El Concilio Vaticano II: Un Diálogo Transformador
El papa Juan XXIII inauguró el Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962. Asistieron unas 3000 personas, incluyendo padres conciliares, teólogos, filósofos y representantes de otras religiones. Pablo VI continuó la obra tras el fallecimiento del ‘Papa Bueno’, y las sesiones se prolongaron hasta 1965. El trabajo se plasmó en 16 documentos centrados en el diálogo, cuyos puntos clave son:
- Diálogo consigo misma: La Iglesia se presenta a sí misma como Pueblo de Dios, en el que todos los bautizados tienen la misma dignidad y una misión dentro de ella, a través del documento Lumen Gentium.
- Diálogo con Dios: Es el diálogo con Dios a través de su palabra en la Biblia y la Tradición. También se dialoga con Dios a través de la liturgia, buscando que esta sea comprensible para el pueblo; se traducen las lenguas vernáculas y se comienza a abandonar el latín en las celebraciones.
- Diálogo en las instituciones eclesiales: En la Iglesia existe una variedad de ministerios y carismas que deben trabajar en comunión: obispos, presbíteros y religiosos. El laicado, al igual que otros carismas, pasa a ser parte activa de la labor eclesial, con sus propias funciones.
- Diálogo con los cristianos no católicos: El lenguaje hacia las religiones no católicas ha cambiado, pasando de la condena al acercamiento. Se les ve como hermanos y se les invita a trabajar por la unidad.
- Diálogo con los creyentes no cristianos: Por primera vez en la historia de la Iglesia, se tiende un puente de diálogo hacia quienes profesan otras religiones como el judaísmo, el islam, el hinduismo o el budismo. Se reconoce que poseen ‘semillas de bien’, lo que puede ser el punto de partida para un diálogo y una colaboración fructífera.
- Diálogo con el mundo: Este es uno de los documentos más novedosos, en el que se abandona la condena y se busca un acercamiento a la humanidad mediante un diálogo sobre los problemas personales, sociales, culturales, económicos y políticos.
Lech Walesa y el Papel de la Fe en la Caída del Comunismo
Lech Walesa nació en Polonia, bajo el dominio comunista soviético. La situación social anhelaba libertad. En la Iglesia polaca, los sacerdotes se habían convertido en los líderes naturales de la revuelta pacífica, y la fe, en el estandarte que uniría al sindicato Solidaridad con el pueblo polaco. Los obreros asistían a misa y se confesaban en público mientras hacían huelga para defender sus derechos.
Lech nació en Polonia en 1943, en el seno de una familia trabajadora. Su padre era carpintero. Estudió formación profesional y comenzó a trabajar como electricista en el astillero Lenin de Gdansk en 1967. En 1970, tuvo su primer ‘bautismo huelguista’: presenció la muerte de más de 80 compañeros y pasó un año en la cárcel. Años después, fue despedido. Su único ‘delito’ fue recoger firmas para la petición de un monumento en honor a los caídos en la manifestación. Su activismo sindical le supuso permanecer durante dos años sin trabajo, subsistiendo gracias a la ayuda de compañeros y familiares.
Dos acontecimientos cambiarían su vida: la elección del joven obispo de Cracovia como papa (Juan Pablo II) y el comienzo de la huelga de 1980, donde emergió como líder y fue elegido presidente del sindicato Solidaridad. Esas dos realidades supusieron el principio del fin del comunismo en Polonia y del marxismo en Europa. En 1981, ante el avance y la notoriedad de su movimiento, Lech fue encarcelado de nuevo durante 11 meses y, posteriormente, estuvo bajo arresto domiciliario hasta 1987.
Walesa, con el apoyo de la Iglesia, demostró las deficiencias del socialismo real y que el cristianismo no era el ‘opio de los pueblos’, sino una fuerza de lucha por la justicia, sin olvidar en ningún momento la paz y su mensaje. En 1983 le concedieron el Premio Nobel de la Paz; su esposa lo recogió por temor a que, si salía de Polonia, no le permitieran regresar.
La Revolución Industrial y el Nacimiento de la Doctrina Social de la Iglesia
En el siglo XVIII estalló la conocida como Revolución Industrial. Los descubrimientos científicos se incorporaron a la industria, especialmente con el uso de máquinas que sustituían el trabajo manual y multiplicaban la producción. Inglaterra fue la cuna de este proceso, que luego se extendió al continente europeo para terminar globalizándose. El crecimiento económico fue enorme y, a la larga, elevó el nivel de vida, logrando que muchos se libraran de la miseria.
Al principio, solo una minoría gozaba de este bienestar y la riqueza se acumulaba en pocas manos, lo que daría lugar al nacimiento de lo que se conoció como capitalismo moderno. La Iglesia, inspirada en el mensaje de Jesús, se hizo presente en la historia, también entre los obreros y su problemática. La Iglesia tuvo que adaptarse a esta nueva situación e intentar dar respuesta a una problemática para la que no estaba ni preparada ni concienciada.
El problema y las consecuencias de la Revolución Industrial han tenido una trascendencia y una importancia que abarcan más de dos siglos de historia. La Revolución Industrial conllevó consecuencias para los obreros que provocarían el nacimiento de una nueva forma de entender las relaciones sociales. Los obreros se vieron sometidos a condiciones inhumanas y degradantes: largas jornadas de trabajo (hasta 14 horas), salarios miserables, atmósferas insalubres en los lugares de trabajo y viviendas, y una profunda inseguridad vital.
En el siglo XVI, la Iglesia había visto desgajarse de su tronco a las iglesias protestantes, y en la época de la Ilustración había perdido a los ‘aristócratas de la inteligencia’.