La chola y el intelectual en La Chaskañawi
Por Ramiro Huanca Soto
Dolor, amargura y contratiempos configuran el destino novelesco de Adolfo, prefijado por una voz que anuncia la crónica de un alma crepuscular, de un atardecer decadente en el tiempo. El señorito estudiante no tiene horizonte vital para renacer como renace el sol de la alborada, o como el sol esplendoroso del mediodía. Como un mendigo demoníaco que le roba un tiempo de paz a la paz del paisaje, la caída crepuscular se torna angustiosamente inevitable: tiende la mano a ese instante, haciendo de ese tiempo fugaz el preludio de una vida mutilada de su ser existencial, de su razón fragmentada del sentimiento. El atardecer tiene que caer con todo el peso de sus colores chamuscados, aunque para ello pida el regazo infinito de un tiempo propio que le da la chola. Pero, ¿quién mira, quién narra, quién organiza la conciencia de los personajes de La Chaskañawi, tomando en cuenta cierta predestinación del narrador?
Medinaceli encarna la conciencia de los valores de los personajes, no por el hecho idéntico entre autor y personaje, tal como cierta crítica lee La Chaskañawi, sino porque las relaciones entre héroe y autor son estructuralmente parecidas. Y porque el carácter problemático de esos valores «no sólo se da en la conciencia del héroe sino en la del autor, porque la novela es al mismo tiempo una forma biográfica y una crítica social» [1], aspectos que también se pueden leer en los ensayos críticos. El carácter problemático de los valores que Medinaceli encarna, al ser sólo «parecido» al de su personaje, subraya la diferencia entre autor y narrador. Así, con la autoridad celestial de un Dios que siempre celebró la creación de sus personajes, el narrador omnipresente señala el destino de aquellos cuerpos que se regodean en las nubes carbonizadas de un tiempo inevitable.
El indio, el otro
Adolfo vaga en un mundo extraviado al tratar de aplacar el destino narrativo que ha extendido su vara implacable. Se adentra en su conciencia como una sombra interrogante que interpela a su cuerpo. Su vida, desde el principio de la novela, si bien es una conciencia de la búsqueda del reencuentro, o de aquellos pasos que desean transitar la memoria, es fundamentalmente la conciencia de la pérdida y del vacío, de los pasos evaporados en el tiempo crepuscular.
Adolfo vive una modernidad atrasada y distorsionada en el reconocimiento del otro, porque sus actos están gobernados por la mirada mutilada a una modernidad propia. Esta vivencia hace de él un huraño, un reconcentrado, un tímido. Su estructura interior es el signo de la soledad; Adolfo se configura como un fantasma sin cuerpo que habitar, sin voz y sin palabra que enunciar. Esa modernidad mutilada es una práctica cultural desfasada del sentimiento cósmico de la tierra andina y del paisaje materno, negación del indio y la chola, como lo confiesa Adolfo: «Por eso hay un cósmico divorcio entre mi alma -que es de otra parte- y el paisaje que me rodea, que yo no puedo sentir, y menos vivir de acuerdo a él» [2].
Si la unión de Adolfo y Claudina es la contraparte del destino novelesco, bien puede ser también una remembranza del paisaje cósmico y de la certeza de su devenir temporal en la chola. ¿Se ha negado acaso al indio y a su paisaje, así como a la chola en ese mismo paisaje? El recurso a un paisaje extraño a la identidad nacional, la negación del sujeto ancestral encarnado en el paisaje, ¿no ha prefijado la obsesión nacional de querer ser aquello que jamás pudimos ser —occidentales— siendo irremediablemente aquello que jamás pudimos desarraigar —indios y cholos— desde tiempos inmemoriales? «El indio —indudablemente— es un producto genuino del paisaje que lo habita… Por eso, cabe decir, Bolivia no es una nación, porque no sentimos el paisaje nativo» [3]. O aquellas palabras que denominan el carácter ondulatorio de los procesos sociales: «La chola es matriz donde el indio ancestral refunde su milenario estatismo para cobrar el impulso energético de las razas en trance ascensional» [4].
