia). Tomás favorece los argumentos a posteriori porque, aunque los a priori son válidos, no son evidentes para los seres humanos limitados; debemos, por tanto, recurrir a la analogía y a la observación para aproximarnos a la esencia divina.
Tomás presentó cinco pruebas, llamadas vías, para demostrar la existencia de Dios:
- Vía del movimiento: todo lo que cambia debe su movimiento a otro; no puede haber una cadena infinita, por lo que debe existir un primer motor inmóvil (Dios).
- Vía de la causalidad: todo efecto tiene una causa; no puede haber una cadena infinita de causas, por lo que debe existir una causa primera incausada (Dios).
- Vía de la contingencia: los seres contingentes requieren de un ser necesario que explique su existencia; ese ser necesario es Dios.
- Vía de los grados de perfección: la existencia de grados en las perfecciones implica un ser perfectamente perfecto del cual proceden esas perfecciones (Dios).
- Vía del orden del universo: el orden teleológico del mundo sugiere la acción de una inteligencia ordenadora (Dios), que dirige los fines de las criaturas.
Problema de la ética
La ética de Tomás es eudemonista: afirma que el objetivo último del ser humano es alcanzar la felicidad, que se encuentra en la unión con Dios, alcanzable plenamente únicamente en la vida ultraterrenal. Para vivir correctamente en lo terrenal, Tomás propone la razón como guía para entender las tendencias naturales que Dios ha dispuesto en nosotros, lo que constituye la ley natural. Esta ley es la manifestación de la ley eterna aplicada a los seres humanos.
A través de la síndéresis, la capacidad natural para usar la razón correctamente, podemos captar los preceptos de la ley natural. Tomás sostiene que la razón revela la norma moral fundamental: hacer el bien y evitar el mal. Aunque los seres humanos tienen una tendencia natural hacia el bien, poseen libre albedrío y pueden elegir entre el bien y el mal. La razón nos ayuda a comprender nuestras tendencias naturales, que derivan en normas éticas. Ignorar estas reglas es un pecado contra nuestra naturaleza.
Ejemplos de normas derivadas de las tendencias naturales:
- La tendencia a conservar la propia existencia → prohibición del suicidio.
- La tendencia a reproducirse y formar una familia → obligación de cuidar y educar a los hijos.
- La tendencia a conocer la verdad y a vivir en sociedad → deberes hacia Dios y hacia los demás.
Tomás subraya el cultivo de la virtud como hábito adquirido al repetir actos buenos, buscando el término medio entre extremos dañinos. Distingue virtudes éticas (relacionadas con la conducta), intelectuales (relacionadas con el pensamiento) y teologales (relacionadas con la dimensión religiosa: fe, esperanza y caridad).
Problema: sociedad y política
Tomás, siguiendo a Aristóteles, considera al Estado una realidad natural: los seres humanos son sociales por naturaleza y necesitan vivir en comunidad. El propósito del Estado es el bien común, asegurando la paz y la convivencia armoniosa. Según esta misión, los regímenes políticos se dividen en justos (monarquía, aristocracia y democracia) —cuando buscan el bien común— e injustos (tiranía, oligarquía y demagogia) —cuando priorizan el bien particular. Tomás destaca la monarquía como el mejor sistema y la tiranía como el peor.
El ser humano tiene necesidades más allá de lo terrenal, aspirando a la salvación espiritual, lo que introduce la misión de la Iglesia, encargada de los asuntos espirituales. Tanto el Estado como la Iglesia son necesarios y complementarios, pero Tomás asigna preferencia a la Iglesia debido a la superioridad de su misión.
Para vivir en sociedad, el Estado formula reglas y normas recogidas en la ley positiva, que debe respetar la ley natural. Las leyes positivas no serán válidas cuando vayan en contra de la ley natural; en esos casos es legítimo desobedecer las leyes promulgadas injustamente, siempre respetando los preceptos de la ley natural establecida por Dios.
