Características Generales del Romanticismo
El Romanticismo no es un movimiento homogéneo, sino una concepción de la vida y del arte que adopta diversas formas según el contexto histórico. Se caracteriza por:
- La aspiración a lo absoluto y a lo ideal.
- El vitalismo, la necesidad de acción y el sentimiento de insatisfacción que conduce a la frustración.
- Frente a la racionalidad ilustrada, reivindica los sentimientos, la intuición, la imaginación y el instinto como vías de conocimiento.
- Proclama la libertad y la espontaneidad artísticas mediante la abolición de las reglas clásicas.
Este espíritu favorece el individualismo, el culto al “yo”, la noción de genio creador y la percepción subjetiva del mundo exterior, lo que genera con frecuencia aislamiento y soledad.
En el plano ideológico, el Romanticismo articula grandes ideales como la Humanidad, entendida desde un sentimiento filantrópico; la Patria, concebida como ideal político; y la mujer, elevada a símbolo del Amor. Estos ideales se encarnan en personajes generalmente planos, como el héroe romántico —apasionado, orgulloso, enamorado, perseguido por la fatalidad, escéptico, caballeroso y noble— y el antihéroe romántico, caracterizado por su crueldad, frialdad y cálculo. Junto a ellos aparecen los personajes costumbristas, representantes de tipos sociales, centrados en la descripción de costumbres, indumentaria, vida cotidiana, fiestas y celebraciones, sin análisis psicológico, con escasos diálogos y con un propósito didáctico, moralizante y patriótico.
En Hispanoamérica, el Romanticismo triunfa entre 1840 y 1890, en un contexto de crisis de las jóvenes naciones independientes. En Cuba y Puerto Rico, aún bajo dominio español, el movimiento adquiere un marcado carácter político. El Romanticismo llega a América bajo influencias inglesas y francesas, aunque en la segunda mitad del siglo XIX la literatura española vuelve a ejercer una influencia central, manteniéndose la presencia francesa a lo largo del siglo.
1. El Romanticismo en Cuba: Lucha Anticolonial
El Romanticismo cubano surge tempranamente y presenta rasgos propios, ya que Cuba permanece bajo dominación española hasta 1898. En este contexto, el Romanticismo se convierte en un instrumento de lucha anticolonial y en un vehículo del ideal patriótico. La formación de la conciencia nacional fue lenta debido a la censura y la represión, agravadas por el tardío desarrollo cultural de la isla, donde la imprenta llegó a finales del siglo XVII. La primera colección poética cubana, Ocios poéticos (1819), de Ignacio Valdés Machuca, marca un punto de partida, aunque la conciencia nacional solo se consolidará a finales del siglo XIX.
Precursores y Figuras Destacadas
José María Heredia: El Precursor
La figura central del Romanticismo cubano es José María Heredia (1803–1839), considerado el precursor del Romanticismo en Hispanoamérica y el primer gran poeta lírico del siglo XIX. Formado inicialmente en el clasicismo, incorporó pronto los ideales románticos, especialmente el sentimiento de libertad y el compromiso político. Su lucha por la independencia de Cuba le condujo al exilio, experiencia que marcó profundamente su poesía, dominada por la nostalgia de la patria como paraíso perdido. Entre sus obras más destacadas se encuentran “En el Teocalli de Cholula” (1820) y “Niágara” (1824), donde el paisaje americano adquiere un valor simbólico y romántico, y en las que celebra la abundancia de la naturaleza, siguiendo modelos como Balbuena y Landívar.
José de la Concepción Valdés, “Plácido”
Junto a Heredia destaca Diego Gabriel de la Concepción Valdés, conocido como “Plácido” (1809–1844), poeta de formación neoclásica con fervores románticos y figura significativa en el proceso literario cubano. Mulato y sin educación formal, escribió poesía amorosa, satírica y política, lo que le llevó a enfrentarse al régimen colonial. Su poema “El juramento” y su posterior fusilamiento tras la revuelta de 1843 le otorgaron un carácter legendario. Su obra constituye una mezcla indecisa de clasicismo y Romanticismo, más imitativa que original, aunque algunas composiciones, como los sonetos “La fatalidad” y “A una ingrata”, conservan interés literario.
