1. Fuentes de la Teología (Guzmán Escobar)
La reflexión teológica se nutre de fuentes primordiales que le otorgan su autoridad y contenido. Estas fuentes son:
La Sagrada Escritura
La Sagrada Escritura se constituye como “el alma de la teología” (DV 11), pues es el punto de partida y el eje sobre el que gira toda la reflexión y el quehacer teológicos. Su importancia capital radica en que es la Palabra de Dios escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo, que contiene el mensaje de salvación y revela el deseo de Dios de autocomunicarse a los seres humanos para ofrecerles la vida divina.
La Tradición
La Tradición es un elemento constitutivo de toda cultura; se fundamenta en la finitud del ser humano y su necesidad de organizar experiencias y conocimientos para que la cultura perdure. A su vez, condiciona y determina la mentalidad y el comportamiento de la comunidad y la historia de cada miembro.
Tradición en la Iglesia
Dentro de la teología de la Iglesia, el concepto de Tradición hace referencia al conjunto de los contenidos, tanto doctrinales como espirituales, que tienen su origen en Jesús y han sido transmitidos por los Apóstoles; se reflejan en la Sagrada Escritura y se conservan y desarrollan históricamente al interior de la Iglesia.
Testigos de la Tradición
La Tradición se refleja en testimonios que dan fe de su presencia viva y actuante en la comunidad eclesial. Los testigos y garantes más importantes son:
- Los Padres de la Iglesia: Asistidos e inspirados (no de la misma manera que los hagiógrafos) por el Espíritu, poseen una viva conciencia católica.
- La Sagrada Liturgia: Posee un valor doctrinal incomparable y constituye un lugar privilegiado de la Tradición, porque es portadora de valores dogmáticos.
- Sensus fidelium: El pueblo cristiano, que vive su fe espontáneamente, tiene la capacidad de expresarla correctamente.
- Los teólogos en la Iglesia y el consenso teológico: Son lugares o voces de la Tradición, porque son esenciales en la proposición de la fe.
El Magisterio Eclesiástico
El depósito revelado es confiado a toda la Iglesia, lo que exige la comunión de los fieles con los pastores. El Espíritu Santo suscita y vivifica en la comunidad la capacidad de escucha sobrenatural, para que la Revelación pueda ser entendida, profundizada, custodiada y transmitida fielmente. Así, la Iglesia toda tiene la misión de proponer la única Palabra de Dios.
Función del Magisterio
El Magisterio jerárquico —el Papa y los Obispos— como portador legítimo de la sucesión apostólica, tiene como función propia la de interpretar auténticamente el depósito de la fe, puesto que en la Iglesia son los doctores auténticos y oficiales, a quienes por encargo del mismo Jesús se les confió la tarea de dar a conocer a los fieles la Revelación divina.
A la hora de presentar las verdades reveladas, el Magisterio puede expresarse de dos formas:
- De forma solemne o extraordinaria, conocida también como Magisterio extraordinario, cuando el Papa habla “ex cathedra”, o cuando se refiere a la enseñanza convergente de los Obispos en comunión.
- De forma ordinaria, conocida como Magisterio ordinario, cuando hace referencia a la enseñanza cotidiana del Papa o de los Obispos.
Relación entre Magisterio y Teología
El Magisterio se preocupa, sobre todo, por el mantenimiento de la Tradición Cristiana atestiguada desde los tiempos apostólicos y por la custodia, interpretación y transmisión del depósito de la fe. La teología, por su parte, desde la investigación y la reflexión sobre la revelación a la vista de los problemas contemporáneos, ejerce un papel crítico dentro de la Iglesia y ayuda a renovar las formas de transmisión de la Revelación, con miras a la comprensión de los fieles y a alimentar la fe de la Iglesia. La relación entonces, entre Teología y Magisterio comprende una dinámica de circularidad.
2. La Capacidad Humana para Dios (CATIC)
El ser humano es “capaz” de Dios”.
I. El deseo de Dios
El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios. Solo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar.
El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento, pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador.
Los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos.
Esta “unión íntima y vital con Dios” puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios y huye ante su llamada.
Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha.
II. Las vías de acceso al conocimiento de Dios
Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas “vías” para acceder al conocimiento de Dios. Se las llama también “pruebas de la existencia de Dios”. En el sentido de “argumentos convergentes y convincentes” que permiten llegar a verdaderas certezas.
- El mundo: A partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo.
- El hombre: Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios.
El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin.
Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre pueda entrar en la intimidad de Él, ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación.
3. El Deseo como Fundamento de la Relación con Dios (Spinoza y San Jorge)
Si el hombre es un ser existente y es consciente de su existencia, es en tanto ser que desea; el deseo nos mueve a permanecer y acrecentar lo que somos.
Siendo el deseo la esencia y motor del hombre, nuestros actos van encaminados a la satisfacción del deseo, entendiendo esta satisfacción como búsqueda de una mayor perfección que nos permita perseverar en lo que somos y aumentar nuestro ser. Cuando un hombre pasa a un estado de mayor perfección siente alegría y cuando su perfección disminuye, tristeza. La tristeza y la alegría serán las pasiones primarias de las que surgirán todas las demás.
El amor y el odio ocupan un lugar privilegiado en su teoría de los afectos, ya que son manifestaciones directas de las pasiones primarias de tristeza y alegría.
4. Notas de la Postmodernidad (Farías Díaz)
El nacimiento de la Postmodernidad
La postmodernidad no es susceptible de una definición clara ni de una teoría acabada que la explique. La postmodernidad es ante todo, un nuevo estilo de vida. Podemos hablar de que hay una “postmodernidad de la calle” y de que hay también una “postmodernidad de los intelectuales”.
Características Fundamentales
Adiós a la idea de progreso
Los postmodernos tienen la experiencia de un mundo duro que no aceptan, pero no tienen esperanza de poder cambiarlo. Y, ante la falta de posibles alternativas, una melancolía suave y desencantada recorre los espíritus.
El nacimiento de la postmodernidad en filosofía se asocia a la idea nietzscheana del eterno retorno de lo igual, el fin de la idea de la superación característica de la modernidad.
Los postmodernos consideran la idea de progreso un espejismo, y no se consideran a sí mismos llamados a superar. Hablan de postmodernidad simplemente porque su tiempo ha aparecido después de la modernidad.
El fin de la historia
Los filósofos postmodernos afirman que la historia ha sido un invento de los historiadores y esta solo existe en los libros de texto. En realidad hay tan solo acontecimientos sin ninguna conexión entre sí. El mundo está constituido por una multitud de átomos-individuos que estamos juntos por casualidad. No tenemos ningún proyecto. Simplemente nos cruzamos unos con otros, o incluso nos atropellamos unos a otros.
Los postmodernos afirman que los historiadores han tenido poca memoria y han recordado pocos acontecimientos. Si hubieran recordado todos, se habría visto que no existe otra cosa que un caos de biografías individuales. La gran historia se disuelve en muchas historias microscópicas. Tantas como individuos.
Los postmodernos, convencidos de que no hay posibilidad de cambiar la sociedad, han decidido disfrutar del presente con una actitud hedonista que recuerda el carpe diem.
Hedonismo y «resurrección de la carne»
La postmodernidad es el tiempo del “yo”.
Todo esto se explica porque a raíz de la pérdida de confianza en los proyectos de transformación de la sociedad, solo cabe concentrar todas las fuerzas en la realización personal.
La vida sin imperativo categórico
La postmodernidad significa también la muerte de la ética. Eliminada la historia, ya no hay deudas con un pasado arquetípico ni tampoco obligaciones con un futuro utópico.
Cada uno puede hacer lo que quiera. Ahora la estética sustituye a la ética.
Siento luego existo
En la postmodernidad el homo sapiens ha sido sustituido por el homo sentimentalis. El homo sentimentalis no es simplemente el hombre que siente, sino el hombre que valora el sentimiento por encima de la razón.
