España en el siglo XIX: Fernando VII, Isabel II y la Restauración (1808-1876)


El reinado de Fernando VII. La cuestión sucesoria

Sexenio absolutista (1814-1820)

El reinado de Fernando VII está marcado por tensiones entre el absolutismo y el liberalismo. Cuando vuelve a la capital lo hace con la rebeldía ante las Cortes y con otro itinerario. El Manifiesto de los Persas lo firmaron 69 diputados y el rey promulgó el Decreto de Valencia. A nivel internacional, Napoleón había caído y se crea la Santa Alianza. Durante el Sexenio Absolutista se inicia la persecución a los liberales y en este momento hay una crisis económica y política. Por su parte, los liberales forman sociedades secretas y llevaron a cabo pronunciamientos (revueltas), como la de Lacy en Barcelona.

Trienio Liberal (1820-1823)

Durante el Trienio Liberal, Riego empuja al rey a jurar la Constitución de 1812, instaurando el liberalismo. Se crean nuevas Cortes que se enfrentan a la división liberal, a la deslealtad del rey y a la oposición realista (sublevación de la Guardia Real en Madrid).

Década ominosa (1823-1833)

El Trienio Liberal acaba con la intervención de la Santa Alianza con los Cien Mil Hijos de San Luis para ayudar a Fernando VII y recuperar el absolutismo (1823). De nuevo se anulan las medidas liberales, se pone fin a la Constitución de Cádiz (1812) y se restablecen las instituciones del Antiguo Régimen. También se persigue otra vez a los liberales hasta el exilio, la cárcel o la muerte. La difícil situación económica y política lleva al rey a apoyarse en liberales moderados como Cea Bermúdez. Así se hacen reformas que molestan a los absolutistas más radicales y se lleva a cabo la Revuelta de los Malcontents.

La cuestión sucesoria

Los absolutistas radicales empezaron a apoyar al hermano del rey, Carlos María Isidro, para relevarle. Sin embargo, en 1830 María Cristina de Borbón queda embarazada de una niña y, para que ella pudiera reinar, se promulga la Pragmática Sanción derogando la Ley Sálica, lo que Carlos María Isidro consideró ilegítimo. Cea Bermúdez aseguró el apoyo liberal y logró que Isabel fuese reconocida como heredera; además, permitió el regreso de los exiliados. En 1833 el rey muere; su hija Isabel II sería la heredera, con María Cristina de Borbón como regente. Carlos María Isidro no lo acepta, firma el Manifiesto de Abrantes y comienza la primera Guerra Carlista.

El proceso de independencia de las colonias americanas. El legado español en América

Las causas del proceso de independencia de las colonias americanas fueron:

  • Estructurales: difusión del liberalismo y descontento criollo.
  • Coyunturales: Guerra de Independencia española (1808-1814) y el sistema de Juntas.

Comienzan las primeras declaraciones de independencia protagonizadas por los criollos. Durante el Sexenio Absolutista se radicaliza el movimiento independentista y Paraguay se independiza en la primera etapa. Bolívar reorganiza las tropas y en 1818 Chile se independiza tras la derrota realista en Chacabuco. Con el triunfo de Bolívar se crea la Gran Colombia. Iturbide, por su parte, lidera la independencia mexicana con el Plan de Iguala (1821) y Sucre consigue la independencia del Perú.

A nivel internacional, Gran Bretaña apoya a los independentistas por su interés en el libre comercio y en 1823 el presidente de EEUU, Monroe, con su doctrina defendía a América rechazando la intervención europea, con la frase «América para los americanos».

El legado español en América fue: político, administrativo, económico, cultural, religioso y lingüístico.

Isabel II. La Regencia

Cuando muere Fernando VII (1833), su mujer, María Cristina, mantiene como jefe de gobierno al liberal Cea Bermúdez, que impulsó reformas como la división de España en 49 provincias; fueron escasas y en 1834 fue sustituido por el liberal Martínez de la Rosa, cuyo mayor logro fue el Estatuto Real de 1834, que era una carta otorgada conservadora. Ante esto, los liberales progresistas hicieron un pronunciamiento militar en La Granja (1836) y la reina volvió a la Constitución de 1812 y nombró presidente a Calatrava (liberal). Este promovió la desamortización de Mendizábal que acabó con el Antiguo Régimen.

En 1837 se aprueba una nueva constitución entre progresistas, moderados y la Corona que renunciaban al absolutismo a cambio de dar más poder a la Corona. La reina regente sustituyó el gobierno progresista por uno moderado. Hubo altercados progresistas; la reina pidió ayuda al general Espartero, este se la negó y al final María Cristina renunció y se exilió a Francia.