2. El Tema del Hombre de Color en la Literatura de Cuba
El tema del hombre de color —negro y mulato— ocupa un lugar central en la literatura cubana del siglo XIX y está estrechamente vinculado al Romanticismo, al debate sobre la esclavitud y a la crítica de la sociedad colonial. En una sociedad estructurada por rígidas jerarquías raciales, los mestizos solían aspirar a la superioridad social imitando a los blancos y alejándose de sus orígenes, lo que generaba conflictos identitarios profundos. La literatura romántica cubana reflejó estas tensiones y convirtió al hombre de color en símbolo de la opresión social, racial y moral del sistema colonial.
Gertrudis Gómez de Avellaneda
La figura más prestigiosa del Romanticismo cubano fue Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814–1873), autora de una obra abundante y variada que abarca poesía, novela, teatro, ensayo y epistolarios. De carácter apasionado y conflictivo, su vida estuvo marcada por intensas experiencias amorosas y por una constante lucha contra las limitaciones impuestas a la mujer en su época. Aunque vivió y publicó principalmente en España, Cuba fue siempre una presencia viva en su obra, tanto en su poesía como en su narrativa. Su arte, pese a la intensidad emocional que lo recorre, se caracteriza por un notable equilibrio formal y un refinamiento académico, en ocasiones cercano al neoclasicismo tardío.
La Novela Sab
La novela Sab (1841) constituye su contribución más significativa al tratamiento literario del hombre de color. Considerada la primera novela antiesclavista auténticamente romántica de América, aborda la realidad cubana a través del conflicto entre un esclavo mulato y la hija de su amo. Sab, cuyo verdadero nombre es Bernabé, encarna el arquetipo del héroe romántico americano: noble, sensible, abnegado y condenado a un amor imposible. Enamorado de Carlota, hija del dueño del ingenio, renuncia incluso a la posibilidad de obtener la libertad para permanecer cerca de ella. La esclavitud adquiere así un doble sentido: social y amoroso. La novela articula un doble triángulo de amores secretos e imposibles y sugiere, de forma velada, los lazos sexuales ocultos entre amos y esclavas, una de las realidades más vergonzantes del sistema colonial. El alegato antiesclavista de Avellaneda es, sin embargo, moderado y de inspiración cristiana e ilustrada, pues clama por la igualdad moral entre los seres humanos sin justificar la rebelión violenta. A pesar de su sentimentalismo, su tono melodramático y la idealización de los personajes, Sab cumple un papel decisivo al demostrar que el hombre negro es capaz de sentimientos elevados, sacrificio y espiritualidad, desafiando los prejuicios raciales de la época.
Cirilo Villaverde
Por su parte, Cirilo Villaverde (1812–1894) ofrece una visión más amplia y compleja del problema racial en su novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel. Escrita a lo largo de más de cuarenta años y publicada en su versión definitiva en 1882, la obra combina elementos románticos y realistas y constituye una de las grandes novelas de la literatura cubana. Concebida inicialmente en el período romántico y reescrita bajo la influencia del realismo y el naturalismo, la novela presenta una historia sentimental —los amores contrariados entre Cecilia, una bella mulata, y Leonardo, joven blanco de familia poderosa— como pretexto para ofrecer un vasto retrato de la sociedad colonial cubana.
Cecilia Valdés y la Denuncia Social
En Cecilia Valdés, el tema del hombre de color se entrelaza con la denuncia del sistema esclavista, el determinismo racial y la hipocresía moral de la sociedad colonial. La relación amorosa entre Cecilia y Leonardo no solo infringe un tabú racial, sino que desemboca en el incesto, pues ella resulta ser hija natural del padre de Leonardo, fruto de las relaciones sexuales entre amos blancos y mujeres negras. Villaverde muestra así la existencia de dos mundos separados que coexisten en un mismo país y denuncia un sistema de castas basado en la explotación, la desigualdad y la corrupción moral. La novela incorpora abundantes elementos costumbristas, un lenguaje popular rico en giros de origen africano y una detallada recreación de la vida habanera y del ingenio azucarero, lo que le confiere un notable valor documental.