Imperio de lo «débil», de lo «light»
Los postmodernos niegan los grandes discursos de la modernidad sin refutarlos, porque emprender el trabajo de refutarlos supondría que siguen tomando en serio la razón. En la postmodernidad no queda más remedio que acostumbrarse a vivir en la desfundamentación del pensamiento; únicamente hay lugar para un pensamiento débil y fragmentario: “Yo, aquí, ahora, digo esto.” La postmodernidad es la desvalorización de las grandes cosmovisiones. Lyotard sostiene que la postmodernidad es el fin de los metarrelatos.
Nihilismo
Los postmodernos prefieren vivir en la desfundamentación de pensamiento. No solo consideran que las convicciones firmes que dieron seguridad y razones para vivir a las generaciones pasadas han desaparecido para siempre, sino que aceptan el hecho sin ningún sentido de tragedia.
Las grandes cosmovisiones son, según los postmodernos, potencialmente totalitarias. Todo aquél que se siente depositario de una gran idea trata de ganar para ella a los demás y, cuando estos se resisten, recurrirá fácilmente al terror. En cambio quién se sabe portador de un pensamiento débil será necesariamente tolerante para con quienes piensan de forma distinta.
El individuo fragmentado
El individuo postmoderno, al rechazar la disciplina de la razón y dejarse guiar preferentemente por el sentimiento, obedece a lógicas múltiples y contradictorias entre sí. En lugar de un yo integrado, lo que aparece es la pluralidad dionisíaca de personajes. De hecho, se ha llegado a hacer un elogio de la esquizofrenia.
Cada cual compone “a la carta” los elementos de su existencia tomando unas ideas de acá y otras de allá, sin preocuparse demasiado por la mayor o menor coherencia del conjunto. Estamos de vuelta del racionalismo, y ahora manda el sentimiento.
Tolerancia e indiferencia
Con la pérdida de confianza en la razón, se ha perdido también toda esperanza de alcanzar cualquier consenso social. Hoy cabe todo y todo tiene su público, incluso las mayores extravagancias culturales.
El retorno de los brujos
La reacción postmoderna ha traído consigo un retorno de lo religioso.
Postmodernidad no pone reparos en tragarse lo increíble. Podemos ver en la religiosidad postmoderna la “venganza de lo reprimido”.
El retorno de Dios
En la Postmodernidad no solo retornan los brujos; también retorna Dios.
En la Postmodernidad Dios no puede ser demasiado exigente. Debe contentarse con lo que se ha llamado la “religión light”.
Dado que el postmoderno obedece a lógicas múltiples, frecuentemente prepara él mismo su “cóctel religioso” con unas gotas de islamismo, una pizca de judaísmo, algunas migajas de cristianismo, un dedo de nirvana; todas las conminaciones son posibles, añadiendo para ser un poco más ecuménico, una cucharadita de marxismo o un paganismo a gusto del consumidor. Teniendo presente el rechazo postmoderno a la fundamentación, no debe sorprendernos que al individuo no le preocupe en lo absoluto la falta de coherencia del conjunto.
6. Ideas Falsas sobre Dios (Duque)
Se enumeran a continuación conceptos erróneos o distorsionados sobre Dios, presentados como “fetiches”:
- El dios perfeccionista (dios con minúscula): Se asocia a personas que no admiten errores propios o ajenos, anteponiendo el deber al placer hasta el agotamiento físico y mental. Este Dios es implacable con la imperfección, exige renuncia a los deseos y muestra afecto solo a través de la comunicación con Él.
- El dios sádico: Fetiche de personas desconsideradas y agresivas, a menudo dominantes. Exige sacrificios dolorosos, haciendo creer que “mientras más difícil sea, ¡más signo es de Dios!”.
- El dios negociante, exitoso (en minúscula): Exige obras y el cultivo de la imagen; la relación con Él es mercantilista: “te hago para que me des”. Propio de quienes son valorados más por el hacer que por el ser.
- El dios personalista e intimista (en minúscula): Un fetiche hecho a la medida del individuo; es un dios de propiedad, manejable, exclusivo y centrado en el yo.
- El dios manipulable, abarcable (en minúscula): Aquel a quien se cree controlar con ritos, oraciones o conocimientos esotéricos, conocido solo a través de la lógica y los libros.
