Muerte y resurrección de Jesús: significado teológico, histórico y social


La muerte de Jesús

La pasión y la muerte de Cristo plantean una pregunta inquietante: ¿cómo es posible que la pasión y la muerte de Cristo sean tan importantes para muchas personas y, sin embargo, eso no se note en la vida de tantas otras?

Hay un hecho evidente: hemos sacralizado la cruz, es decir, la hemos convertido en un objeto sagrado que merece todo nuestro respeto y mayor veneración. Sin embargo, originalmente la cruz no fue algo sagrado o religioso. En tiempos de Jesús, la cruz era el tormento, la humillación y la vergüenza que sufrían los esclavos, los delincuentes más peligrosos y los revolucionarios o subversivos que se rebelaban contra el Estado. En realidad, la cruz era «la más vergonzosa de las penas», y además se pensaba que quien moría en la cruz solo podía ser un blasfemo indeseable, merecedor de reprobación y desprecio.

Y sin embargo, nosotros hemos convertido la cruz en una reliquia santa y sagrada; la hemos introducido en los templos, la hemos colocado sobre los altares y, de esa manera, le hemos quitado toda su fuerza subversiva y revolucionaria. De este modo, la cruz ha venido a perder su significación original: de un instrumento de tortura y reprobación hemos hecho un distintivo de honor, grandeza y poder.

Además de eso, la hemos manipulado en beneficio de los instalados y poderosos. Pocos temas de la teología han sido tan manipulados y tergiversados en su interpretación como el de la cruz y la muerte de Jesús. Especialmente, las clases poderosas han utilizado el símbolo de la cruz y el hecho de la muerte redentora de Cristo para justificar la necesidad del sufrimiento y de la muerte en el horizonte de la vida humana. Así, oímos decir, piadosa y resignadamente, que cada uno debe cargar con sus cruces de cada día, que lo importante es vivir con paciencia y resignación.

Por eso es necesario analizar con cierta detenimiento el sentido y el significado de la pasión y la muerte de Jesús.

Jesús anuncia su muerte

Los evangelios sinópticos dicen que Jesús anunció tres veces lo que le iba a pasar al final de su vida. Por lo tanto, según los evangelios, Jesús sabía de antemano lo que le iba a suceder. ¿Sabía Jesús realmente el final que le esperaba? Tal como fueron ocurriendo las cosas, Jesús tuvo que darse cuenta de que su vida terminaba mal. Hubiera sido ingenuo no advertir que aquello, más que una probabilidad, se presentaba como un final irremediable. Si Cristo era un hombre medianamente inteligente y sensible, podía prever con bastante seguridad la posibilidad de una muerte violenta.

Por otro lado, la conducta de Jesús fue de tal manera provocadora que en repetidas ocasiones se puso al margen de la ley. Merece especial atención la violación del sábado. Tenemos numerosos ejemplos de que Jesús quebrantó el sábado. Cuando los discípulos arrancan espigas en sábado, Jesús es advertido públicamente de la falta. Pero, casi a renglón seguido, volvió a quebrantar el sábado cuando curó, en plena sinagoga, al hombre del brazo atrofiado.

Estando así las cosas, merece especial atención el gesto de cuando expulsó a los comerciantes del templo. Es evidente que, al realizar ese gesto simbólico respecto del templo, Jesús se estaba jugando la vida. Por lo tanto, la cosa está clara: Jesús había perdido, por muchos conceptos, el derecho a la vida; se veía constantemente amenazado, de tal manera que debía tener presente que su muerte habría de ser violenta. Hasta eso llegó la conducta de Jesús. De ahí el riesgo en que puso su vida. La libertad de Jesús fue provocadora. Y así terminó: como tenía que terminar un hombre que se comportaba de aquella manera.

Por qué lo mataron

a) El fracaso de Jesús

La predicación y la actividad de Jesús en Galilea no terminaron en un rotundo éxito, sino más bien en un fracaso, al menos en el sentido de que su mensaje no fue aceptado por muchos. ¿Qué ocurrió allí? Había gente que se escandalizaba de Jesús, de lo que decía y hacía. No debe sorprendernos que su amistad con publicanos, pecadores y gente de mala vida resultara escandalosa para aquella sociedad. Y, sobre todo, sus repetidas violaciones de la ley lo convertían en sujeto sospechoso desde muchos puntos de vista.

