Método cartesiano: Duda metódica, el yo y la prueba de Dios en Descartes


Método

Descartes considera necesario elaborar un método sobre el que fundamentar su filosofía, ya que percibe la ausencia de bases sólidas en el pensamiento de su época, marcada por una profunda crisis de identidad en Europa provocada por el auge del escepticismo. A su juicio, tanto la filosofía como la ciencia poseen herramientas adecuadas para alcanzar la verdad; sin embargo, mientras que la ciencia dispone de un método riguroso que permite eliminar los errores y evitar el falso conocimiento, la filosofía carece de un procedimiento eficaz con este fin. Por ello, Descartes toma como influencias para la elaboración de su método disciplinas como la lógica, la geometría y las matemáticas, así como el método resolutivo-compositivo de Galileo.

Descartes es considerado el padre del racionalismo, corriente que sostiene que solo a través de la razón es posible alcanzar la verdad y conocer la realidad. La razón se convierte así en el instrumento fundamental del conocimiento; no obstante, para llegar a la verdad es necesario someter a duda los caminos tradicionales que esta ha utilizado hasta entonces.

La razón presenta dos elementos fundamentales: la intuición y la deducción. La intuición es una «luz natural» que permite captar de manera inmediata las naturalezas simples de las cosas. La deducción, por su parte, es el proceso mental mediante el cual se enlazan estas intuiciones simples, permitiendo avanzar de lo simple a lo complejo. De este modo, la razón, a través de estos dos elementos, da lugar a un método influido por la lógica, el cálculo, la geometría y el método resolutivo-compositivo de Galileo, cuyo objetivo es alcanzar una verdad lo más clara y distinta posible.

Las cuatro reglas del método

Este método, para Descartes, está compuesto por cuatro reglas, que deben cumplirse siempre, en cualquier circunstancia y en el orden que el propio método prescribe. La primera regla tiene un carácter intuitivo, mientras que las tres restantes poseen un carácter deductivo.

  1. Evidencia: no admitir cosa alguna como verdadera si no se la ha conocido evidentemente como tal. Es decir, evitar la precipitación y la prevención y admitir exclusivamente aquello que se presente tan claro y distinto al espíritu que no haya motivo alguno para ponerlo en duda. Características: claridad y distinción.
  2. Análisis: dividir cada una de las dificultades a examinar en tantas partes como sea posible y necesario para su resolución. Reducir las percepciones confusas a claras es la única manera de evitar el error.
  3. Síntesis: proceder ordenadamente, yendo de lo simple a lo complejo a través de la deducción. Hay que rehacer la síntesis del análisis anterior, que es la manera de reconstruir el orden; si no existiera, habría que suponerlo, pues es fundamental.
  4. Enumeración: realizar un recuento tan completo y amplio como sea necesario para estar seguro de no omitir nada. Es la comprobación de todo proceso para obtener una intuición general y una evidencia simultánea del conjunto.

Duda metódica

La duda metódica consiste en llevar a la práctica todo aquello que somos capaces de reconocer y someterlo a juicio. Es decir, aplicar la duda y poner en tela de juicio todo aquello que no se nos presente evidente; todo aquello que no tenga una evidencia clara y distinta debe ser rechazado provisionalmente. Descartes expone cuatro motivos principales para dudar:

  • Falacia de los sentidos: los sentidos pueden conducir al error, por lo que es necesario dudar de todos los conocimientos cuya procedencia sea sensorial.
  • Falacia de la razón: duda respecto del uso que hacemos de la razón. Aunque considera a la razón como el instrumento más eficaz y único para llegar al conocimiento verdadero, los seres humanos nos equivocamos al utilizarla. Por ello también debe ponerse en duda todo conocimiento en el que el hombre haya empleado la razón incorrectamente.
  • Falacia de la vigilia y el sueño: no siempre es posible distinguir entre sueño y vigilia, lo que lleva a dudar de nuestro propio cuerpo e incluso de nuestros pensamientos. A veces podemos soñar sin ser conscientes de que todo es falso hasta que despertamos; esta consideración justifica la duda sobre lo material.
  • Hipótesis del genio maligno: para que la duda sea universal hay que dudar incluso de las matemáticas, suponiendo la existencia de un «genio maligno» cuya única misión sería engañarnos y hacer que consideremos como evidentes cosas que no lo son.

Características de la duda

  • Teorética: no afecta al ámbito moral.
  • Universal: afecta a todos los conocimientos teóricos.
  • Metódica: no pretende mantener a la razón en la duda, sino ayudarla a buscar certezas.
  • Artificiosa: considera falso lo que es solo dudable, como recurso metodológico.
  • Hiperbólica: introduce motivos de duda que exceden el sentido común para garantizar la máxima purificación del saber.

El yo en la filosofía de Descartes

En la filosofía de Descartes, el yo ocupa un lugar fundamental, ya que constituye la primera certeza metafísica a la que se llega tras aplicar la duda metódica. Al poner en cuestión todo conocimiento procedente de los sentidos e incluso de la razón, Descartes descubre que hay algo imposible de dudar: el hecho de que, mientras duda, piensa, y mientras piensa, existe. Esta verdad se expresa en la famosa formulación cogito, ergo sum.

En primer lugar, el yo es una idea innata, ya que no procede de la experiencia sensible ni se adquiere a través del aprendizaje. No conocemos el yo mediante los sentidos, sino por la propia razón, de manera inmediata. En el acto mismo de pensar, el sujeto se descubre como existente sin necesidad de recurrir a nada externo. Por ello, el yo es más seguro que el conocimiento del mundo físico.