- El dios juez implacable (en minúscula por su mezquindad): Está listo para juzgar y castigar. Se adecúa a personas rígidas, a menudo con una educación severa.
- El dios hedonista (un dios del puro placer, facilitón): El dios del niño, que evita el sufrimiento, la muerte y las consecuencias del compromiso. Confunde felicidad con placer y huida del dolor.
- El dios todopoderoso: Se confunde con el poder y la prepotencia. Impide explicar, entender o aceptar el mal y el dolor frente a Él.
- El dios de la falsa conciliación y de la falsa paz (en minúscula por su cobardía): Un dios de paz sin justicia, que no exige la radicalidad del compromiso, sino el “bienestar” sin conflicto.
7. Notas del Verdadero Rostro de Dios en la Sagrada Escritura (Duque)
La Sagrada Escritura presenta un rostro de Dios radicalmente distinto a los fetiches anteriores:
- El Dios de Jesús es el Padre de la alegre misericordia: Como se encuentra en el Hijo Pródigo (Lc 15, 11-22). Es el Dios que celebra el perdón con fiesta, que se interesa por nuestro corazón y no tanto por nuestras acciones, y que no pide la perfección sino la apertura a su modo diferente.
- El Dios de Jesús es el Padre del amor incondicional: Nos quiere por lo que somos y no por lo que hacemos. Es el Dios que nos busca más precisamente cuando hemos estado más alejados de lo que nosotros captamos como “su camino”. Nos amó cuando aún éramos pecadores (Rm 5, 8) y nos prefiere justo por ello (Mc 2, 16-17).
- El Dios de Jesús es el Padre de la gratuidad: Es la palabra que quizás lo representa más. Todo en Él es gratuito. No se le compra ni se le vende.
- El Dios de Jesús es el Padre del Reino: Implica un proyecto histórico suyo para con la humanidad, que incluye la paz, la justicia, la concordia, la solidaridad, la igualdad, el respeto entre todas las personas y el equilibrio con el universo.
- El Dios de Jesús es el Padre que se experimenta: Se le conoce y comprende desde la experiencia y el encuentro con Jesús, y no tanto desde el conocimiento puramente intelectual.
- El Dios de Jesús es el Padre de la Pascua: Enseña algo radicalmente nuevo: que si el grano de trigo no muere no da fruto (Jn 12, 23-24). Da sentido a saber entregarse hasta el fondo: la muerte que genera vida.
- El Dios de Jesús es el Padre encarnado, «en-tierrado»: Escoge lo débil, lo pobre, lo pequeño como primer canal de revelación: la encarnación antes que cualquier otra formulación teofánica.
- El Dios de Jesús es el Dios de la esperanza: Es quien provoca en nosotros la capacidad de creer y de esperar, haciendo posible que colaboremos en la movilización de la historia.
9. ¿Por qué Dios se ha revelado? (Schmaus)
El motivo de la Revelación divina, tanto en su vertiente natural como sobrenatural, es el amor de Dios, Amor con que Dios ama su propia grandeza. Dios, al contemplarla, se siente como movido a comunicarla, a explicitarla, más allá de su propio Ser y Vida. Del motivo se deriva la finalidad: es la realización de la grandeza divina bajo formas creadas. Con respecto a la Revelación sobrenatural, su finalidad radica solamente en la realización bajo formas finitas de lo más íntimo de la vida divina, de la vida del Amor Uno y Trino.
El carácter histórico de la Revelación divina alcanzó en el plano de la Historia su máximo de intensidad con Cristo. Dios, mediante Cristo, intervino en la Historia humana no solo obrando y hablando, sino como sujeto que obra y habla. Es evidente que Dios hubiera podido revelarse de otra manera.
10. La Pedagogía de Cristo en el Acompañamiento a sus Discípulos (Pascual)
Aunque Dios lleva a cada hombre por caminos inéditos, su manera de actuar tiene notas fundamentales:
- Preparación del terreno: Jesús no teme ocupar largo tiempo en preparar el terreno. Dios no tiene miedo de emplear mucho tiempo, incluso siglos, en preparar a la humanidad para acoger el don de Jesús.
