El Cogito Cartesiano: Fundamento de la Existencia en las Meditaciones Metafísicas


Introducción a la Segunda Meditación de Descartes

El texto que comentamos pertenece a la Meditación Segunda de Meditaciones metafísicas (1641), obra fundamental del filósofo racionalista René Descartes. Descartes vivió en el siglo XVII, en un contexto de crisis del saber tradicional y de auge de la nueva ciencia moderna. Su objetivo principal fue encontrar un fundamento absolutamente seguro para el conocimiento, inspirado en el ideal de certeza de las matemáticas. Entre sus obras más importantes destacan el Discurso del método y las Meditaciones metafísicas, donde desarrolla su proyecto filosófico basado en la duda metódica.

El Paso Crucial: De la Duda al Cogito

En este texto, el autor aborda el paso decisivo desde la duda radical hasta el descubrimiento de la primera verdad indudable: el cogito. El tema central es, por tanto, la afirmación de la existencia del sujeto pensante como verdad absolutamente cierta. La tesis que defiende Descartes es que, aunque se pueda dudar de todo —del mundo, del cuerpo e incluso de Dios—, no se puede dudar de que uno existe mientras piensa, lo que se expresa en la célebre proposición «yo soy, yo existo».

Aplicación de la Duda Radical

El texto comienza con la aplicación extrema de la duda metódica. Descartes supone que todo lo que percibe por los sentidos es falso y afirma estar convencido de que «nada de lo que mi memoria, llena de mentiras, me representa, ha existido jamás». Aquí se pone en cuestión la fiabilidad de los sentidos y del conocimiento empírico.

Puntos de la Duda Extrema:

  • Se niega la fiabilidad de las percepciones sensibles.
  • Se llega a negar la existencia del cuerpo y del mundo material, al afirmar que «el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar son ficciones de mi espíritu».

Esta duda radical conduce aparentemente al escepticismo, ya que parece que «nada hay cierto en el mundo».

El Descubrimiento Ineludible: La Certeza del Yo

Sin embargo, Descartes da un paso más y se pregunta si, aun suponiendo que todo sea falso, no habrá algo de lo que no se pueda dudar. Introduce entonces la hipótesis del genio maligno, un «burlador muy poderoso y astuto» que se dedica a engañarlo constantemente.

La Prueba del Engaño

Incluso aceptando esta hipótesis extrema, el autor descubre que hay algo que permanece indudable: si es engañado, necesariamente tiene que existir. Por eso afirma con rotundidad que «no cabe, pues, duda alguna de que yo soy, puesto que me engaña». El engaño mismo prueba la existencia del sujeto que piensa.

De este modo, Descartes concluye que la proposición «yo soy, yo existo» es «necesariamente verdadera, mientras la estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu». Esta verdad no depende de los sentidos ni del razonamiento, sino que se presenta como una intuición clara y distinta de la razón. Así, el cogito se convierte en el primer principio de la filosofía cartesiana y en el fundamento de todo el conocimiento posterior. A partir de aquí, Descartes definirá al ser humano esencialmente como res cogitans, una sustancia pensante cuya existencia es más fácil de conocer que la del cuerpo.

Contexto Filosófico e Influencia

Relación con Otras Corrientes Filosóficas:

La postura de Descartes puede relacionarse con otros autores de la historia de la filosofía:

  1. Frente a Aristóteles y la Escolástica: Descartes sitúa el fundamento del conocimiento en el sujeto pensante, en contraste con quienes partían del mundo y de la experiencia sensible.
  2. Contraste con Empiristas: A diferencia de Locke o Hume, que afirmarán que todo conocimiento procede de la experiencia, Descartes defiende que la razón puede alcanzar verdades ciertas por sí misma.
  3. Influencia en Kant: Su influencia será decisiva en Kant, quien retomará la centralidad del sujeto, aunque criticará que el yo cartesiano pueda conocerse como una sustancia.

Conclusión

En conclusión, el texto muestra el momento clave en el que Descartes supera el escepticismo generado por la duda metódica y descubre la primera verdad indudable: la existencia del yo pensante. Este hallazgo inaugura la filosofía moderna al situar al sujeto como punto de partida del conocimiento y marca una ruptura con la tradición anterior. La relación con otros autores permite comprender la originalidad y la importancia histórica del cogito, así como su influencia en el desarrollo posterior de la filosofía.

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