Sentir el paisaje en su historia, en sus hombres, en sus prácticas culturales, es hacer de la memoria andina el horizonte cotidiano de nuestras vidas y de nuestra literatura. De acá que la novela de Arguedas, Raza de bronce, y el sujeto que pretende representar, el indio, configuren una novela falsa, porque no se ha sentido al indio en su verdadera realidad, pues si para Medinaceli dicha obra literariamente será buena en cuanto a paisajes, en lo sustancial de su mirada respecto al indio, falla: «Arguedas ha visto al indio con un prejuicio europeo, con un prejuicio étnico y con un prejuicio de clase» [5].
El intelectual ante el paisaje
La ruptura entre el paisaje y el hombre, la subjetividad y la historia, la memoria milenaria y la modernidad, delata la mascarada musgosa de las instituciones corpulentas en la forma, pero decapitadas en el alma. Por lo que la posición de Adolfo —producto de una educación mutilada en la formación de los sujetos— será también una posición insatisfecha con la enseñanza impartida en las instituciones educativas. Su formación no representa la conciencia de su función de intelectual como articulador de los saberes ni la penetración de la mirada en el frontis de luz infinita que desplaza el paisaje. Se puede decir que es un intelectual tradicional por la ruptura entre intelectual y pueblo, en el sentido de que sus saberes como futuro abogado no tienen un «contacto sentimental» con la sociedad, y menos una pasión política y cultural. Su permanente indecisión y duda son los resultados de una educación degradada que «ha erigido superstición de los títulos de nobleza y de los títulos universitarios a la categoría de dogma» [6].
Adolfo, según la hermenéutica de la novela, tiene la seguridad de volver a la capital para continuar sus estudios cuando inconscientemente obedece a su posición de intelectual letrado ajeno a las tradiciones e historia del pueblo, de las cuales su familia también forma parte. Este trasfondo es la reproducción de valores de un capital cultural desfasado de la historia. En fin, se puede decir que Adolfo es el producto de una ideología colonial, víctima de la degradación del capital cultural, sujeto fragmentado en la sombra que cae entre el pensamiento y la acción.
Las dimensiones de la historia que subyacen a La Chaskañawi, y que se ratifican en su crítica literaria, tienen una genealogía histórica en aquel hiato traumático que la Conquista implantó. «La unidad espiritual de que disfrutaba antes de la conquista… la transformó en un laberinto de creencias contradictorias después de ella. Esa alma la perdió en la Conquista» [8]. En este sentido, la pregunta raigal de Medinaceli para Adolfo podría ser: ¿podemos ser modernos, siendo desarraigados del alma?
El campo o la universidad
Ser chacreros antes que universitarios es la lógica de los sujetos que no tienen voluntad para afirmar una posición intelectual. Adolfo transita La Chaskañawi en la dicotomía del campo frente a la ciudad. A todo esto habrá que considerar la figura de la mujer chola como cuerpo constituyente del deseo, así como cuerpo de valores históricos y sociales. La separación del paisaje marca el inicio de la relación con la ciudad letrada así como marca también la relación de su función social. Al ser un «elegante empleófago», Medinaceli alude a la apariencia de la forma que reviste la elegancia de la burocracia estatal.
La chola según Medinaceli
Ese pensamiento autónomo se encuentra en el principio de la seducción de la mirada como estrategia de existencia. Sólo contemplando lo nuestro se podrá construir una modernidad propia, y la mujer chola constituirá la posibilidad de cambio social. Para Medinaceli, mujer y paisaje están identificados por la línea, el color, la fuerza germinal de lo indígena.
- La chola: fuerza orgánica rejuvenecida, energía varonil de la raza.
- La mujer india: tradición madura, pasado milenario.
El renacimiento de nuevos hombres en una nueva dirección cultural de la sociedad, para Medinaceli, será posible por la contemplación del paisaje y la chola. La chola representa lo genuinamente popular y nacional, lo propiamente boliviano. Medinaceli asume su propia certeza desde una actitud diferente al reconocer su experiencia diaria como fuente legítima de representación de la chola. En La Chaskañawi, la unidad de Adolfo y Claudina es una unidad que cancela la larvariedad de los intelectuales, la degradación de las instituciones educativas y la superación de las esquizofrenias de la Conquista.
En conclusión, a partir de la chola, el intelectual y el paisaje, se trata de ir hacia el origen de la obra de Medinaceli rehaciendo el camino creador de sus reflexiones. Desde esas tres figuras novelescas sus ideas se amplían en un proyecto mayor, según una relación nómada que desfronteriza los espacios intelectuales.