- El don llegado a un mundo preparado: Jesús no es un don caído del cielo, sino que es un don llegado a un mundo que, por amor, Dios había empezado a preparar para que fuese capaz de acogerlo.
- Tiempo dedicado a la formación: Jesús dedicó el tiempo que estuvo en el mundo a los doce, tardando casi tres años hasta encontrarlos aptos y preparados para abrirles el corazón en plenitud (la Última Cena, la Eucaristía) y enviarlos a predicar.
- Iniciativa del amor gratuito: Su manera de obrar fue: amó primero, no esperó a que lo amaran a Él; salió a buscar, a amar gratuitamente, tomó la iniciativa, buscó a los que aparentemente no lo buscaban. El amor que Él dio no tuvo condiciones ni precio.
- El ejemplo como norma: No pidió ni enseñó nada que antes no lo haya hecho Él. Lo que hizo marca la pauta: “Hagan esto en memoria mía”. “Yo amé primero y ámense los unos a los otros ‘como yo los amé’”. Él se presenta como el modelo de la tarea a realizar: “les he lavado los pies”.
- Foco en la disposición, no en la perfección: Jesús no mira tanto los dones que tenemos o si estamos perfectos, sino si la persona está dispuesta a esta aventura de amor. Si está dispuesto, tiene lo que necesita, porque lo demás viene después.
- Educación por la convivencia: Jesús educa conviviendo, caminando. En esto todos podemos ser docentes y alumnos toda la vida. Una persona que educa conviviendo.
13. Diferencia entre la Revelación Natural y la Sobrenatural
La teología distingue dos formas de manifestación divina:
Revelación Natural
Se designa la revelación de Dios en la creación y a través de ella. Objetivamente, es la creación —en su más alta cumbre y, ante todo, el hombre—, en cuanto que, partiendo del ser creado y de la semejanza con el Ser del Creador, se manifiesta la existencia y la esencia del Dios supramundano y extramundano. El hombre, con la luz de su razón natural, puede alcanzar, percibir, reconocer y considerar esta manifestación y expresarla en su palabra.
Revelación Sobrenatural
Es aquella forma de manifestación divina que objetivamente no está incluida en la creación y en el hombre, y subjetivamente no puede ser alcanzada plenamente por la capacidad humana. Supera y desborda la revelación que se da en la naturaleza. Consiste en que Dios, de una manera que no puede ser deducida ni alcanzada a partir de la creación o del hombre, se da a conocer “a sí mismo”.
14. Características de la Revelación Sobrenatural
Una nota esencial de la revelación sobrenatural es que es indisociable de su intervención. La intervención de Dios en la historia, de la que es testigo el pueblo de Israel, se inició con y en la acción salvífica de Dios (liberación de la esclavitud). A través de los profetas, Dios mismo aclaró el sentido de esta acción.
Esta revelación en la historia se realiza a través de obras y palabras intrínsecamente ligadas. La intervención de Dios en la historia, recogida en las Sagradas Escrituras, revela el ser mismo de Dios.
El contenido de esta revelación no tiene como cometido único manifestar el ser mismo de Dios, sino también revelar algo sobre la verdad del hombre; le descubre que está destinado a la comunión personal con este Dios.
En esta revelación, Dios invisible (Col 1, 15; 1 Tim 1, 17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía” (DV 2).
15. Características de la Revelación Judeocristiana
La revelación dada al pueblo de Israel y culminada con Jesucristo constituye un cambio de perspectiva revolucionario respecto a otras cosmovisiones:
- El Dios de la revelación judeocristiana es un Dios de personas: es el “Dios de Abraham, Isaac y Jacob”. No está asociado a un lugar o aspecto de la naturaleza (árbol, piedra sagrada, sol, luna o fertilidad).
- El Dios de la revelación judeocristiana es un Dios de la esperanza: el primer rostro que Dios revela es el de la promesa. Este concepto convirtió a Abraham y a los suyos en peregrinos hacia un horizonte nuevo y mejor.