Por eso, en torno a la persona y la obra de Jesús surgió una pregunta tremenda: ¿traía Jesús salvación o tenía un demonio dentro? Ciudades enteras llegaron a rechazar su mensaje. La respuesta parece clara: durante el ministerio público de Jesús no todo fueron éxitos populares. Más bien se produjeron conflictos y enfrentamientos, de modo que paulatinamente las grandes masas fueron abandonando a Jesús, hasta el punto de que incluso sus discípulos más íntimos estuvieron tentados de abandonar el camino emprendido junto al maestro. La pasión y la muerte de Jesús fueron el resultado del conflicto que provocó su vida. Este conflicto se apunta ya en su relación con la gente en general, pero se manifestó sobre todo en su enfrentamiento con los dirigentes y autoridades.

b) El enfrentamiento con los dirigentes

Los enfrentamientos con los dirigentes judíos se produjeron relativamente pronto, por lo que está claro que la vida de Jesús se veía cada día más amenazada. Si no lo mataron antes es porque todavía una parte del pueblo estaba con él y los dirigentes no querían provocar un levantamiento popular. Lo más impresionante es que Jesús se dirigió a la capital, Jerusalén, muy consciente de lo que le iba a pasar, y allí se puso a hacer denuncias durísimas contra las autoridades centrales. Todo ello terminó como tenía que terminar: la condena y la muerte de Jesús fueron consecuencia de su vida. Jesús se comportó de tal manera que acabó como tenía que acabar una persona que adoptaba semejante comportamiento.

¿Qué es lo que Dios quiso? Dios no podía querer el sufrimiento y la muerte de su Hijo; ningún padre quiere eso. Lo que Dios quiso es que Jesús se comportara como de hecho se comportó, aunque eso le acarreara enfrentamiento y muerte. Así, la muerte de Jesús no es el resultado de una decisión directa del Padre, sino la consecuencia de una forma de vida: la consecuencia de su ministerio y de su libertad; en definitiva, la resultante de un comportamiento de compromiso incondicional en favor del hombre.

c) La razón de la condena

A Jesús le hicieron un doble juicio: el religioso y el civil, y en cada uno de ellos se dio una razón distinta de la condena a muerte.

En cuanto al juicio religioso, la condena se produjo desde el momento en que Jesús afirmó que él era el Mesías, el Hijo de Dios bendito. Los dirigentes religiosos interpretaron esas palabras como una auténtica blasfemia. Al decir eso, Jesús estaba afirmando que Dios estaba de su parte y que le daba la razón a él, con lo que desautorizaba a los dirigentes. Eso fue algo que no pudieron soportar: verse descalificados como representantes de Dios les impulsó a condenarlo. La cuestión se complicó por el silencio de Jesús ante el interrogatorio del sumo sacerdote, que fue interpretado como una postura crítica ante el tribunal.

Después vino el juicio político. Ahí la cosa está más clara: por lo que pusieron en el letrero de la cruz, sabemos que a Jesús lo condenaron por una causa política: por haberse proclamado rey de los judíos. Jesús explicó ante el gobernador que su reinado no era como los reinos de este mundo. En realidad, el gobernador militar dictó la sentencia de muerte porque los dirigentes religiosos lo amenazaron con denunciarlo al emperador.

Significado teológico

a) El profeta mártir

Las primeras comunidades cristianas consideraron a Jesús el último y definitivo profeta enviado por Dios, que, como otros profetas, fue asesinado por la maldad de Israel. Sin embargo, la valoración fue ambivalente: para unos Jesús fue el verdadero profeta, para otros el «gran adversario», un falso profeta que engañaba a la gente. Tras la experiencia de la resurrección, Jesús fue presentado por las comunidades como el auténtico enviado de Dios.

b) El plan divino de salvación

Otra corriente en el Nuevo Testamento interpreta la muerte de Jesús desde la perspectiva del plan divino de salvación. Ya no se trata solo de una descripción de los hechos tal como ocurrieron, sino de una reflexión de los primeros cristianos para dar explicación de lo sucedido. ¿Por qué era necesaria esta explicación? En el Antiguo Testamento se dice que «ser crucificado es una maldición divina». Por consiguiente, los primeros cristianos tuvieron que demostrar que Jesús, a pesar de ser crucificado, no era un maldito.

