Transición a la Modernidad Europea: De la Revolución Científica al Positivismo y el Capitalismo


El nacimiento de la modernidad europea: Renacimiento, protestantismo, revolución científica y positivismo

El nacimiento de la modernidad europea marca la transición del mundo medieval al pensamiento moderno y se desarrolla entre los siglos XV y XIX. Este proceso implica profundos cambios culturales, religiosos, científicos y filosóficos que transforman la concepción del ser humano, del conocimiento y de la sociedad.

El Renacimiento y el Humanismo

El Renacimiento fue un movimiento cultural, artístico e intelectual que buscó recuperar la Antigüedad clásica grecolatina, no como mera imitación del pasado, sino como base para reinventar el presente. Su rasgo central fue el antropocentrismo, que sustituyó al teocentrismo medieval, situando al ser humano como centro de la realidad. Se afirmaron la razón, la libertad y la capacidad creativa humana, favorecidas por la superación de las crisis de la Baja Edad Media. Cambios sociales como el declive del feudalismo, el ascenso de la burguesía y la difusión de la imprenta impulsaron una sociedad más dinámica y secularizada.

En este contexto surgió el humanismo, movimiento que reivindicó la dignidad y las capacidades intelectuales y morales del ser humano. Destacan autores como:

  • Pico della Mirandola, defensor de la dignidad humana.
  • Erasmo de Róterdam, representante del humanismo cristiano.
  • Maquiavelo, fundador del pensamiento político moderno al separar política y moral.
  • Giordano Bruno, defensor de un universo infinito.
  • Tomás Moro, crítico de las desigualdades sociales en Utopía.

La Ruptura Religiosa y la Revolución Científica

Paralelamente, la Reforma protestante, iniciada por Martín Lutero en 1517 con la publicación de las 95 Tesis, supuso una ruptura religiosa decisiva. Lutero defendió la salvación por la fe y cuestionó la autoridad de la Iglesia, lo que provocó la división religiosa de Europa, la descentralización del poder espiritual y un impulso a la secularización del Estado.

Otro pilar de la modernidad fue la revolución científica, caracterizada por el abandono del geocentrismo y la adopción del heliocentrismo. Científicos como Copérnico, Kepler y Galileo consolidaron un nuevo método científico basado en la observación, la experimentación y el razonamiento lógico, estableciendo una nueva concepción del conocimiento.

Este proceso culminó filosóficamente con Auguste Comte y el positivismo, corriente que afirmó que el único conocimiento válido es el científico, rechazando la metafísica y defendiendo que la humanidad progresa mediante leyes científicas verificables, consolidando así la mentalidad moderna.

Racionalismo y empirismo: René Descartes y David Hume

Durante los siglos XVII y XVIII se desarrollan dos grandes corrientes filosóficas modernas, el racionalismo y el empirismo, centradas fundamentalmente en la epistemología, es decir, en el estudio del origen, los límites y la validez del conocimiento. Ambas corrientes coinciden en abandonar la fe como criterio principal de verdad y en situar a la razón humana como herramienta esencial del saber. Sin embargo, discrepan profundamente respecto a su funcionamiento y a la fuente última del conocimiento. El racionalismo se inspira en Platón, mientras que el empirismo retoma la tradición aristotélica.

El Racionalismo Cartesiano

El racionalismo, cuyo principal representante es René Descartes (1596-1650), surge de la preocupación por la falta de certeza en la filosofía anterior. Descartes propone la duda metódica como procedimiento para alcanzar una verdad absolutamente indudable. Al dudar de todo, descubre una certeza fundamental: la existencia del propio pensamiento, expresada en el cogito ergo sum (“pienso, luego existo”).

A partir de esta verdad, Descartes establece la estructura de la realidad en tres sustancias:

  1. La res cogitans (sustancia pensante o alma).
  2. La res infinita (Dios).
  3. La res extensa (el mundo físico).

Esta concepción implica un dualismo radical entre cuerpo y alma. El conocimiento racionalista se caracteriza por confiar exclusivamente en la razón, considerando que los sentidos son poco fiables y pueden inducir al error. Defiende la existencia de ideas innatas, claras y distintas, presentes en la mente desde el nacimiento, y sostiene que el conocimiento fundamental es a priori, independiente de la experiencia. Su método es el matemático o axiomático-deductivo, que concibe el universo como una máquina regida por leyes causales necesarias.

El Empirismo Humeano

Por el contrario, el empirismo, desarrollado en el siglo XVIII y representado principalmente por David Hume (1711-1766), sostiene que todo conocimiento procede de la experiencia sensible. La mente humana es una tabula rasa, sin ideas innatas, y todos los contenidos mentales derivan de las impresiones sensibles. El conocimiento es siempre a posteriori y está limitado por la experiencia.

Hume cuestiona la validez de principios tradicionales como la causalidad necesaria, afirmando que solo se basan en el hábito y la costumbre. En consecuencia, el conocimiento del mundo no alcanza certeza absoluta, sino que se mueve en el ámbito de la probabilidad, apoyándose en el método experimental.

