Transformaciones Sociales y Crisis Colonial en la España del Siglo XIX y XX


Urbanización y consecuencias sociales en la España del siglo XIX

La industrialización en España durante el siglo XIX provocó el crecimiento de las ciudades por la llegada de población rural. Desde 1833, con la consolidación del Estado liberal, se pasó de una sociedad estamental a una sociedad de clases capitalista.

En este siglo hubo un crecimiento demográfico moderado: la población pasó de 10,5 millones en 1800 a 18,5 millones en 1900. La natalidad se mantuvo alta y la mortalidad descendió, aunque siguió siendo elevada, sobre todo la mortalidad infantil, debido a las hambrunas y epidemias. A finales del siglo XIX, la esperanza de vida era de unos 35 años.

El aumento de población provocó el éxodo rural en la segunda mitad del siglo XIX. Los campesinos abandonaron el interior peninsular y se dirigieron a ciudades industrializadas y a Madrid. Este proceso impulsó la urbanización, aunque España siguió siendo mayoritariamente rural.

Para acoger a la población, las ciudades derribaron sus murallas y crearon ensanches con trazado en cuadrícula. Estos barrios fueron ocupados por clases altas y medias, mientras que la clase obrera vivía en barrios periféricos con viviendas de mala calidad y sin servicios básicos.

Con la desaparición del Antiguo Régimen surgió una sociedad de clases basada en la riqueza:

  • La clase alta incluía a la alta burguesía y la nobleza terrateniente.
  • La clase media, aún reducida, estaba formada por comerciantes, funcionarios y profesionales liberales.
  • La mayoría de la población pertenecía a las clases populares (jornaleros, campesinos, obreros), con duras condiciones de vida, bajos salarios y largas jornadas.

Las mujeres de clase alta y media se dedicaban al hogar, mientras que las mujeres de clases populares combinaban las tareas domésticas con trabajos agrícolas o de servicio, siendo las más explotadas.

Auge y abolición de la esclavitud

Durante los primeros años de la conquista de América existió un vacío legal sobre el trato a los indígenas. Tras las denuncias de Bartolomé de las Casas, el papa Paulo III promulgó en 1537 la bula Sublimis Deus, que reconocía la humanidad de los indígenas. A partir de entonces se implantó el sistema de la encomienda, donde los indígenas trabajaban obligatoriamente para los españoles, quienes debían cristianizarlos y tratarlos dignamente, aunque esto último no se cumplía.

En 1542, Carlos I promulgó las Leyes Nuevas, que suprimían las encomiendas y prohibían la esclavitud y el trabajo forzoso, considerando a los indígenas súbditos de la Corona. Su aplicación provocó conflictos, como las rebeliones de los encomenderos en Perú, mientras que en Nueva España se liberaron miles de indígenas.

Cuba fue una excepción, ya que desde su colonización se recurrió a la esclavitud africana, aunque inicialmente en cifras reducidas. La situación cambió en el siglo XVIII tras la ocupación británica de La Habana en 1762, que abrió la isla al comercio de esclavos. El auge del azúcar provocó una importación masiva de mano de obra africana, fortaleciendo a una burguesía azucarera.

Las ideas de libertad e igualdad de la Revolución francesa inspiraron movimientos abolicionistas, destacando la rebelión de esclavos de Haití. Reino Unido lideró el abolicionismo internacional y presionó a España, que firmó en 1814 un tratado para prohibir el comercio de esclavos.

En 1837 se abolió la esclavitud en España, pero no en los territorios de ultramar debido a la presión de las élites de Cuba y Puerto Rico. A lo largo del siglo XIX se aprobaron leyes contra la trata, bajo la presión británica y estadounidense.

En 1865 se creó la Sociedad Abolicionista Española, apoyada por políticos de la Revolución de 1868. En 1870 se aprobó la ley de libertad de vientres, que liberaba a los hijos de esclavas. La esclavitud fue abolida en Puerto Rico en 1873, durante la Primera República.

En Cuba, la abolición se retrasó; tras la Paz de Zanjón (1878), se aprobó una abolición parcial en 1880 y la definitiva llegó en 1886, liberando a los últimos esclavos. España fue el último país europeo en abolir la esclavitud.

La crisis de 1898 y el conflicto en Marruecos

La derrota de España frente a Estados Unidos en 1898 provocó la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, lo que originó la llamada crisis del 98, con consecuencias económicas, demográficas e ideológicas.

En Cuba, desde 1895 hubo una nueva sublevación independentista, a la que se sumaron las Filipinas en 1896. En 1898, Estados Unidos declaró la guerra a España tras la explosión del acorazado Maine. La flota española fue derrotada y la Paz de París (1898) obligó a España a perder sus colonias, que quedaron bajo control estadounidense.

Consecuencias del desastre

  • Económicamente: La pérdida colonial redujo exportaciones y el acceso a materias primas baratas.
  • Demográficamente: Murieron unos 60.000 españoles, sobre todo por enfermedades tropicales.
  • Ideológicamente: Surgió el regeneracionismo, que criticaba el sistema político y proponía reformas; su principal representante fue Joaquín Costa.

Tras 1898, España intentó recuperar prestigio creando un imperio en África. En 1906, España y Francia acordaron un protectorado en Marruecos, quedando el Rif bajo control español. La explotación minera provocó la resistencia armada de las cabilas rifeñas.

En 1909, el gobierno de Antonio Maura movilizó a los reservistas, lo que afectaba a las clases trabajadoras. Esto provocó en Barcelona la Semana Trágica, una revuelta popular duramente reprimida por el Ejército, que obligó a Alfonso XIII a destituir a Maura.

Desde 1911, España aumentó su presencia militar en el Rif. En 1921, Abd-el-Krim derrotó al ejército español en el Desastre de Annual, con unas 8.000 muertes. La crisis política y el intento de evitar que se debatieran las responsabilidades militares favorecieron el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923, apoyado por el rey.

El movimiento obrero: anarquismo y socialismo

El movimiento obrero en España se desarrolló desde finales del siglo XIX siguiendo dos corrientes ideológicas procedentes de la AIT: anarquismo y socialismo, difundidas durante el Sexenio Democrático. Ambas buscaban acabar con la explotación obrera y lograr la propiedad colectiva de los medios de producción, pero diferían en la forma de alcanzar la revolución.

El Anarquismo

El anarquismo defendía la desaparición del Estado y la organización de la sociedad mediante asociaciones voluntarias de trabajadores. Rechazaba los partidos políticos y la participación electoral, apostando por el anarcosindicalismo y la huelga. Un sector minoritario recurrió al terrorismo. En 1910 se fundó la CNT, que tuvo gran fuerza entre los obreros industriales de Cataluña y los jornaleros andaluces.

El Socialismo

El socialismo, de inspiración marxista, pretendía conquistar el poder del Estado para implantar un gobierno obrero. Defendía la creación de partidos políticos, la participación electoral, los sindicatos y la huelga. En 1879 Pablo Iglesias fundó el PSOE y en 1888 se creó el sindicato UGT, con especial implantación en Madrid, Asturias y el País Vasco.

Ambos movimientos colaboraron en la Semana Trágica de 1909 y en la huelga general de 1917, convocada por UGT y CNT para instaurar la república y convocar Cortes Constituyentes, la cual fue reprimida por el ejército.

Tras la Primera Guerra Mundial, la crisis económica y la influencia de la Revolución rusa provocaron un fuerte aumento de la afiliación sindical y de la conflictividad social. Destacaron el trienio bolchevique en Andalucía y la huelga de La Canadiense en Barcelona en 1919, que logró la implantación de la jornada laboral de 8 horas.

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