Arte Paleocristiano y Bizantino: Orígenes, Arquitectura y Mosaicos


Arte Paleocristiano y Bizantino

El origen de las catacumbas

El origen de las catacumbas se encuentra en las canteras que habían perforado los zapadores romanos en el subsuelo de la ciudad para extraer materiales de construcción. Cuando se agotaban y abandonaban, los cristianos aprovechaban estas canteras, transformándolas en cementerios y añadiendo nuevos túneles. El resultado es un laberinto de estrechas galerías, que reciben el nombre de criptas. En determinados lugares, las criptas se ensanchan formando cámaras cuadradas o poligonales; son los cubículos, donde recibían sepultura los restos mortales de los mártires (aquellos que habían sufrido en las cárceles, quemados, apaleados o víctimas de las fieras en el anfiteatro), mientras que el resto de la comunidad reposaba en nichos abiertos en las paredes de los corredores. Estas fosas podían ser rectangulares (loculi) o semicirculares (arcosolia), y se superponían en varios pisos cuando el terreno escaseaba y el lugar estaba prestigiado por la cercanía de un testigo carismático que había entregado su vida por la fe. La oscuridad y el silencio reinaban en estas madrigueras de la muerte. Por el contrario, la decoración pictórica que cubría criptas y cubículos expresaba un mundo diferente, luminoso y optimista. El lenguaje gráfico representado procede en gran medida de Oriente, de las comunidades helenizadas de Alejandría, Antioquía y Éfeso. Inicialmente, fueron temas del mundo animal y vegetal: la paloma, símbolo del alma; el pavo real, símbolo de la eternidad; la vid y la espiga, símbolos eucarísticos. El principal protagonista fue el pez, palabra que en griego contenía las iniciales de Jesucristo, y simbolizaba que los neófitos se convertían también en peces al recibir el bautismo en la piscina. Pero en el siglo III comienzan a surgir los episodios del Antiguo y Nuevo Testamento, y con estos últimos, la imagen del Señor y de la Virgen. Al querer realizar la efigie de Cristo, nadie recordaba ya en el siglo III sus rasgos; no existía ningún retrato suyo y los evangelistas habían omitido en todos sus escritos la descripción física del Mesías. Ante tales carencias, los pintores de las catacumbas tuvieron que inventar su iconografía, acudiendo al Buen Pastor (catacumba de Calixto, siglo III, Roma, el cubo de leche que alude a la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios), que alegoriza a Jesús salvando el alma del fiel. Otra característica que recibió fue la de Maestro: el guía que imparte la divina sabiduría, según se reconoce Cristo a sí mismo en el evangelio de San Mateo. Se le representa como un filósofo romano enseñando a sus apóstoles y discípulos. Simultáneamente se pintó a la Virgen como madre, sentada con el Niño en el regazo, y a la Iglesia como Orante, con los brazos extendidos, aludiendo a la plegaria universal de toda la cristiandad.