En segundo lugar, el yo es una verdad intuitiva, pues el cogito no se obtiene por razonamiento deductivo, sino por una intuición intelectual directa. No se trata de una conclusión inferida a partir de premisas, sino de una evidencia inmediata que se impone a la mente con total claridad y distinción. En el mismo momento en que el sujeto piensa, capta de forma evidente su propia existencia.

En tercer lugar, el yo constituye la primera certeza metafísica, ya que es una verdad absolutamente indudable y resistente a la duda metódica. Incluso en la hipótesis del genio maligno, el yo sigue existiendo, pues para ser engañado es necesario existir. Esta certeza sirve de fundamento para el resto del sistema filosófico cartesiano.

Por último, en cuanto a la naturaleza del yo, se trata de una sustancia, es decir, algo que no necesita de ninguna otra cosa para existir. Descartes la define como una sustancia finita pensante (res cogitans). El yo no es el cuerpo ni algo material, sino una realidad inmaterial cuyo atributo es el pensamiento. Bajo el pensamiento se incluyen actos como dudar, afirmar, negar, querer, imaginar o sentir. El cuerpo, en cambio, pertenece al ámbito de la res extensa, lo que da lugar al conocido dualismo cartesiano entre mente y cuerpo.

Cinco consecuencias sobre la naturaleza del yo

  1. Lo único cierto, inicialmente, es un sujeto cuyo ser es pensar; esa es su naturaleza, esencia o atributo.
  2. El yo es el alma, que define esencialmente al ser humano; a su vez, el alma se define por ser pensamiento. Para Descartes, el alma no es el principio vital del cuerpo.
  3. El dualismo antropológico: el yo o alma no necesita de ninguna condición material; por ello, es independiente y distinta de cualquier otra sustancia corporal.
  4. El alma es más fácil de conocer que el cuerpo: aun sin tener certeza inmediata de la existencia del cuerpo, ya se tiene la certeza de que yo soy una sustancia que piensa. Quienes creen conocer su cuerpo mejor y con mayor facilidad que su alma lo hacen porque siguen sus sentidos sin aplicar el método.
  5. La inmortalidad del alma: si el alma es pensamiento y, por tanto, independiente del cuerpo, el alma podría considerarse inmortal, pues para ser, es decir, para pensar, no necesita del cuerpo.

Dios

A partir del yo se llega a la demostración de Dios. Una vez que Descartes ha establecido al yo como primera certeza metafísica —es decir, como la verdad indudable de que existo porque pienso— puede dar el siguiente paso: la certeza de la existencia de Dios, que ocupa un lugar como segunda certeza metafísica. Al igual que el yo, Dios se manifiesta como una idea innata: no procede de la experiencia sensible ni del razonamiento a partir de cosas imperfectas, sino que está inscrita en la mente desde el origen. La idea de un ser absolutamente perfecto no podría surgir de un ser imperfecto como yo; por tanto, su presencia en mi pensamiento indica que hay un ser que la ha puesto allí, y ese ser es Dios.

Las demostraciones de Dios según Descartes

  1. Primer argumento causal: Dios es causa de mi idea de perfección. Si yo soy un ser imperfecto y tengo en mí la idea de perfección sin haberla adquirido por experiencia, entonces esa idea debe proceder de algo más perfecto que yo; de lo imperfecto no puede surgir lo perfecto.
  2. Segundo argumento causal (vía de la contingencia): Dios es causa de mi existencia. Descartes toma de Santo Tomás la vía de la contingencia: algo contingente no existe por necesidad; por tanto, el origen de la necesidad de existencia debe encontrarse en una existencia que es causa de sí misma (una existencia necesaria), es decir, en Dios.
  3. Argumento ontológico: el atributo de la perfección incluye la existencia. El atributo de lo perfecto es que exista, porque aquello que existe es más perfecto que aquello que solo tiene la mera posibilidad de existir. Si concebimos a Dios como un ser perfecto, entonces la existencia es una de sus perfecciones y, por tanto, Dios existe.

Como consecuencia de estos argumentos, se deduce la naturaleza de Dios: posee todas las perfecciones y ninguna imperfección; tiene una naturaleza simple y crea sustancias imperfectas, como nosotros o el mundo material.

Dios como garante del conocimiento

Dios actúa como garante de todo conocimiento y de nuestra razón. Entre las implicaciones que Descartes extrae de la existencia de Dios se encuentran:

  • Dios y el alma son lo más fácil de conocer: al igual que el yo, son inmediatos para la mente. Sabemos que existimos (yo) y que Dios existe porque estas verdades se nos imponen con claridad y distinción.
  • Dios garantiza el conocimiento de lo sensible: aunque los sentidos puedan engañarnos, Dios no es engañador; por tanto, la información que recibimos del mundo tiene validez siempre que se use correctamente la razón.
  • Dios garantiza el criterio de verdad: todo lo que percibimos con claridad y distinción es verdadero, porque un ser perfecto no nos engaña. Cuando la mente capta algo claramente, podemos confiar en que es verdad.
  • Dios garantiza las matemáticas: las verdades matemáticas son claras, distintas e inmutables porque su fundamento está asegurado por Dios.
  • Dios garantiza el mundo: el mundo existe porque Dios, que es perfecto y no engaña, lo ha creado. Si todo lo que percibiésemos fuese falso, entonces Dios estaría engañándonos, lo cual sería incompatible con su perfección; por tanto, podemos confiar en que el mundo exterior existe y que nuestras percepciones tienen una base real.

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