Poetas de la generacion del 28


LA POESÍA DE LA GENERACIÓN DEL 27

 El periodo de entreguerras, es decir, los años veinte y treinta, fueron, en España, de una agitación constante. La Restauración, como sistema de monarquía parlamentaria, dio paso en 1923 a la dictadura de Primo de Rivera, en sintonía con el naciente fascismo italiano. Pero la caída definitiva de la monarquía sucedió en 1931, con el advenimiento de la II República. Sus cinco años de duración fueron años de ilusiones y reformas, vaivenes de orientación en el gobierno, y tensiones y conflictos sociales. El alzamiento del ejército en 1936 provocó una tormenta de sangre que no acabaría en 1939, año del fin de la guerra, sino que se prolongó durante largo tiempo en la dictadura de Franco.

 Todo esto fue lo que les tocó vivir a quienes conformaron la llamada “generación del 27”: un conjunto de autores nacidos en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, procedentes de la burguesía, con notable preparación cultural, formados en el clima de exigencia de la generación del 14 (con Ortega y Juan Ramón como mentores) y en el ambiente de arte renovado y “deshumanizado” que describió

Ortega. Mantuvieron lazos estrechos de amistad, varios de ellos convivieron o participaron en la vida de la Residencia de Estudiantes, publicaron en revistas que fueron vehículo de sus creaciones (Revista de Occidente, Verso y prosa,  Carmen,  Litoral…), formaron parte de la antología Poesía española (1932) de Gerardo Diego y participaron en los actos de celebración del tricentenario de la muerte de Góngora. Precisamente esta celebración compartida, como emblema de la estética que inicialmente defendieron, fue la que acabó por tomarse como referencia para su nombre.

      Si bien el conjunto de creadores incluía novelistas (Francisco Ayala, Rosa Chacel), ensayistas (José

Bergamín), dramaturgos (Alejandro Casona) o cineastas (Luis Buñuel), el núcleo lo constituyeron los poetas (aunque varios de ellos cultivasen también otros géneros). La nómina más o menos completa la formarían Jorge Guillén, Pedro Salinas, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre.
Entre todos dieron a luz un corpus poético que viene a ser el colofón de lo que se ha llamado “edad de plata” de la literatura española, que engloba a las generaciones del 98, el 14 y el 27.

Los rasgos que mejor definen la creación poética de la generación son los de fusión y equilibrio:
Son poetas de su tiempo, que recogen el hilo de la creación de sus maestros inmediatos, como Juan Ramón Jiménez, beben también de los clásicos (no solo Góngora, sino también los renacentistas o incluso más próximos, como Bécquer), y a ello suman y funden los temas, actitud y procedimientos de las vanguardias. Y la fusión y el equilibrio, además de darse entre tradición y novedad, se dio también entre lo culto y lo popular, que fue otra de sus fuentes de inspiración, y entre lo intelectual y lo emotivo.
Así, sus obras ofrecen un abanico de posibilidades en el que cualquiera de las orientaciones adquiere un nuevo espíritu por su tratamiento personal o su fecundación con otras.

Y por encima de esta amplia diversidad, cabe mencionar algunos de los rasgos que vinieron a caracterizar buena parte de sus obras. Así, la riqueza y originalidad de sus metáforas e imágenes, y su virtuosismo y libertad métrica (que incluye la utilización del verso libre).   

 A lo largo de los años que van hasta la guerra civil, se aprecia cierta unidad en la evolución  de los miembros del grupo (unidad que desaparecería con la guerra y la dispersión subsecuente). Durante ese tiempo, pueden apreciarse las siguientes fases y orientaciones:

  • Una primera etapa, hasta 1929, en la que predomina la poesía “deshumanizada”, esteticista, en línea con la propugnada por Ortega y Gasset, que se manifiesta a través de orientaciones varias, entre las que se dan la poesía pura (siguiendo a Juan Ramón Jiménez), la neogongorina, la neopopularista (de imitación de la poesía de tradición oral) o la vanguardista (creacionismo en Gerardo Diego, o de temática futurista en Salinas o Alberti…).
  • La segunda etapa, de 1929 a la Guerra Civil, es de “rehumanización”: a través de la influencia del surrealismo, en primer lugar, sale a la luz una poesía de la inquietud y el desasosiego, inundada de imágenes sorprendentes. Tras ello, llegan a aparecer contenidos sociales y hasta políticos, ligados a las circunstancias del momento y al compromiso creciente de varios poetas.

Tras la Guerra Civil, y con la muerte y el exilio de muchos, no cabe hablar ya de unidad,  sino de trayectorias individuales. Es cierto que, en general, puede decirse que no hubo retorno desde esa “rehumanización” alcanzada en los años treinta, y que sí hubo un tema que, en algún momento, fue tratado por todos: el de la añoranza del mundo que se había desvanecido con la guerra.

Para completar el panorama de esta generación, repasaremos brevemente la creación de cuatro de sus componentes más destacados: Guillén, Lorca, Alberti y Aleixandre.