Problema: el ser humano
La antropología tomista afirma que el ser humano es una única sustancia, compuesta de esencia y existencia. La esencia humana está compuesta de materia (el cuerpo) y forma (el alma). A diferencia de Aristóteles, Tomás considera que el alma humana es espiritual e imperecedera, creada por Dios y destinada a la salvación eterna; el alma no muere con el cuerpo.
Aunque los individuos de un mismo género o especie comparten una esencia común, lo que los hace únicos es su principio de individuación, que se encuentra en su materia concreta. Así, la esencia incluye no solo la forma sino también la materia particular, permitiendo diferenciar a uno de otro dentro de la misma especie.
La felicidad verdadera para Tomás se halla en la unión con Dios; para la vida terrenal, la razón y la ley natural orientan la conducta humana. A través de la síndéresis comprendemos la norma moral fundamental: hacer el bien y evitar el mal. El ser humano tiene tendencias naturales: conservar la existencia, reproducirse y vivir en sociedad; estas tendencias se articulan en obligaciones morales y sociales.
Descartes
Problema: ser humano y ética
René Descartes era partidario del dualismo antropológico porque consideraba que en el ser humano están presentes dos realidades completamente distintas: el cuerpo y el alma. Por un lado, el cuerpo es una sustancia extensa, material, que obedece las leyes de la física y está sujeto al determinismo (por eso tenemos hambre o morimos). Por otro lado, el alma es inmaterial, libre e inmortal: una sustancia pensante. Descartes creía que el alma humana es la dimensión espiritual de la persona, goza de libre albedrío y puede continuar existiendo tras la muerte del cuerpo.
Descartes plantea una división radical entre cuerpo y alma, lo que genera la dificultad de explicar cómo interactúan estas dos realidades separadas. En ocasiones compara el alma con un timonel que gobierna el cuerpo, sugiriendo que este responde a los mandatos de la mente. También propuso la hipótesis de la glándula pineal como nexo entre ambas sustancias; sin embargo, estas explicaciones no resultan plenamente convincentes y dejan sin resolver la conexión entre lo material y lo inmaterial.
En ética, Descartes desarrolla una visión centrada en la felicidad como control racional de las pasiones: la voluntad, guiada por la razón, debe dominar los deseos del cuerpo. Este control perfecciona la libertad, entendida como liberación de los apetitos materiales que esclavizan al alma. Para guiar el comportamiento humano propuso unas normas básicas o moral provisional:
- Seguir las leyes y costumbres del lugar en que se vive.
- Actuar con decisión, resolución y firmeza, manteniendo las decisiones tomadas.
- Aceptar el orden del mundo y los vaivenes de la fortuna; modificar los propios deseos en lugar de intentar cambiar la realidad.
Problema de Dios
La idea de Dios, según Descartes, corresponde a la de un ser infinito, perfecto, todopoderoso, eterno y omnisciente, cuya idea es intuida en la mente con claridad y distinción. Surge la duda sobre si esta idea corresponde a una realidad auténtica o a una creación ficticia. Para resolverlo, Descartes ofrece varias demostraciones de la existencia de Dios basadas en el principio de proporcionalidad entre causas y efectos.
Según este principio, el ser humano, al ser finito e imperfecto, no puede ser la causa de la idea de un ser infinito y perfecto; dicha idea debe proceder de una causa efectivamente infinita (Dios). Otra demostración se basa en la existencia del sujeto pensante: aunque los padres producen el cuerpo, no explican la existencia de la mente; el ser humano no pudo crearse a sí mismo, por lo que solo un ser más poderoso, Dios, puede ser su creador. Además, Descartes recurre al argumento ontológico de San Anselmo: si Dios es el ser más grande concebible, debe existir en la realidad; de lo contrario, sería posible imaginar un ser mayor, lo cual contradice la definición.
