La Guerra de Cuba y el Desastre de 1898
La Guerra de Cuba y el Desastre de 1898 representaron el colapso definitivo del imperio colonial español. Cuba era la colonia más rica gracias al azúcar y al comercio de esclavos, pero el estricto proteccionismo de Madrid obligaba a la isla a comprar productos españoles muy caros. Esto alimentó los deseos de independencia y provocó que en 1895 estallara una guerra de guerrillas liderada por José Martí. España respondió con una durísima represión militar, pero el conflicto se estancó.
La situación cambió por el contexto del imperialismo internacional, donde España era vista como un país débil. Por orgullo nacional, los gobernantes españoles rechazaron dos ofertas de compra de Cuba por parte de Estados Unidos, un territorio muy atractivo económicamente para los norteamericanos y cuya clase media ya estaba emigrando a territorio estadounidense.
En 1898, los magnates de la prensa Hearst y Pulitzer manipularon la información para pintar a España como un país bárbaro. Tras la explosión del barco Maine en La Habana, EE. UU. culpó a los españoles y declaró una guerra hispanoamericana donde destruyó fácilmente a la inferior armada española en Cavite y Santiago de Cuba.
El Tratado de París obligó a España a ceder Cuba, Puerto Rico y Filipinas a Estados Unidos. Poco después, el país liquidó lo que quedaba del imperio vendiendo las islas Carolinas, Marianas y Palaos a Alemania por 25 millones de dólares. Este desastre supuso una catástrofe total y moral que dejó a España arruinada, abriendo paso a las crisis del siglo XX y haciendo nacer el Regeneracionismo para limpiar la corrupción.
Independencia y Fernando VII
La crisis del Antiguo Régimen comenzó con la Guerra de la Independencia (1808-1814), tras la invasión napoleónica. Durante el cautiverio de Fernando VII en Francia, surgieron juntas locales y el pueblo combatió mediante guerrillas, apoyado por Inglaterra y Portugal. Este conflicto impulsó una revolución política que culminó en la Constitución de 1812, basada en la soberanía nacional, la división de poderes y la igualdad legal.
Sin embargo, al regresar en 1814, Fernando VII restauró el absolutismo, abolió la obra de Cádiz y persiguió a los liberales, que respondieron mediante pronunciamientos militares. Su reinado agravó la crisis económica y aceleró la pérdida de las colonias americanas, debilitando la posición internacional española. Finalmente, el conflicto sucesorio entre Isabel, su hija, y Carlos, su hermano, provocó las guerras carlistas, enfrentando a absolutistas y liberales y profundizando la división social durante el siglo XIX.
Sagasta, Cánovas y caciquismo
El régimen de la Restauración comenzó en diciembre de 1874 con el firme objetivo de superar el caos del Sexenio Democrático mediante el retorno definitivo de la monarquía borbónica en Alfonso XII. Su gran artífice, Antonio Cánovas del Castillo, diseñó un modelo estable fundamentado en la Constitución de 1876 y el «turno pacífico» entre el Partido Conservador y el Partido Liberal de Práxedes Mateo Sagasta.
Tras una etapa inicial de dominio conservador que recortó libertades para pacificar el país, el sistema se consolidó en 1881 con la llegada de los liberales al poder. El temor social a regresar al desorden previo garantizó el respaldo al régimen. Ante la prematura muerte del rey por tuberculosis, Cánovas y Sagasta firmaron el histórico Pacto del Pardo en 1885, acordando alternarse el gobierno pacíficamente para proteger la regencia de María Cristina de Habsburgo y asegurar el futuro reinado de Alfonso XIII.
Sin embargo, la estabilidad del sistema descansaba sobre un fraude electoral generalizado ejecutado a través del caciquismo. Los caciques, hombres ricos que dominaban el ámbito rural, controlaban los votos mediante la dinámica corrupta del «favor por favor», otorgando empleos o eximiendo a los hijos de los campesinos de ir a la guerra a cambio de su apoyo político. Cánovas justificaba esta manipulación como un mal menor frente a las cruentas guerras civiles. Aunque Sagasta introdujo el sufragio universal masculino en 1890, la ley resultó totalmente inútil ante la presión caciquil, sumiendo a toda la ciudadanía en el desencanto y en una pasividad absoluta.
El reinado de Isabel II
El reinado de Isabel II comenzó bajo el gobierno provisional de su madre María Cristina y estuvo marcado por la Primera Guerra Carlista, que enfrentó a absolutistas tradicionales (carlistas) contra liberales modernos (isabelinos).
Durante este periodo, España arrastró un grave atraso económico frente a Europa, manteniéndose como un país pobre y mayoritariamente agrario. La estructura social dividía a nobles y burgueses de una clase trabajadora formada por campesinos y pocos obreros, que sufrían el desprecio de las élites.
Los políticos liberales impulsaron medidas como la construcción del ferrocarril para mejorar los transportes, pero impusieron un fuerte centralismo político desde Madrid, lo que provocó el posterior nacimiento de los nacionalismos en Cataluña y el País Vasco. La política fue un caos corrupto e inestable donde moderados y progresistas se alternaban en el poder únicamente mediante pronunciamientos militares, mientras la industria fracasaba en casi todo el país, excepto en Cataluña.