La cristianización de la basílica

Con la promulgación por Constantino del Edicto de Milán, los cristianos abandonan la clandestinidad de las catacumbas para practicar la religión. Iglesia e Imperio quedaron desde entonces asociados. El primer problema arquitectónico con el que se encuentran es que no pueden aprovechar los templos paganos, dado que los viejos dioses olímpicos demandaban un culto al aire libre y sus edificios religiosos eran solo relicarios para custodiar la imagen mitológica. En cambio, la comunidad evangélica necesitaba una iglesia espaciosa, que permitiera congregar en el interior a fieles y sacerdotes en asamblea durante la liturgia de la palabra y la celebración de la eucaristía. La solución fue cristianizar la basílica romana: la gran sala pública de reuniones, utilizada como tribunal de justicia y lonja comercial. Los cristianos abandonaron las basílicas profanas y comenzaron a construir otras de nueva planta, adecuadas a sus ritos. Dada la grandiosa afluencia a los lugares de culto, hubo que construir, desde los cimientos, basílicas espaciosas. Se trata de un edificio alargado, separado por columnas en tres o cinco naves, la central más ancha y elevada que las laterales. Esta diferencia de altura permitía incorporar bajo la techumbre una hilera de ventanas por donde penetraba la luz en el recinto. Al final de la nave principal, se abría un gran arco de triunfo, que comunicaba con un brazo transversal, formándose así una cruz latina. El diseño cruciforme, al igual que el sistema de iluminación, respondían a un planteamiento paleocristiano, práctico e ideológico. Así, en medio del transepto (nave transversal que corta la nave longitudinal de una iglesia dándole forma de cruz), simbolizando la cabeza de Cristo, se dispuso un ábside semicircular (cabecera redonda o poligonal de la nave principal de un templo), orientado hacia los Santos Lugares de Jerusalén. Era el presbiterio, presidido por la mesa de altar y la cátedra del obispo, con los sacerdotes sentados en bancos corridos alrededor del muro. En sus proximidades se construyeron dos dependencias: la sacristía y la prótesis, donde se preparaban las especies eucarísticas. Precediendo al espacio sacro, se habilitó un atrio porticado con una fuente para los catecúmenos, ya que solo los bautizados podían penetrar en la basílica. Dos torres-campanario en la fachada señalaban su presencia en el paisaje urbano. Entre las basílicas que se construyeron en la Ciudad Eterna durante el siglo IV, bajo el mandato de Constantino, hay que destacar las de San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros. Santa Sabina, levantada después del saqueo de Roma por Alarico, nos permite comprobar la armonía original de estos recintos: elegantes proporciones, la sobriedad de sus mármoles y la apertura de tres ventanas en el ábside, que se convierte en característica de la arquitectura religiosa paleocristiana a partir del siglo V. En Tierra Santa, la estructura de la basílica se fundió con una rotonda abovedada o martyrium (edificio conmemorativo construido para proteger un lugar santo o reliquia) en la cabecera, que guardaba las grandes reliquias palestinas de Cristo: la gruta de la Natividad en Belén, la casa de Nazaret, el Calvario y el Santo Sepulcro de Jerusalén. Así, los peregrinos podían orar en las naves y luego visitar el santuario marcado por el paso de Jesús.

Los edificios bizantinos y la cúpula: Santa Sofía

Bizancio era una colonia griega oriental, fundada en el estrecho del Bósforo, que once siglos después restauraría Constantino con el nombre de Constantinopla. Tras la invasión de Roma por los bárbaros, heredará la legitimidad del Imperio, cimentando durante toda la Edad Media su autoridad en tres pilares: la cultura griega, la estructura romana del Estado y la fe cristiana. En el año 527, Justiniano, un antiguo labrador de Macedonia, fue elegido en Constantinopla emperador de los romanos, permaneció 38 años en el poder e inauguró la primera edad de oro bizantina. El historiador Richard Krautheimer ha trazado su retrato físico y moral: rechoncho y feo, dueño de sí mismo, valor y talento extraordinarios, diplomático sagaz y hábil para escoger a los mejores colaboradores y para reforzar el sistema administrativo y legal del Imperio, profundamente religioso y convencido de su misión divina de conducir la Iglesia dentro de sus dominios y fuera de ellos. Así aparece en el célebre mosaico de San Vital, en Rávena, instalado tras su victoria sobre los ostrogodos, acompañado del obispo Maximiano y de los políticos de su corte, revestido de sedas y alhajas. Justiniano aspiró a unificar sus posesiones mediante costosas empresas arquitectónicas. El elemento que las caracteriza será la cúpula (bóveda semiesférica que cubre un espacio cuadrado), para ello desestima las basílicas y apuesta decididamente por los edificios de planta central. Los orígenes remotos de este diseño se encontraban en los martyria de Tierra Santa y escondía una simbología que el Pseudo Dionisio interpreta como la imagen del cosmos: la cúpula es el cielo y la sala de oración, la tierra. El emblema arquitectónico del gobierno de Justiniano será la iglesia metropolitana de Santa Sofía, iniciada en el año 532 y consagrada en el 537. Se construyó con gran rapidez gracias a los medios financieros que se pusieron a su alcance y al ágil sistema constructivo de los albañiles bizantinos, consistente en alternar hiladas de ladrillo con capas de mortero. Se utilizaron tejas porosas de la isla de Rodas con el fin de aliviar el peso de la cúpula y se importaron mármoles de todas las provincias para prestigiar el monumento. El historiador Procopio se admiró de la habilidosa conjunción de sus partes, flotando unas sobre otras. Los autores de esta audaz obra fueron dos científicos: Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. En el centro de un rectángulo plantaron cuatro pilares para sujetar, a 55 metros del suelo, una cúpula nervada sobre pechinas (triángulo curvilíneo que permite pasar de la planta cuadrada a la circular). Y aquí reside su originalidad, apoyar la cubierta sobre cuatro puntos en vez de sostenerla sobre un tambor circular, como sucedía en el Panteón romano. Los empujes los contrarrestaron con semicúpulas y ábsides escalonados, dejando libres los costados restantes para habilitar tribunas desde donde poder presenciar el ceremonial litúrgico. El espacio interior, lujosamente decorado e iluminado por los rayos de sol que penetraban a través de las cuarenta ventanas de la cúpula. Procopio se maravilla de estos efectos lumínicos. Entre las restantes iglesias cerradas por cúpulas que ordenó construir Justiniano en la capital bizantina, destacan los Santos Apóstoles. Que fue destruida por el turco Mehmed para levantar en su lugar una mezquita cuando Constantinopla pasó a denominarse Estambul, y que aparece reproducida en relicarios de plata e ilustrada en libros miniados. Era la iglesia local de los bizantinos de Constantinopla y la que más influyó en Occidente. Tenía planta de cruz griega con una cúpula en el centro y cuatro de inferior tamaño en cada uno de los brazos, que absorbían su peso y actuaban de contención. El modelo era fácil de recordar y a su imagen y semejanza se levantaron edificios en toda Europa, pero la copia más fiel es San Marcos, de Venecia.