Comenzó así la Regencia de Espartero, general progresista cuyo estilo fue de carácter autoritario. En 1842 aprobó la ley librecambista que abría el mercado español a los tejidos de algodón inglés, lo que supuso una amenaza para la industria textil catalana. Esto provocó un levantamiento en Barcelona y Espartero ordenó bombardear la ciudad. Los moderados aprovecharon y organizaron conspiraciones lideradas por los generales Narváez y O’Donnell, que finalmente vencieron. Espartero se exilió a Inglaterra.

Tras fracasar las dos regencias, se adelantó la mayoría de edad de Isabel, que fue proclamada reina en 1843 con trece años.

Guerras carlistas

El carlismo comenzó por la cuestión sucesoria cuando Fernando VII abolió la Ley Sálica en 1830; su hermano Carlos María Isidro fue desterrado a Portugal y publicó el Manifiesto de Abrantes reclamando el trono. Se organizaron guerras carlistas por todo el país comenzando la Primera Guerra Carlista (1833-1839). Por un lado, estaba el bando carlista, que defendía la monarquía absoluta, católica y tradicional, formado por la nobleza rural, clérigos y campesinos. El bando isabelino estaba apoyado por liberales, ejército, administración, burguesía y profesionales liberales.

El desarrollo de la guerra comienza con la ocupación de zonas rurales: los carlistas toman la región vasconavarra, zonas de Aragón, Cataluña y Valencia. En la segunda fase, los carlistas intentaron ampliar su influencia con dos expediciones militares, pero fracasaron. El general Espartero levantó el segundo sitio de Bilbao tras la batalla de Luchana (1836), que decantó la guerra hacia el bando isabelino. Finalizó con la firma del Convenio de Vergara (1839), por el que los carlistas reconocen a Isabel II como reina.

La guerra tuvo consecuencias humanas y económicas. Con Isabel II se asentaron las bases del liberalismo, aunque el carlismo continuó en la segunda y tercera guerra carlista, lo que retrasó la industrialización en el país.

En esta etapa hubo dos grandes familias políticas: los liberales (progresistas y moderados), quienes querían la monarquía constitucional —los progresistas defendían la soberanía nacional con amplios derechos individuales y los moderados preferían amplio poder para la Corona y derechos más limitados—; y los carlistas, que defendían el Antiguo Régimen y los fueros.

Estatuto y Constitución

El Estatuto Real de 1834 era una Carta Otorgada de carácter conservador con poderes para la Corona. En él no se reconocía la soberanía nacional ni los derechos individuales y había Cortes bicamerales (Próceres y Procuradores) que no redactaban leyes.

La Constitución de 1837 se acordó entre liberales y la Corona. Reconocía la soberanía nacional y amplios derechos, pero no incluía la libertad religiosa.

El reinado de Isabel II

Década moderada (1844-1854)

El moderantismo quería acabar con la etapa revolucionaria y aplicar reformas para la estabilidad política. Las elecciones de 1844 las ganó el moderado Narváez, que implementó un Estado centralizado, aprobó la Constitución de 1845, creó el código civil y penal, creó la Guardia Civil y la Ley Mon (reforma fiscal). Tuvo lugar la Segunda Guerra Carlista (1847-1849), hubo pronunciamientos progresistas y la corrupción se generalizó.

La Constitución de 1845 tenía una ideología liberal-moderada: defendía la soberanía compartida con Cortes bicamerales, apostaba por el sufragio censitario (≈1%), derechos limitados y confesionalidad católica.

Vicalvarada o revolución de 1854

Los demócratas intentaron un pronunciamiento, pero fracasaron. En el partido moderado surgieron distintas corrientes como los «puritanos», críticos con el gobierno. O’Donnell y sus tropas se sublevaron en Vicálvaro y en Madrid fueron rechazados; más tarde contactaron con Serrano (progresista) para crear un manifiesto que uniera a distintas corrientes políticas. Ese fue el Manifiesto de Manzanares (1854), redactado por Cánovas del Castillo y apoyado por demócratas y progresistas. Prometía un consenso político: mantener la Corona, cumplir la Constitución, bajar impuestos y restablecer la Milicia Nacional.

Bienio progresista (1854-1856)

Con el Manifiesto de Manzanares se unen demócratas, progresistas y algún moderado (Martínez de la Rosa) y comienza el bienio progresista. Se producen movilizaciones sociales e Isabel II nombra a Espartero como jefe de gobierno. El gobierno intentó restaurar el orden público y los demócratas y los republicanos mostraron hostilidad; hubo división entre progresistas (legales y puros). La cuestión social pasó a ser debate político: hubo huelgas generales y movimientos de los primeros socialistas.

