A1. La importancia de la romanización y sus factores
La romanización fue el proceso de aculturación por el cual la población indígena de la Península Ibérica asimiló los modos de vida romanos en sus distintas dimensiones: política, económica, social, jurídica, cultural y urbana. Este proceso no fue uniforme ni en el tiempo ni en la intensidad, resultando mucho más rápido y profundo en el litoral mediterráneo y en las islas Baleares que en las zonas del interior, norte y noroeste de la Península.
La articulación de la romanización fue posible gracias a varios factores fundamentales:
- La vida urbana y la fundación de colonias. En el sur y el este peninsular, los romanos transformaron la red de ciudades existentes para integrarlas en su administración, mientras que en el resto del territorio crearon nuevas colonias alineadas con el modelo romano y asentadas habitualmente alrededor de los campamentos militares.
- La red de calzadas. Estructuró el territorio, dinamizó el comercio y permitió el desplazamiento rápido de las tropas.
- El ejército. Actuó como principal agente difusor de la cultura romana mediante el reclutamiento de indígenas, a quienes se concedía la ciudadanía romana y tierras al finalizar su servicio.
- La concesión progresiva de la ciudadanía romana. Garantizó derechos y privilegios a la población autóctona hasta extenderse a casi la totalidad de sus habitantes.
- La organización provincial. La administración territorial se organizó en provincias para un mejor control. Durante la República se dividió en dos provincias (Citerior y Ulterior) bajo mando militar; en el Alto Imperio se estructuró en tres (Tarraconense, Lusitania y Bética, agregándose más tarde Gallaecia); y en el Bajo Imperio se ampliaron a siete provincias con gobernadores de funciones civiles y judiciales.
- La lengua y la religión. La difusión del latín y de la religión romana, impulsada por los colonos, unificó culturalmente la zona. Más adelante, la llegada y consolidación del cristianismo como religión oficial aseguró la pervivencia del poso cultural latino incluso tras la caída del Imperio.
Como resultado de este intenso proceso, Hispania se convirtió en una de las provincias más romanizadas del Imperio.
A4. Origen y funciones de las Cortes en los reinos cristianos
A partir del siglo XII, el auge de las ciudades y el crecimiento del poder económico de la burguesía impulsaron a los monarcas a dar entrada a representantes municipales en la Curia Regia, dando origen a las Cortes. Estas estaban formadas por tres brazos o estamentos: la nobleza, el clero y la burguesía. La finalidad principal del rey al convocarlas era obtener financiación mediante subsidios o impuestos, mientras que los representantes estamentales condicionaban la concesión de este dinero a la presentación de sus quejas y peticiones de agravios.
Sin embargo, el funcionamiento y la capacidad de decisión de las Cortes variaron notablemente según cada territorio:
- Castilla: las primeras Cortes se celebraron en el Reino de León (1188) y posteriormente en el de Castilla (1217), unificándose tras la unión definitiva de ambos reinos. Las Cortes castellanas mantuvieron siempre un carácter meramente consultivo. Su función primordial se reducía a aprobar los subsidios solicitados por el monarca, careciendo de poder legislativo real y de periodicidad fija. Con el tiempo, la nobleza y el clero dejaron de asistir al estar exentos del pago de dichos impuestos.
- Corona de Aragón: las Cortes contaban con mayor fuerza y llegaron a ejercer un verdadero poder legislativo. A diferencia de las castellanas, la representación se dividía en cuatro brazos, al contar la nobleza con dos estamentos diferenciados (ricos hombres y caballeros). Cada reino aragonés tenía sus propias Cortes, que comenzaban con la presentación de agravios contra el monarca y sus funcionarios. Para garantizar el cumplimiento de lo acordado y supervisar la recaudación de impuestos ordinarios, surgieron comisiones permanentes: la Diputación del General (Generalitat en Cataluña y Valencia, y Diputación del Reino en Aragón).
- Reino de Navarra: las Cortes se reunieron por primera vez en 1253. Al igual que en Aragón, tenían un carácter vinculante y el rey debía jurar respeto a los fueros, derechos, tradiciones y costumbres del reino antes de ser coronado, lo que suponía una limitación efectiva del poder real.