El debate metafísico moderno: la teoría cartesiana de las sustancias y el materialismo moderno

El debate metafísico moderno surge como respuesta al dualismo ontológico radical formulado por René Descartes en el siglo XVII. La cuestión central es la estructura última de la realidad y, especialmente, el problema de la relación entre alma y cuerpo. A partir de Descartes se desarrollan diversas soluciones metafísicas que intentan explicar la naturaleza de la sustancia y la causalidad.

La Ontología Cartesiana

Para René Descartes, sustancia es aquello que existe sin necesitar de ninguna otra cosa, definición que se aplica estrictamente solo a Dios. Sin embargo, distingue tres sustancias:

  1. La res infinita (Dios), sustancia creadora, perfecta e infinita.
  2. La res cogitans, o sustancia pensante, cuya naturaleza es el pensamiento y cuyo atributo fundamental es la libertad.
  3. La res extensa, o sustancia material, caracterizada por la extensión, la divisibilidad y el determinismo mecánico.

El principal problema de esta teoría es explicar cómo pueden interactuar causalmente dos sustancias de naturaleza completamente distinta. Descartes propuso la glándula pineal como punto de interacción, solución considerada insuficiente.

Soluciones al Dualismo

Una respuesta a este problema fue el ocasionalismo de Nicolás Malebranche, quien mantuvo el dualismo cartesiano, pero negó la causalidad directa entre alma y cuerpo. Según su doctrina, solo Dios es causa real de todo lo que sucede. Los actos humanos y los fenómenos físicos son meras “ocasiones” para que Dios intervenga y produzca el efecto correspondiente. Además, Malebranche defendió el ontologismo, según el cual las ideas no se generan en la mente humana, sino que se contemplan en Dios.

Otra solución radical fue el monismo panteísta de Baruch Spinoza, quien negó la existencia de múltiples sustancias y afirmó la existencia de una única sustancia: “Dios o la Naturaleza”. Esta sustancia posee infinitos atributos, aunque el ser humano solo percibe dos: pensamiento y extensión. Alma y cuerpo no son sustancias distintas, sino dos modos de expresión de la misma realidad divina, lo que conduce al panteísmo.

Finalmente, Gottfried Wilhelm Leibniz propuso un monismo espiritualista, según el cual la realidad está compuesta por mónadas, sustancias simples, inextensibles e indivisibles, sin interacción causal entre sí.

El utilitarismo y el liberalismo político como origen de la sociedad capitalista

La sociedad capitalista moderna surge a partir de una serie de transformaciones económicas, políticas y filosóficas que consolidan un nuevo modelo de organización social basado en el mercado, la propiedad privada y la búsqueda del beneficio. El capitalismo se configura como un sistema dinámico y en constante evolución, desde el comercio global de la Edad Moderna hasta el neoliberalismo contemporáneo.

Según Geoffrey Ingham, se fundamenta en la creación de dinero a través del crédito bancario, el intercambio en los mercados y la producción privada de bienes, impulsando el crecimiento continuo y la acumulación de ganancias. Este sistema se apoya en una alianza entre el Estado, que necesita recursos, y el poder económico capitalista, que requiere protección institucional, legitimando determinadas formas de explotación y configurando las relaciones sociales.

Fundamentos Ideológicos: Liberalismo y Utilitarismo

El liberalismo político, desarrollado en Gran Bretaña a partir del siglo XVII, constituye uno de los principales sustentos ideológicos del capitalismo. Defiende la primacía del individuo sobre la sociedad y concibe la sociabilidad como una elección basada en intereses particulares, no como una disposición natural. Sus principios fundamentales son la neutralidad del Estado, la defensa de la propiedad privada y la competitividad.

Desde una visión antropológica pesimista, el liberalismo parte de la idea de que los seres humanos actúan movidos principalmente por el egoísmo y el interés propio. A esta base se añade el utilitarismo, formulado en el siglo XVIII por Jeremy Bentham y John Stuart Mill, que propone evaluar la moralidad de las acciones según sus consecuencias. Su objetivo ético es maximizar la felicidad del mayor número posible de personas.

  • Bentham defendió una medición cuantitativa del placer y el dolor.
  • Mill introdujo una distinción cualitativa entre placeres, otorgando mayor valor a los intelectuales.

En el ámbito político, el utilitarismo justifica las decisiones del poder según su utilidad social. Estas ideas confluyen en Adam Smith, quien sostuvo que la búsqueda del interés personal contribuye indirectamente al bienestar general mediante la “mano invisible” del mercado, que se autorregula sin intervención estatal.

Críticas a la Concepción Egoísta

Sin embargo, esta concepción ha sido criticada por presentar la competitividad como rasgo natural del ser humano. Autores como Joxe Azurmendi, Kropotkin y E. O. Wilson destacan la cooperación como un elemento esencial de la naturaleza humana y del éxito evolutivo. Desde esta perspectiva, el énfasis exclusivo en el egoísmo y la competencia ignora el papel fundamental del altruismo, la ayuda mutua y las tradiciones cooperativas en el desarrollo social.

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