Suárez y la incorporación del PCE
Según el libro de José Luis de Vilallonga, la relación entre el rey Juan Carlos I y Adolfo Suárez fue un elemento clave en la articulación de la Transición democrática, siendo Suárez el instrumento político elegido por el monarca para llevar a cabo el cambio desde dentro del propio sistema franquista. Tras la dimisión de Arias Navarro en 1976, el rey optó por un perfil joven, ambicioso y conocedor de las estructuras del régimen, nombrando a Suárez, entonces secretario general del Movimiento.
Este nombramiento causó sorpresa y desconfianza en amplios sectores liberales y de izquierda, que lo percibían como un falangista continuista; sin embargo, el rey entendía que solo alguien con ese perfil tendría la audacia necesaria para impulsar la Ley para la Reforma Política y conducir el proceso «de la ley a la ley». El libro describe una etapa inicial de gran sintonía personal y política entre ambos, basada en la confianza total del rey en Suárez para desmontar jurídicamente el régimen anterior.
La legalización del Partido Comunista de España
Uno de los momentos más arriesgados de esta colaboración fue la legalización del Partido Comunista de España (PCE), considerada por el autor como una prueba decisiva de la autenticidad democrática del proceso. El rey y Suárez compartían la convicción de que no podían celebrarse elecciones plenamente democráticas en junio de 1977 sin la inclusión del PCE, ya que ello restaría legitimidad tanto interna como internacional al nuevo sistema.
La legalización se produjo el 9 de abril de 1977, en el denominado «Sábado Santo Rojo», aprovechando la ausencia de muchos mandos militares durante la Semana Santa. Esa decisión provocó la mayor crisis con el Ejército, que se sintió traicionado tras las garantías previas de Suárez. En este contexto, el rey asumió el coste político de la decisión y tuvo que intervenir personalmente para calmar a los cuarteles.
A cambio, Santiago Carrillo aceptó la bandera rojigualda y la monarquía, llegando incluso a reconocer al rey como motor del cambio, lo que permitió desvincular simbólicamente a la Corona del franquismo.
Finalmente, el autor señala el progresivo enfriamiento de la relación entre el rey y Suárez en 1980-1981, debido al desgaste político del presidente por la crisis económica, el terrorismo y las tensiones internas de la UCD, culminando con la aceptación de su dimisión en enero de 1981, cuando el monarca entendió que su ciclo había concluido y era necesario abrir una nueva etapa de estabilidad parlamentaria.
Papel en el 23F
Según el mismo libro, la actuación del rey Juan Carlos I durante el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 fue decisiva para frenar la sublevación militar y salvaguardar el sistema democrático, al ejercer de manera efectiva su condición de mando supremo de las Fuerzas Armadas.
Ante el vacío de poder provocado por el secuestro del Gobierno y de los diputados en el Congreso, el rey asumió en solitario la responsabilidad sobre el destino del país, contando con un amplio margen de maniobra al no quedar ningún ministro en libertad. Desde esta posición, mantuvo el control institucional mediante un contacto permanente con el único poder civil operativo, representado por los secretarios y subsecretarios de Estado reunidos en el Ministerio del Interior bajo la presidencia de Francisco Laína, garantizando así una mínima continuidad del Estado.
Actuaciones clave del rey
- Gestionó directamente la situación con los mandos militares, sondeando a los capitanes generales de las distintas regiones, muchos de los cuales manifestaron una lealtad ambigua que fue necesario reconducir para evitar su adhesión a los golpistas.
- Intervino de forma directa frente a Milans del Bosch, a quien ordenó anular la proclamación en Valencia, retirar los tanques y forzar la rendición de Tejero, respondiendo con firmeza cuando este alegó actuar para «salvar la monarquía».
- Neutralizó al general Armada, ordenando su vigilancia constante y prohibiéndole acudir a La Zarzuela tras descubrir su implicación en el complot.
- Mantuvo el control institucional a través del Ministerio del Interior y del equipo presidido por Francisco Laína.
- Emitió un mensaje televisado en uniforme de capitán general, estrategia que resultó esencial para desautorizar el golpe, frenar los rumores sobre una supuesta complicidad real y ordenar públicamente el mantenimiento del orden constitucional.
El mensaje fue grabado bajo una fuerte presión y con dificultades logísticas debido a la ocupación militar de RTVE; aun así, pronunciado en uniforme de capitán general, logró desactivar la asonada. Según el autor, el fracaso del golpe consolidó definitivamente la figura del rey como garante de la democracia, unió a la sociedad española en torno a la Corona y constituyó la prueba definitiva de que Juan Carlos I no era un continuador del franquismo, sino el protector de la libertad y de la convivencia democrática.
Conclusión
El relato de Vilallonga subraya dos aspectos centrales en la Transición: por una parte, la alianza estratégica entre el rey y Suárez, indispensable para introducir reformas desde el propio régimen; y, por otra, la intervención decisiva del monarca en momentos de máxima tensión —la legalización del PCE y la respuesta al 23F—, que contribuyeron de forma determinante a la consolidación del sistema democrático en España.