En conclusión, ni la composición ni las funciones de estas Cortes medievales se pueden equiparar a los parlamentos actuales. No representaban la voluntad general del reino ni disponían de instrumentos legales para controlar el poder regio. Más bien respondían al cumplimiento de los deberes vasalláticos tradicionales: prestar consejo y apoyo económico al monarca.
A5. Causas y consecuencias de los modelos de repoblación en los reinos cristianos
La conquista militar de Al-Ándalus fue acompañada de la repoblación de las tierras ocupadas, proceso que influyó decisivamente en la posterior estructura de la propiedad y en el desarrollo social de los reinos peninsulares. Se entiende por repoblación tanto la ocupación pacífica de tierras vacías o abandonadas por los musulmanes como la imposición del modelo de organización político-administrativo cristiano en aquellos territorios que contaban con población musulmana.
A grandes rasgos, se dieron tres modelos principales de repoblación:
Repoblación libre (presura o aprisio)
De tipo monacal o privado, tuvo lugar entre los siglos VIII y XI en el valle del Duero y el sur de los Pirineos. Se aplicó en áreas escasamente pobladas donde los reyes estimularon la llegada de nobles y clérigos (creando latifundios) y de comunidades de hombres libres a los que se otorgaban tierras mediante la presura. Basándose en que la tierra pertenecía al monarca, bastaba con que un grupo de colonos ocupara y pusiera en cultivo un terreno libre para convertirse en sus propietarios. Esto dio como resultado la formación de comunidades de campesinos libres propietarios de pequeñas parcelas de tierra (alodios).
Repoblación concejil
Se desarrolló entre los siglos XI y XII en las zonas comprendidas entre el Duero y el Tajo, así como en el valle del Ebro. En este territorio semidesértico se crearon concejos (ciudades amuralladas con su alfoz o término municipal). Para protegerse de los ataques musulmanes y atraer pobladores, el rey otorgó Fueros o Cartas Puebla, documentos que garantizaban derechos, libertades y normas de convivencia urbana. En las villas de cabecera se instalaba un representante del rey junto a un grupo de caballeros defensivos, dando como resultado el predominio de la propiedad mediana libre y la abundancia de tierras comunales.
Repartimientos
Se generalizaron a partir del siglo XIII tras la rápida conquista de Extremadura, Andalucía, Murcia y Baleares. Debido a la velocidad del avance y a la huida masiva de la población musulmana, el territorio se repartió en grandes latifundios concedidos a la nobleza, el clero y las Órdenes Militares (hermandades de caballeros-monjes que colaboraron en las campañas). Las Órdenes dividieron las tierras en encomiendas bajo el mando de un comendador, consolidando en el sur peninsular un modelo de latifundios dedicados fundamentalmente a la explotación ganadera.
2. Invasiones germánicas y características de la monarquía visigoda
Los visigodos asumieron las bases económicas y sociales del Bajo Imperio romano. Su objetivo era imponer su autoridad política.
El control territorial lo consiguieron los reyes Leovigildo y su hijo Recaredo, quienes dominaron el norte peninsular (vascones, cántabros y astures), expulsaron a los suevos y organizaron el territorio en provincias.
La unificación jurídica la inició Leovigildo y la consolidaron Recaredo, promoviendo la igualdad legal y una ley única: el Liber Iudiciorum. La unificación religiosa se alcanzó con Recaredo, quien abandonó el arrianismo.
Instituciones de gobierno
- Aula Regia: órgano asesor formado por altos funcionarios, que elegían al nuevo monarca.
- Officium Palatinum: nobleza de mayor confianza del rey, cuya función era asesorarle.
- Concilios de Toledo: asambleas convocadas por el rey y presididas por el obispo de Toledo, a las que acudían miembros de la nobleza y de la Iglesia para tratar asuntos políticos y religiosos.
La monarquía visigoda fue muy débil: los monarcas accedían al trono por elección de nobles y clérigos, quienes controlaban al monarca. La sociedad visigoda era eminentemente rural; las ciudades y el comercio estaban en decadencia y las tierras se hallaban en manos de la nobleza y la Iglesia.
La figura más relevante de este periodo fue San Isidoro de Sevilla.