Aunque Villaverde mantiene ciertas ambigüedades ideológicas propias de su tiempo y no logra escapar del todo a la idealización romántica, Cecilia Valdés representa un alegato reformista a favor de la libertad de los negros y una crítica severa del orden colonial. La figura del hombre de color deja de ser un simple estereotipo para convertirse en un personaje central que revela las contradicciones sociales, raciales y morales de la Cuba del siglo XIX.
3. El Romanticismo Argentino: Lucha contra la Tiranía
Uno de los focos más importantes del Romanticismo hispanoamericano se desarrolla en la Argentina durante la primera mitad del siglo XIX, en un contexto político dominado por la dictadura de Juan Manuel de Rosas. Su gobierno se caracterizó por el autoritarismo, el culto a la personalidad del dictador y una fuerte represión contra los opositores políticos, especialmente los unitarios, defensores de un Estado centralizado, liberal y abierto al progreso europeo. Frente a ellos se situaban los federales, conservadores, apoyados por Rosas y organizados en torno a la violencia política ejercida por grupos como la Mazorca. En este clima de persecución, censura y exilio surge una generación de escritores e intelectuales que harán de la literatura un instrumento de combate político y moral.
La Generación del 37
Este grupo es conocido como la Generación del 37 o los «proscritos», ya que muchos de sus miembros se vieron obligados a exiliarse, principalmente en Montevideo y Chile. Entre sus figuras más destacadas se encuentran Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, José Mármol y Juan María Gutiérrez. No fueron solo escritores, sino también políticos, periodistas e ideólogos comprometidos con la construcción de una nación moderna. Su Romanticismo se caracteriza por su tono combativo, su defensa de la libertad y su voluntad de definir una identidad nacional argentina.
Esteban Echeverría: El Iniciador
El verdadero iniciador del Romanticismo argentino fue Esteban Echeverría (1805–1851), el primer romántico hispanoamericano sin herencia neoclásica. Tras su estancia en París, entró en contacto directo con el Romanticismo francés, inglés y alemán, influencias que adaptó a la realidad americana. A su regreso a la Argentina impulsó un proyecto cultural y político liberal y fundó la Asociación de Mayo, núcleo ideológico de la Generación del 37. En el ámbito literario, su obra poética más importante es La cautiva, poema que inaugura una literatura auténticamente nacional al interpretar el paisaje argentino —la pampa y el desierto— como espacio simbólico de soledad, grandeza y heroísmo. La figura de la mujer blanca cautiva entre los indígenas se convierte en un motivo recurrente de la literatura argentina y sirve para exaltar el sacrificio humano frente a una naturaleza imponente.
Sin embargo, la obra más influyente de Echeverría es su relato El matadero, considerado el primer cuento hispanoamericano. Se trata de un cuadro de costumbres de violento realismo que denuncia la brutalidad del régimen de Rosas. Ambientado durante la Cuaresma, el relato muestra un matadero donde la violencia, la animalización y el fanatismo de los federales simbolizan la corrupción moral del sistema dictatorial. La tortura y muerte del joven unitario funcionan como una acusación directa contra el poder despótico y fijan literariamente una de las etapas más trágicas de la historia argentina.
Domingo Faustino Sarmiento: Civilización y Barbarie
La figura más poderosa y polémica del grupo es Domingo Faustino Sarmiento (1811–1888), máximo representante del Romanticismo combativo. Periodista, educador y político, Sarmiento se exilió en Chile, donde participó activamente en la vida cultural y defendió con agresividad el nuevo espíritu romántico. Su pensamiento se articula en torno a la célebre oposición entre civilización y barbarie, eje central de su obra más importante, Facundo o civilización y barbarie. Aunque el libro se presenta como una biografía del caudillo Juan Facundo Quiroga, su verdadero objetivo es analizar los males estructurales de la Argentina y denunciar el régimen de Rosas como culminación del caudillismo bárbaro.