Las medidas de este periodo incluyeron la Desamortización de Madoz (1855). Se crearon nuevos bancos para movilizar el capital nacional y atraer inversión extranjera. Además, hubo un proyecto de Constitución (1856) que no entró en vigor (non nata).

Se afrontaron problemas como conflictos sociales y políticos, hostilidad de la Corona, heterogeneidad en el gobierno y la quiebra del progresismo. Aun así, se liberalizó por completo el mercado de tierras y capitales y se consolidó una nueva forma de entender la política teniendo en cuenta el factor social.

Vuelta al moderantismo (1856-1868)

Espartero dimitió y O’Donnell declaró el Estado de Sitio; los moderados no consiguieron imponerse y se impuso el unionismo.

El momento unionista (1856-1863)

La Unión Liberal de O’Donnell hizo frente a la oligarquización del Partido Moderado, a la participación legal del progresismo y a la estabilización del régimen liberal. Crearon leyes nuevas (como la Ley Moyano, 1857) y una ambiciosa política de obras públicas. Hubo expansión industrial y urbanización, lo que transformó la estructura económica y social. También se llevaron a cabo expediciones en Indochina (1858) y la intervención en México (1861).

Los demócratas y los republicanos fueron hostiles por falta de sensibilidad social. La conflictividad creció y en 1863 O’Donnell dimitió; le sucedió Narváez, comenzando un periodo de inestabilidad con sucesión de gobiernos.

El final del moderantismo

A partir de 1865 hubo una crisis financiera (por el hundimiento de las acciones), crisis agrícola (malas cosechas), crisis política (difusión de ideas democráticas) y la Guerra de Secesión Americana (que paralizó el comercio del algodón).

La Noche de San Daniel (1865)

Emilio Castelar escribió críticamente sobre Isabel II, lo que supuso su destitución por Narváez y desencadenó la sublevación de los estudiantes. Los progresistas y los demócratas fueron reprimidos en la Puerta del Sol (Madrid) y hubo muertos y heridos; a este episodio se le llamó Noche de San Daniel.

La sublevación del cuartel de San Gil

Tras la Noche de San Daniel, Narváez fue destituido por O’Donnell. Los progresistas, con Prim, y los demócratas se pronunciaron en el cuartel de San Gil consiguiendo apoyos. La reina consideró que la represión fue débil y destituyó a O’Donnell.

El Pacto de Ostende

Fue la alianza de los opositores a Isabel II (progresistas, unionistas y demócratas), firmado por Prim, Serrano y Martos. Tras el pacto, Prim y Topete llevan a cabo un pronunciamiento en Cádiz, iniciándose la Revolución de La Gloriosa (1868).

El Sexenio Revolucionario (1868-1874)

El Sexenio Revolucionario comienza cuando Topete, secundado por Prim y Serrano, se subleva en Cádiz y se forman juntas revolucionarias. De este modo, republicanos y demócratas dominan la política con amplio apoyo popular. Serrano vence al ejército isabelino e Isabel II se ve obligada a marcharse al exilio en Francia.

Tras estos hechos se forma el Gobierno Provisional (1868-1871), integrado por unionistas, como Serrano —que dirige el Gobierno—, y progresistas, como Prim. Serrano es nombrado regente y Prim encabeza el gobierno, buscando instaurar una monarquía constitucional. Durante esta etapa se unifica la moneda con la peseta (1868), se pone fin al proteccionismo y en 1870 Isabel II abdica en favor de su hijo Alfonso. Además, se adoptan medidas como la libertad de prensa y de cátedra, se intenta alfabetizar a la población, se disuelven las juntas revolucionarias y se inicia la primera guerra de Cuba (1868-1878), que finalizará con la Paz de Zanjón. También se convocan elecciones a Cortes constituyentes por sufragio universal masculino.

Las elecciones fueron ganadas por los progresistas, que se aliaron con los unionistas y redactaron la Constitución de 1869. Esta defendía la soberanía nacional, la separación de poderes, la libertad de culto y el reconocimiento de derechos y libertades individuales.

La rebelión cubana se inicia con el Grito de Yara y estuvo motivada por razones políticas y económicas. Frente a los independentistas se situó el partido españolista, contrario a la independencia y a la abolición de la esclavitud. Desde la Península se envió al general Dulce, aunque los españolistas se opusieron a sus actuaciones. Finalmente, los independentistas fueron derrotados y se firmó la Paz de Zanjón.