En la filosofía cartesiana, la existencia de Dios es crucial porque sirve para garantizar la realidad del mundo exterior y descartar el solipsismo o el escepticismo extremo. La idea de un Dios perfecto y bueno elimina la hipótesis del genio maligno y permite afirmar con confianza que el mundo exterior no puede ser un simple sueño o ilusión. Queda, sin embargo, la cuestión del error: ¿cómo es posible equivocarse si Dios, siendo perfecto, nos ha creado? Descartes distingue entre entendimiento y voluntad: el error no proviene del entendimiento (fiable cuando capta con claridad y distinción) sino del mal uso de la voluntad, que puede aceptar ideas oscuras y confusas. Para evitar equivocaciones debemos ejercitar la voluntad para aceptar solo lo que se percibe con total claridad y distinción.
Hume
Problema: Dios
David Hume rechaza los argumentos que intentan demostrar la existencia de Dios. En primer lugar, rechaza el argumento ontológico: para Hume, las relaciones de ideas son verdades necesarias porque al negarlas se obtiene una contradicción; «Dios no existe» no implica contradicción, por lo que es una cuestión de hecho y requiere demostración empírica. Respecto a los argumentos a posteriori (por ejemplo, que Dios es la causa creadora del universo), Hume los rechaza por su crítica a la causalidad: la relación causa‑efecto es una creencia probable basada en la repetición de experiencias, aplicable solo a fenómenos experimentados. Como no tenemos experiencia empírica de Dios, no es posible demostrar su existencia mediante argumentos racionales.
No obstante, Hume explica que la creencia en Dios persiste por su utilidad emocional, ya que ofrece respuestas a temores y esperanzas. El problema surge cuando estas creencias se convierten en intolerancia y dogmatismo, generando conflictos entre distintas religiones.
Problema: ética, sociedad y política
La teoría ética de Hume se opone al intelectualismo moral de Sócrates, Platón y Aristóteles, que fundamentaban la moral en la razón. Hume propone el emotivismo moral: la moral no se basa en la razón, sino en las emociones y sentimientos que experimentamos ante las acciones humanas. La razón solo describe cómo son las cosas; no puede, por sí sola, dictar cómo deben ser las normas morales.
Para Hume, las normas morales nacen de las emociones: las acciones que consideramos buenas son las que nos generan satisfacción o aprobación (por ejemplo, ayudar a alguien), mientras que las acciones consideradas malas provocan rechazo (por ejemplo, el asesinato). Aunque esto podría parecer relativista, Hume no lo es: sostiene que los seres humanos comparten una naturaleza común, lo que permite que ciertas emociones y normas morales sean universales (por ejemplo, el rechazo al asesinato). Además del egoísmo (como en Hobbes), Hume reconoce emociones positivas como la simpatía (actualmente denominada empatía), la benevolencia y el deseo de cooperar, que constituyen la base de la moralidad y la vida en sociedad.
Problema: el ser humano
En contraste con Descartes y Locke, que consideran la existencia del yo pensante como una verdad evidente, Hume, desde su empirismo radical, cuestiona esa idea. Hume observa que, al ejercitar la introspección, encontramos una sucesión de pensamientos, emociones y estados de ánimo que cambian continuamente. No hallamos una impresión de un yo fijo, estable y permanente. Para Hume, el yo no es un «lugar» donde ocurren los pensamientos, sino una simple suposición; la noción de identidad personal se explica por la función de la memoria, que nos permite identificarnos con la persona que fuimos en el pasado. La conciencia de ser un «yo» es, por tanto, una creencia útil y sensata para la vida cotidiana, pero no una verdad incuestionable.
La teoría ética de Hume, reiterada en varios pasajes, insiste en que la moral brota de las emociones y no de la razón. La razón describe; la emoción motiva. Esto fundamenta su crítica al intelectualismo moral y su propuesta de una base afectiva para la vida social y política.