En Facundo, Sarmiento combina descripción geográfica, análisis social y relato biográfico. La pampa, el gaucho y la naturaleza aparecen asociados a la barbarie, mientras que la ciudad, la educación y Europa representan la civilización. Facundo Quiroga encarna al caudillo violento, ignorante y primitivo, producto de la falta de instrucción y del aislamiento del interior del país. Rosas es presentado como su heredero político. A pesar de sus exageraciones, inexactitudes y de un marcado racismo, la obra alcanza una fuerza literaria excepcional y se convierte en un texto fundacional de la literatura política hispanoamericana.
En conjunto, los románticos argentinos de la Generación del 37 utilizaron la literatura como arma contra la tiranía y como medio para pensar el futuro de la nación. Desde la poesía, el relato, la novela y el ensayo, construyeron una identidad literaria ligada a la realidad americana y sentaron las bases ideológicas, culturales y estéticas de la Argentina moderna.
4. La Poesía Gauchesca y “Martín Fierro”
Los románticos argentinos encontraron en el gaucho una figura central para pensar la identidad nacional. Surgido del contacto directo con la naturaleza y la vida rural, el gaucho encarnaba valores como la libertad, la valentía y la independencia, lo que despertó simpatía incluso en figuras como Sarmiento. Con el tiempo, los escritores cultos se apropiaron de este personaje popular para convertirlo en símbolo literario y político, apoyándose en la tradición oral trasladada desde España a América.
Evolución del Género
Durante las guerras de independencia y los conflictos civiles, el gaucho tuvo una participación activa, como lo muestran las obras de Bartolomé Hidalgo y, más tarde, Hilario Ascasubi, quien reelaboró la tradición gauchesca con una fuerte carga política y satírica. Ascasubi presentó al gaucho como héroe del pueblo y denunció tanto la dictadura de Rosas como el desprecio de los unitarios hacia el mundo rural. En la misma línea, Estanislao del Campo aportó una dimensión humorística y paródica al género con Fausto, donde el contraste entre lo culto y lo popular genera un efecto cómico original. Antonio Lussich, aunque con menor alcance, continuó esta tradición con poemas de tono político y testimonial.
José Hernández y la Culminación de la Gauchesca
Tras la caída de Rosas, la situación del gaucho empeoró: fue perseguido, reclutado a la fuerza y empujado a la marginalidad. Esta realidad histórica está en la base del Martín Fierro de José Hernández, obra culminante de la poesía gauchesca y una de las grandes creaciones de la literatura argentina del siglo XIX. Hernández, profundo conocedor del mundo rural, presenta al gaucho no como figura pintoresca, sino como víctima de un sistema injusto.
Martín Fierro: La Ida y La Vuelta
Martín Fierro es un poema épico-lírico que cede la palabra al gaucho y construye una mímesis convincente de su voz.
- En La ida, Fierro cuenta cómo es arrancado de su familia, enviado a la frontera y convertido en rebelde por la violencia institucional. Perseguido, se vuelve gaucho matrero y huye con Cruz hacia el desierto. La obra denuncia la discriminación y cuestiona el dilema entre civilización y barbarie, desplazando la culpa del atraso nacional del gaucho al poder político.
- En La vuelta, el tono cambia: Fierro regresa más maduro, se reencuentra con sus hijos y transmite una enseñanza moral basada en la experiencia. La protesta se atenúa y aparece una voluntad de integración social, sin renunciar a la defensa de los valores gauchos. Así, el poema transforma al gaucho en arquetipo humano y mítico, símbolo de la injusticia sufrida pero también de la sabiduría popular.
Con el Martín Fierro, la gauchesca alcanza su consumación: el gaucho deja de ser solo un personaje literario para convertirse en héroe nacional y mito fundacional, comparable a los grandes modelos épicos de la tradición occidental. La literatura argentina encuentra así una voz propia y una identidad perdurable dentro del Romanticismo hispanoamericano.
