Transformaciones demográficas y sociales en la España del siglo XIX: crecimiento, migración y urbanización


Transformaciones demográficas y sociales en la España del siglo XIX

Introducción y crecimiento poblacional

El siglo XIX fue una época de grandes transformaciones y cambios demográficos, sociales y económicos en España. La evolución de la población se caracterizó por un crecimiento lento y la pervivencia del modelo demográfico antiguo. Mientras que otros países europeos duplicaron su población en cien años, España pasó de unos 10,5 millones de habitantes en 1800 a algo más de 18 millones en 1900, lo que evidencia la relación entre crecimiento demográfico y modernización económica.

Transición demográfica y urbanización

Según el modelo europeo de transición demográfica, el paso de un régimen antiguo a uno moderno coincidió en Europa con la revolución industrial y el aumento de la población urbana. En España, sin embargo, el régimen antiguo se mantuvo durante el siglo XIX, ya que solo el 9 % de la población era urbana y la mayoría rural mantenía altas tasas de natalidad y mortalidad, resultando en un crecimiento lento. La transición al régimen moderno se produjo en el siglo XX, con retraso respecto a Europa.

La tasa de natalidad española era de 34 por mil, pero la alta mortalidad de 29 por mil limitaba el crecimiento, y la esperanza media de vida no llegaba a los 35 años. La elevada mortalidad se debía al bajo nivel de vida, con una dieta escasa y desequilibrada, y a enfermedades endémicas como:

  • tuberculosis
  • gripe
  • viruela
  • sarampión
  • escarlatina
  • difteria

Estas enfermedades se vieron favorecidas por el atraso de la medicina, el desconocimiento de las vías de transmisión y la falta de higiene.

Mortalidad catastrófica y mortalidad infantil

Además, se producían episodios de mortalidad catastrófica causados por crisis de subsistencia, guerras y epidemias periódicas, como la fiebre amarilla (especialmente en Andalucía) y el cólera, cuya epidemia de 1885 provocó cerca de 120.000 muertos. La mortalidad infantil también era elevada por problemas en el parto, desnutrición e infecciones.

Excepción catalana y distribución regional de la población

La excepción fue Cataluña, que inició su despegue industrial en el siglo XVIII y su transición demográfica antes que el resto de España, aumentando su población un 145 % entre 1787 y 1900.

La distribución de la población presentó diferencias regionales: se consolidó el desplazamiento del norte hacia el sur y el abandono de la meseta central, salvo Madrid. La población se concentró en la costa mediterránea y en la costa atlántica meridional debido a ventajas económicas como tierras más fértiles y transporte marítimo más rápido y barato. La población levantina y meridional se duplicó entre 1787 y 1900, mientras que la del norte y centro descendió.

Emigración exterior

La emigración exterior continuó tras la ruptura con las colonias americanas; fue ilegal hasta 1853 y luego se liberalizó aunque permaneció controlada. Más del 40 % de la emigración se dirigió a Cuba, en segundo lugar a Argentina, y también hubo desplazamientos hacia Argelia, con emigrantes procedentes de Canarias, Galicia, Asturias y Cataluña. La emigración creció a partir de 1880 debido a la crisis agraria, sumando 1,4 millones de españoles entre 1830 y 1900.

Crecimiento urbano y planificación

El crecimiento urbano fue modesto y estuvo impulsado, sobre todo, por la migración del campo, motivada más por la pobreza rural que por la atracción industrial. España apenas modernizó la agricultura e inició una industrialización lenta y tardía. A comienzos del siglo XX la población seguía siendo mayoritariamente rural: el 51 % de la población residía en poblaciones de menos de 5.000 habitantes y el 91 % en ciudades de menos de 100.000 habitantes, siendo Cataluña la excepción por su mayor grado de urbanización.

Se promovió la desaparición de las murallas medievales y la creación de planes urbanísticos, destacando el proyecto de Ildefons Cerdà en Barcelona, el de Carlos María de Castro en Madrid y el proyecto de la Ciudad Lineal de Arturo Soria. Pese al crecimiento urbano, el sector primario seguía predominando, con más del 60 % de la población dedicado a actividades rurales.

Transformación social: de la sociedad estamental a la sociedad de clases

El liberalismo acabó con la sociedad estamental —basada en la desigualdad ante la ley— y creó la sociedad de clases, en la que la riqueza marcaba las diferencias. La sociedad estamental presentaba desigualdad legal, económica y política y era cerrada, sin movilidad social salvo en el bajo clero. La sociedad de clases, en cambio, ofrecía igualdad ante la ley, una sociedad abierta y movilidad social basada en la capacidad y la riqueza.

La nueva estructura social incluía a la alta aristocracia y a la burguesía como oligarquía de propietarios, combinando linaje y riqueza, con matrimonios concertados entre ambos grupos. El clero disminuyó y perdió privilegios, aunque mantuvo influencia social y educativa, recuperando parte de su poder con el Concordato de 1851.

Composición y papel de la burguesía

La burguesía incluía banqueros, comerciantes, industriales, profesionales y altos cargos del Estado y del Ejército, con presencia en las grandes ciudades. Las burguesías regionales se vinculaban a la industria y al comercio locales; la burguesía catalana dependía de la industria y tenía una relación escasa con Madrid. A estos grupos se añadieron los indianos, procedentes de negocios en ultramar, principalmente en Cuba.

Clases medias y campesinado

Las clases medias acomodadas —propietarios de negocios, tierras y rentas modestas, profesionales o funcionarios— constituían entre el 5 % y el 10 % de la población y controlaban gran parte de la administración, la cultura, la educación, la información, el comercio y las manufacturas de taller.

Los campesinos eran la mayoría rural, distribuidos en propietarios de minifundios, arrendatarios o aparceros y jornaleros, especialmente numerosos en Andalucía occidental, donde más del 75 % de los trabajadores del campo eran jornaleros. La situación de estos últimos empeoró a finales del siglo, provocando movimientos campesinos organizados.

Trabajadores urbanos y condiciones laborales

Los trabajadores urbanos incluían artesanos, obreros fabriles, mineros, ferroviarios, inmigrantes rurales, trabajadores de comercio y servicio doméstico. Sus condiciones de vida eran precarias:

  • inseguridad laboral frecuente;
  • bajos jornales;
  • jornadas de 10 a 14 horas;
  • trabajo infantil;
  • aprendizaje informal solo por experiencia;
  • accidentes frecuentes;
  • hábitat insalubre con barrios sin saneamiento, sin agua ni alumbrado;
  • viviendas pequeñas compartidas por varias familias, foco de enfermedades como la tuberculosis y el cólera.

Balance final: persistencia de la precariedad

A pesar de los cambios, la estructura por sectores seguía siendo arcaica, con predominio del primario, y la mayoría de la población mantenía condiciones de vida precarias. La transición social transformó España de una sociedad cerrada y estamental a una sociedad abierta y clasista, con movilidad basada en la riqueza y la capacidad, aunque las diferencias y precariedades persistieron durante todo el siglo XIX.

Palabras clave relacionadas

España, siglo XIX, demografía, emigración, urbanización, industrialización, sociedad de clases

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