Para ello argumentaron que la muerte de Jesús en la cruz responde al plan divino de la salvación; es decir, Dios quiso y dispuso que las cosas sucedieran como sucedieron. Esta corriente utiliza la expresión clave «debía suceder así». Así, la pasión y la muerte de Jesús se interpretan como un hecho en el que es perceptible la intervención divina, mientras que los hombres aparecen como quienes entregan a Jesús en manos de la muerte.

En aquella sociedad, para la gente un crucificado era un maldito y un fracasado. Por eso fue urgente demostrar que ese fracaso y esa reprobación significaban paradójicamente un acontecimiento querido por Dios, y que era un acontecimiento que los creyentes debían imitar.

c) La muerte expiatoria

La tercera corriente del Nuevo Testamento interpreta la muerte de Jesús como sacrificio expiatorio: Jesús sufrió en lugar de los demás para salvarlos y redimirlos. Esta interpretación parte de la premisa de que el ser humano, por su condición y por el pecado, se encuentra en una situación de desgracia y de separación de Dios. Solo Dios, en Jesucristo, puede remediar esa situación: haciéndose uno de nosotros y ofreciendo su entrega total en la muerte, posibilita lo que para el solo hombre era imposible: el acercamiento a Dios, la participación de la vida divina, la superación de la muerte y el destino feliz para siempre.

El camino de Dios

Dios no quiere el sufrimiento humano ni desea que el hombre fracase y sea aplastado. Dios es Padre de todos los hombres; quiere la felicidad y la realización plena de cualquier persona. Sin embargo, sabemos que, en este mundo, luchar contra la opresión y la esclavitud conduce inevitablemente al conflicto y a la contradicción, porque los opresores no están dispuestos a soltar su presa.

Desde este planteamiento hay que entender el sentido histórico y concreto de la cruz de Cristo, el destino y la muerte de Jesús. Seguir a Jesús es, en muchos casos, ir derechamente a la cruz. Esto no significa que soportar la cruz consista en aguantar con paciencia y resignación la injusticia del mundo, sino que supone rebelarse contra esa injusticia para que en el mundo no haya más atropellos ni esclavitudes. Existe, por tanto, una relación esencial entre la cruz de Cristo y la situación de todos los crucificados de esta tierra: los pobres, los oprimidos, los marginados y los humillados.

La resurrección de Jesús

La resurrección de Jesús es el hecho central de esta historia: el acontecimiento decisivo en la existencia de Jesús y en la vida y la fe de los cristianos. ¿Por qué? Porque Jesús se presentó como enviado de Dios para anunciar la salvación de todos los hombres. Sin embargo, murió en una cruz, abandonado por todos, con el grito: «¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!». Así, la muerte de Jesús parecía enterrar las esperanzas puestas en él. Si no hubiera acontecido la resurrección, el fracaso de Jesús se habría confirmado y también habría fracasado su proyecto y el incipiente movimiento que él originó.

El hecho de la resurrección

a) Un hecho incuestionable

Algunos días después de la muerte de Jesús surgió en Jerusalén una noticia asombrosa: Dios ha resucitado al que fue crucificado. Nadie había visto directamente el hecho mismo de la resurrección, pero la noticia se presentó como incuestionable: los seguidores de Jesús afirmaban que él estaba vivo porque se les había aparecido. ¿En qué argumentos se basa la certeza de este hecho? Fundamentalmente en dos: el sepulcro vacío y las apariciones del resucitado.

b) El sepulcro vacío

El primer argumento para afirmar la resurrección es el hecho del sepulcro vacío. En el relato, ese hecho provoca miedo y espanto; «las mujeres salieron huyendo del sepulcro». María Magdalena interpreta la ausencia del cuerpo como un robo, y para los discípulos la noticia no pasa de ser un rumor de mujeres. Las afirmaciones sobre el sepulcro vacío son, en el fondo, expresiones de la fe en la resurrección. Además, parece que existía en la primitiva Iglesia una práctica de peregrinación y culto al santo sepulcro. Todo ello indica que la tradición del sepulcro vacío expresa, de manera indirecta, una fe sólida y profunda en la resurrección.

c) Las apariciones a los discípulos

El argumento definitivo para afirmar la resurrección se basa en las apariciones de Jesús a su comunidad. Estas apariciones no aparecen como meras visiones subjetivas, sino como hechos que los testigos consideraron objetivos y afirmaron con toda seguridad. ¿Cuántas fueron las apariciones? Los datos son fragmentarios e incompletos, pero en cuanto al modo, las apariciones se describen como una presencia real, incluso carnal: come, camina con los suyos, se deja tocar y dialoga con ellos. Su presencia llega a confundirse con la de un caminante, un jardinero o un pescador. Los discípulos que lo vieron tenían la seguridad de que no era un «espíritu» ni un «ángel»: el que murió y fue sepultado era el mismo que resucitó. Como conclusión, los relatos de apariciones constituyen una base sólida de la fe en la resurrección.

d) ¿Un hecho histórico?