La decoración musivaria

El arte bizantino adoptó el mosaico como revestimiento mural. Hornearon teselas cuadradas multicolores de pasta vítrea y las combinaron con piezas laminadas de oro, plata y nácar, componiendo una pintura de piedras, casi incorruptible. Los decoradores del taller imperial fijaron una iconografía oficial y adjudicaron un lugar en el templo para cada asunto sagrado. El ábside se reservó a Cristo en Majestad, que aparece sentado sobre el globo del universo (Cristo Cosmocrátor). Le cortejan ángeles y santos. A partir del año 431, se representó también en la cabecera de la iglesia a María sentada con el Niño en brazos. Hacia ellos convergen desde el fondo de las paredes laterales una comitiva respetuosa de santos, siguiendo el mismo ritual que se practicaba en las procesiones litúrgicas. En la cúpula, los profetas rodean la mano de Dios saliendo de una nube y en las pechinas, cuatro serafines les hacen escolta. El testero de los pies se ocupa con el Juicio Final. Los mosaicos más imponentes se conservan en las iglesias de la ciudad italiana de Rávena, como San Apolinar el Nuevo. Este esfuerzo creador fue erradicado por los emperadores isáuricos, que emprendieron una lucha implacable contra las imágenes y sus adoradores. La crisis iconoclasta la inicia León III en el año 726, asesorado por consejeros musulmanes y judíos, que sentían aversión por las representaciones humanas de carácter religioso. Decían que su culto provocaba la superstición, pero realmente querían extirpar el poder del monacato y desamortizar sus propiedades. A lo largo de un siglo, la única iconografía que se representó en los templos fue la cruz desnuda, el trono vacío sobre el que descansaba el libro de las escrituras o los atributos de la Pasión, y los campos de flores y pájaros. Con los emperadores macedónicos y comnenos, la decoración musivaria conocerá un magnífico renacimiento entre los siglos X y XII: una segunda Edad de Oro. Podemos observarlo en el retrato del emperador Miguel VI, prosternado ante la imagen del Pantocrátor, en el que parece estar pidiéndole perdón. Los temas iconográficos se renuevan, su localización en el templo varía y las figuras pierden hieratismo (representación solemne y rígida), sufren cierto alargamiento y ganan en gesticulación. El Pantocrátor, el Dios Todopoderoso, con atuendo y ademán de monarca, pasa a ocupar la cúpula, mientras la Virgen se mantiene en la concha del ábside, como Hodegetria (siglo XI, catedral de Torcello, Venecia, Italia), de pie, esbozando una tierna sonrisa hacia el Niño que se mueve entre sus brazos.

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