- El Dios de la revelación judeocristiana es un Dios que se manifiesta Señor de la historia: Dios guía a Abraham, saca a su descendencia de Egipto, etc. Así, la historia misma se convierte en lugar de la manifestación divina. Para encontrar a Dios, el hombre deberá leer los “signos de los tiempos”.
16. Cristo como Plenitud de la Revelación
La Revelación plena y definitiva de Dios se realiza en Cristo, que es en sentido pleno la autocomunicación de Dios. “Las religiones hablan ‘del’ Santo, ‘de’ Dios, ‘sobre’ él, ‘en su lugar’. Solo en la religión cristiana es Dios mismo el que habla al hombre en su Palabra” (CR 103).
En Cristo –y solo en Él– se da un movimiento plenamente descendente, de Dios al hombre, que recoge el anhelo de toda la humanidad; y, a su vez, en el cristianismo, la humanidad busca una comunión con lo divino, en un movimiento ascendente. En Cristo se unen estos movimientos. De ahí que Él es el centro único y pleno de la revelación-autocomunicación de Dios, en tanto que Cristo es Dios y hombre. En Cristo Dios se da a conocer de manera plena y definitiva, es decir, que no hay que esperar otra revelación pública de Dios. Cristo, por tanto, “lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino” (DV 4).
El punto esencial del cristianismo es que Jesús es Dios. La manifestación de Dios en Jesucristo coloca al hombre ante una opción: negarse a reconocer en Él al Hijo de Dios o aceptarlo como Hijo único de Dios. “La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre…” (CEC 2002). En esta opción se realiza la respuesta de fe del hombre, respuesta a través de la cual se hace presente la gracia. Pues “para dar esta respuesta de fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad” (DV 5).
17. Momentos Reveladores de Dios en la Historia de Jesús
Con Cristo la Revelación deja de ser un concepto abstracto y pasa a ser una realidad concreta y personal: la persona de Jesucristo. El acontecimiento salvífico de la autocomunicación de Dios:
“empieza con la creación, se establece de nuevo en la historia de Israel, alcanza su consumación en la persona, ministerio, muerte, resurrección [de Jesucristo] y envío del Espíritu de Jesucristo (el Verbo de Dios encarnado), y por obra del mismo Espíritu Santo conduce a la comunión liberadora con Dios”.
Jesucristo es el mediador único entre Dios y los hombres, en quien se realiza la salvación: “Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, hombre él también, que se entregó a sí mismo para rescatar a todos”.
18. Consecuencias Antropológicas de la Revelación en Jesucristo
La revelación de Dios en Jesucristo tiene profundas implicaciones para la comprensión del ser humano:
- Unión ontológica con Dios: La encarnación del Hijo de Dios supone afirmar que Dios se ha unido a todo hombre al asumir la naturaleza humana. Todo lo que acontece en el hombre (sufrimientos y alegrías) ha entrado en el corazón de Dios con una realidad ontológica diferente en Cristo. Dios se hace presente en la realidad y en la historia del hombre concreto. Por ello, el cristianismo es la religión de la inmediatez con Dios, un Dios que se continúa manifestando y dejándose ver en todo hombre a quien estamos llamados a reconocerle como nuestro hermano.
- El sentido de la existencia es Amar: La vida misma de Jesucristo revela el sentido último de la existencia humana: Amar. Solo mediante el amor el hombre se reconoce como tal.
- Esperanza trascendente: La Resurrección de Jesús ofrece una visión revolucionaria y esperanzadora del hombre, pues afirma que este no se termina con la muerte. El ejercicio de su libertad y responsabilidad no es una actividad en vano sobre su destino, ya que su vida tiene un sentido que trasciende la contingencia.
El hombre se encamina indefectiblemente hacia la muerte, enfrentándose a su fin temporal de manera consciente. Para quien opina que con la muerte se acaba todo, se anula a sí mismo (lo cual es más horroroso que el infierno cristiano). Por el contrario, todo hombre que asume con radicalidad el ejercicio de su libertad sabe que su libertad le encamina hacia lo definitivo en un destino eterno.