Jorge Guillén (1893-1984), es el representante máximo de la poesía pura en la generación. A esa orientación responde prácticamente todo lo que publica hasta 1950, que fue recogiendo en su libro Cántico, creciente en ediciones sucesivas, desde la primera de 1928. Su poesía está llena de lucidez, es la expresión precisa que canta el gozo de vivir y arroja una mirada optimista sobre el mundo. La vivencia del dolor, de las imperfecciones de lo existente, y de la muerte, ocupó su libro siguiente: Clamor (de 1957 a 1963). Tras él, vino Homenaje, donde rendía tributo a escritores y artistas de todas las épocas. Racional y equilibrado, Guillén concibió el conjunto de su creación como una sola gran obra, a la que dio el nombre de Aire nuestro.

Federico García Lorca (1898-1936) comenzó con poesía de aire modernista, seguida por la poesía pura y, por fin, por el cultivo de poesía inspirada en fuentes populares. La culminación de este periodo, iniciado con Libro de poemas, se da con Poema del cante jondo y, sobre todo,  Romancero gitano. Con esta última, en donde la veta popular se muestra enriquecida con un universo de imágenes de gran fuerza simbólica, Lorca obtuvo un reconocimiento general.

Con Poeta en !ueva York, nacida durante su viaje y estancia en esa ciudad (justo cuando se produjo el crack de la bolsa, y cuando el poeta sufría una crisis personal), la poesía de Lorca se desata por la liberación de ese torrente de imágenes que ya antes asomaba; liberación que se produce por influjo y asimilación del surrealismo.
La fuerza y la libertad logradas en ese libro, no publicado en vida, se prolonga en Diván del Tamarit y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

En toda la poesía de Lorca, como también en su teatro, hay que destacar la visión trágica de la existencia, y la presencia constante del deseo, de los impulsos de vida que no alcanzan sino la frustración y la muerte. Hasta sus obras aparentemente más festivas esconden la amargura de esa imposibilidad de realización personal.

El caso de Rafael Alberti (1902-1999) es, probablemente, el de mayor diversidad temática y formal de la generación. Tras iniciarse en la pintura, que nunca abandonaría, emprende la creación poética con Marinero en Tierra, que abre su periodo de inspiración popular (y poesía pura), con breves canciones entre las que destacan las que expresan la añoranza del mar (del Puerto de Santa María, que dejó para ir a Madrid a los quince años). En esa misma línea, aunque con incorporación de libertades y caprichos vanguardistas, están La amante (sobre diversos lugares de Castilla) o El alba del alhelí. Tras ellos, compone Cal y canto, de estética gongorina, aunque con presencia de temas e imágenes de vanguardia. Sobre los ángeles (escrito entre 1927 y 1928)supone el paso al surrealismo y, con él, a una expresión más inquietante y reveladora de un malestar distante de la despreocupación de las obras anteriores. El surrealismo continúa en los libros siguientes, como Sermones y moradas, hasta  que, en Con los zapatos puestos tengo que morir (1930) pasa a dar voz a preocupaciones cívicas, que se convierten en claramente políticas (nacidas de la militancia comunista del autor) en Un fantasma recorre Europa o De un momento a otro (1937), obras en las que abandona los laberintos del subconsciente para hablar del mundo en que vive en un estilo más sencillo, lógico y directo. Exiliado al acabar la guerra, continuó escribiendo numerosas obras de temática y estilo variados, pero entre ellas destacan varias en las que predomina la nostalgia de lo perdido (tierra, juventud…), como Retornos de lo vivo lejano.

Vicente Aleixandre (1898-1994) expresa en su poesía una concepción pesimista del ser humano, a quien ve como un ser frágil y vulnerable, abocado al dolor y la angustia, y que aspira a volver a la tierra, unirse a la Naturaleza. Sus poemas, llenos de fuerza, plasman constantemente esa aspiración y, desde Pasión de la tierra (1928-29), lo hace utilizando un lenguaje netamente surrealista;
A veces, como en ese libro, en prosa poética; otras, en verso amplio, que contiene levemente el desbocamiento de la imaginación. Así son los dos libros centrales de esta época: Espadas como labios y La destrucción o el amor. Aleixandre, que permaneció en España, publicó, cinco años después del final de la guerra, Sombra del paraíso, obra en verso libre en la que, sin abandonar su estética, pero con expresión más directa, expresaba el dolor de la pérdida del mundo de su juventud. Esta obra, que, junto con Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, publicada el mismo año, se distanciaba del tipo de creación que se impuso con el franquismo, constituyó un estímulo decisivo para la renovación poética de los jóvenes poetas de la época. Tras ella, la creación de Aleixandre se orientó hacia una visión más entrañable del ser humano, en la que surgen la solidaridad y la compañía como salvación del dolor de la existencia. Entre las obras de esa última etapa destaca Historias del corazón (1953).

Para terminar, añadiremos que sólo la falta de espacio hace que dejemos sin tratar a poetas tan extraordinarios como lo fueron también Pedro Salinas (gran poeta del amor en La voz a ti debida); Luis Cernuda, siempre expresando el choque doloroso entre La realidad y el deseo (este fue el título que escogió para sus poesías completas); Gerardo Diego, oscilante siempre entre lo clásico (Versos humanos) y lo vanguardista (Manual de espumas); Manuel Altolaguirre, con Las islas invitadas, o Emilio Prados, de firme compromiso político (Llanto en la sangre).

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