El reinado de Amadeo de Saboya (1871-1873) comenzó en un contexto muy complicado: llegó a España con su principal valedor, Prim, asesinado, y fue considerado un intruso por la aristocracia. En 1872 se inició la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), continuó la rebelión cubana y se produjeron avances del republicanismo y del movimiento obrero.

El asesinato de Prim tuvo lugar en 1870; fue abatido a tiros y existen diversas hipótesis sobre quién pudo planearlo, incluyendo la implicación de republicanos, de Serrano o del partido cubano.

La Primera República (1873-1874) estuvo marcada por gran inestabilidad, con cuatro presidentes en apenas once meses. Figueras intentó gestionar la crisis cubana y abolió la esclavitud en Puerto Rico. Pi y Margall defendió una República federal y laica y tuvo que afrontar el cantonalismo. Salmerón, de tendencia conservadora, se centró en mantener el orden público, mientras que Castelar reforzó el poder del Estado. Finalmente, el general Pavía dio un golpe de Estado que puso fin a la Primera República; Serrano fue nombrado presidente y aplicó una política represiva.

Cánovas del Castillo preparó la restauración borbónica con Alfonso XII y redactó el Manifiesto de Sandhurst con el objetivo de evitar un pronunciamiento militar. Sin embargo, Martínez Campos llevó a cabo un pronunciamiento y proclamó a Alfonso XII como rey de España.

El sistema canovista. La Constitución de 1876 y el turno de partidos

El sistema canovista se desarrolló durante el régimen de la Restauración (1874-1902), que se asentó sobre la necesidad de superar la inestabilidad política del Sexenio Democrático. Antonio Cánovas del Castillo organizó el regreso de la monarquía a través del Manifiesto de Sandhurst, firmado por Alfonso XII, en el que se prometía un régimen constitucional basado en el orden, el catolicismo y el liberalismo. No obstante, este proceso se vio acelerado por el pronunciamiento militar de Martínez Campos en Sagunto, que proclamó rey a Alfonso XII.

La Constitución de 1876 se convirtió en el pilar jurídico del nuevo régimen, destacando por su carácter conservador y su larga vigencia. Establecía la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes, otorgando al monarca un papel incuestionable y amplias facultades, como el mando del Ejército, el derecho de veto y la potestad para nombrar ministros o disolver las Cortes. Asimismo, declaraba el catolicismo como religión oficial del Estado, aunque permitía la práctica privada de otros cultos, y reconocía derechos como la libertad de expresión, reunión y asociación, que podían ser suspendidos por decisión real. En el plano territorial se impuso un modelo centralista que afectó a los privilegios forales, imponiendo una legislación común para todo el territorio nacional.

El sistema político funcionó mediante el turnismo, un relevo pactado en el poder entre el Partido Conservador, apoyado por la burguesía y los terratenientes y liderado por Cánovas, y el Partido Liberal, respaldado por las clases medias y altos funcionarios y dirigido por Sagasta. Este sistema quedó consolidado con el Pacto del Pardo (1885), por el cual ambos partidos acordaron alternarse en el poder. El cambio de gobierno no dependía del voto popular sino de la decisión del Rey, tras la cual se convocaban elecciones manipuladas. El fraude electoral se basaba en el encasillado, el pucherazo y el caciquismo, especialmente en el medio rural, donde los terratenientes ejercían fuerte presión sobre los votantes.

La primera etapa de la Restauración estuvo dominada por gobiernos conservadores encabezados por Cánovas, quien logró la derrota definitiva del carlismo y la pacificación de Cuba. En 1881 se inicia el turno de partidos y Cánovas cedió el poder a los liberales de Sagasta, que gobernaron hasta 1884; entre 1884 y 1885 volvió a un gobierno conservador.

La oposición al sistema canovista fue diversa: surgieron los nacionalismos periféricos como reacción al centralismo del Estado. El catalanismo evolucionó desde la Renaixença cultural hasta las Bases de Manresa (1892) y la creación de la Lliga Regionalista, defendiendo una Cataluña con autonomía política. El nacionalismo vasco, impulsado por Sabino Arana y el PNV, adoptó una postura más radical, defendiendo la independencia o mayor autogobierno, la identidad vasca y la tradición frente a la inmigración provocada por la industrialización.

El movimiento obrero también constituyó una oposición relevante: en 1879 se funda el PSOE, liderado por Pablo Iglesias, y en 1888 la UGT, que representaron la vía socialista, evolucionando desde planteamientos revolucionarios hacia el reformismo. El anarquismo, muy extendido en Cataluña y Andalucía, se expresó en el sindicalismo organizado (la CNT) y en la corriente de la propaganda por el hecho, basada en atentados y acciones violentas.

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