Para entender correctamente la resurrección conviene distinguir entre resucitar y revivir. Jesús no revivió: resucitó. Quien resucita traspasa para siempre las fronteras de este mundo. ¿Se puede considerar la resurrección un hecho histórico? Sí, si se entiende como algo que aconteció realmente; pero no en el sentido de lo que puede comprobarse en el espacio y en el tiempo, porque Jesús resucitado ya no estaba sujeto a las condiciones de la historicidad: había rebasado definitivamente las categorías del mundo presente.

Significado para la comunidad cristiana

Ante los ojos de la sociedad de entonces, muerto de aquella manera y sepultado, Jesús era un fracasado total. Con la resurrección todo cambia: Jesús es visto por los suyos como el hombre cabal y perfecto. Las confesiones de fe del Nuevo Testamento que presentan a Jesús como Señor y como Hijo de Dios tienen su fundamento en la resurrección. A partir de entonces, los discípulos predican con valentía: «Ustedes lo han matado… Dios lo resucitó».

Según el libro de los Hechos, cuando los apóstoles proclamaban la resurrección eran perseguidos y encarcelados. Esto muestra que la proclamación de la resurrección era peligrosa y provocaba enfrentamiento. De ello se desprenden dos consecuencias:

  • Si se predica la resurrección y no acarrea persecución alguna, conviene preguntarse si lo que se predica es realmente la resurrección de Jesús o algo distinto.
  • Predicar la resurrección no es solo afirmar que Jesús vive: es persuadir a la gente de que Jesús tenía razón y de que su camino es el verdadero camino.

La victoria sobre la muerte

a) Nuevo horizonte para la vida

El mensaje del Nuevo Testamento sobre la resurrección se refiere no solo a Jesús, sino también a los cristianos. Si Jesús ha triunfado sobre la muerte, también nosotros tenemos resuelto el problema de la muerte, porque el destino de Jesús es también nuestro destino. Si Jesús ha vencido a la muerte, nosotros también la hemos vencido. La muerte deja de ser objeto de temor: es solo un paso, un instante, porque inmediatamente tenemos la vida que no se acaba.

Sin embargo, esta certeza de la resurrección solo se posee en la fe. La fe es esencialmente oscura: no se basa en la evidencia y no puede ofrecernos prueba concluyente. Por eso la muerte seguirá siendo un problema para el creyente, el problema decisivo de la vida, que solo puede afrontarse en la oscuridad de la fe, con tanteos, dudas e inseguridades.

b) Cómo será la resurrección

El hombre resucita no a la vida biológica sino a la vida eterna, una vida ya no amenazada por la muerte ni por limitaciones. Esta certeza quita el carácter dramático a la muerte: la muerte no es la última palabra sobre el destino humano; la última palabra es la vida sin limitación.

c) Cuándo tendrá lugar la resurrección

La resurrección tendrá lugar al final de los tiempos, cuando venga el fin del mundo y se consuma la historia. Esta concepción se apoya en tres afirmaciones básicas:

  • La muerte no es total: afecta solo al cuerpo del hombre.
  • La resurrección tampoco es total: afecta principalmente al cuerpo.
  • El ser humano es considerado, en esta perspectiva, como compuesto de dos realidades incompletas: cuerpo y alma.

En consecuencia, lo que llamamos muerte no es propiamente una aniquilación, sino una transformación o resurrección. El cadáver ya no es el cuerpo de la persona; es la materia, el último despojo de lo que fue esa persona en su condición carnal. Hay que distinguir entre materialidad biológica y corporalidad: nuestro cuerpo renueva casi todas sus células con el tiempo, pero sigue siendo el mismo cuerpo. De ahí la distinción entre materialidad y corporalidad.

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