Fundamentos Epistemológicos y Paradigmas en las Ciencias Sociales y el Trabajo Social


El debate entre objetivismo y subjetivismo

El objetivismo, característico del positivismo de Comte y continuado por Durkheim, afirma que los fenómenos sociales deben analizarse con el mismo rigor que los fenómenos naturales, ya que la realidad estaría gobernada por leyes estables, universales y ajenas a la voluntad individual. Desde esta postura, se priorizan los métodos cuantitativos, basados en la medición, la observación empírica, los datos numéricos y el uso de modelos estadísticos para descubrir regularidades verificables. Comte formuló la Ley de los Tres Estados y defendió una visión mecanicista y determinista que rechazaba cualquier interpretación subjetiva; incluso llegó a considerar que las ciencias sociales no podían ser plenamente científicas por su dependencia de la subjetividad. Durkheim retomó esta línea desde un neopositivismo más moderado: definió los hechos sociales como realidades externas y coercitivas que deben estudiarse objetivamente, y mediante investigaciones empíricas sobre la división del trabajo, la anomia o el suicidio mostró cómo los procesos sociales condicionan la cohesión colectiva. Aunque reconoció ciertos límites del positivismo, mantuvo la idea de que la sociedad puede analizarse científicamente a través de leyes generales.

El subjetivismo, representado por Dilthey, sostiene que la realidad social solo puede comprenderse atendiendo a la dimensión interna de las personas: sus valores, emociones, motivaciones, creencias e interpretaciones. Desde esta perspectiva, los fenómenos sociales no pueden reducirse a cifras, porque la acción humana está cargada de significados y experiencias que solo pueden captarse mediante métodos cualitativos. Dilthey defendía que el investigador debe comprender desde dentro la vivencia de los sujetos, ya que la sociedad no funciona como un mecanismo natural regido por leyes fijas, sino como una construcción de sentidos. Ejemplos como el suicidio muestran que no basta con estudiar factores externos: es imprescindible integrar la subjetividad para entender por qué alguien actúa de una manera concreta. Por ello, este enfoque sostiene que un estudio social completo debe combinar la dimensión objetiva con la subjetiva, pues sin esta última el estudio queda incompleto.

Explicar frente a comprender: el dilema metodológico

En las ciencias sociales, explicar significa identificar relaciones de causa y efecto entre fenómenos siguiendo el enfoque positivista, que aplica a la sociedad los mismos principios que rigen en las ciencias naturales. Este planteamiento, heredado de Francis Bacon, se apoya en la inducción: observar casos concretos para elaborar leyes generales capaces de anticipar comportamientos futuros. Autores como Comte, Durkheim, Weber o Marx recurrieron a este método para detectar regularidades y patrones estables en la vida social. No obstante, este tipo de explicación cae en lo que se conoce como trampa positivista: asumir que basta con hallar correlaciones o estadísticas para comprender un fenómeno, dejando de lado la complejidad subjetiva y contextual de la acción humana. Un ejemplo es interpretar el voto de monsieur Rouget únicamente por su condición de obrero, reduciendo su decisión a una tendencia estadística y excluyendo aspectos personales como su trayectoria vital, sus valores, creencias o experiencias. Así, la explicación positivista aporta claridad causal, pero puede simplificar en exceso la realidad social.

El concepto de comprender (verstehen) surge como respuesta a estas limitaciones y sostiene que la acción social solo puede entenderse si se capta el sentido subjetivo que los individuos atribuyen a lo que hacen. Para Max Weber, comprender implica interpretar las motivaciones, valores, expectativas y significados que orientan la conducta humana, ya que las personas actúan teniendo en cuenta a otros, normas y contextos. Weber afirma que la sociología debe primero comprender interpretativamente la acción social y, después, explicar causalmente sus efectos, combinando así subjetividad y causalidad. Además, distingue entre una comprensión basada en datos cuantitativos (comprensión existente) y otra centrada en significados cualitativos (comprensión interpretada). Una vez alcanzada la comprensión, se llega a la evidencia, que permite formular una explicación que puede ser racional —lógica y causal— o endopática —afectiva y empática—. Para Weber, comprender y explicar no son procesos opuestos, sino complementarios: comprender permite captar el sentido interno de la acción, y explicar permite relacionarla con sus consecuencias dentro del sistema social.

Epistemología: del saber cotidiano al conocimiento científico

La epistemología es la rama de la filosofía que analiza el conocimiento: su origen, su validez, sus límites, sus métodos y la relación entre quien conoce y aquello que es conocido. Proviene de los términos griegos episteme (conocimiento verdadero) y logos (estudio o teoría), lo que refleja su propósito fundamental: examinar qué significa conocer, cómo se construye el conocimiento y qué criterios permiten diferenciar una simple opinión de un saber fundamentado. La epistemología se pregunta qué fuentes del conocimiento existen, qué grado de certeza es posible alcanzar y qué condiciones debe cumplir un saber para considerarse científico.

Sus raíces se encuentran en los filósofos clásicos —Sócrates, Platón y Aristóteles—, quienes establecieron la distinción entre doxa y episteme, clave para entender la diferencia entre un conocimiento superficial y uno riguroso. La doxa alude a un saber inmediato, intuitivo y cotidiano, basado en impresiones, experiencias personales, costumbres o creencias comunes. Es un conocimiento poco crítico, desordenado y a menudo contradictorio, que no sigue un método ni un proceso de verificación. En otras palabras, la doxa equivale a la opinión: útil para la vida diaria, pero sin garantías de profundidad o validez. Por ejemplo, cuando alguien opina sobre un tema sin haberlo estudiado, apoyándose solo en lo que ha oído o vivido, está operando desde la doxa.

La episteme, en cambio, representa un conocimiento sistemático, crítico y metódico, construido mediante procedimientos que permiten analizar, interpretar y contrastar la información. No se limita a recopilar datos, sino que los somete a reflexión, argumentación y comprobación, lo que la convierte en la base del conocimiento científico. Aunque parte de la doxa —pues todo saber comienza con percepciones iniciales—, la supera al transformarla en un conocimiento ordenado, coherente y fundamentado.

En conjunto, la epistemología estudia cómo se produce esta transición del saber intuitivo al conocimiento científico, qué métodos garantizan la validez de lo que afirmamos y qué criterios permiten distinguir entre una opinión y un saber crítico y bien sustentado. Su relevancia es especialmente notable en las ciencias sociales, donde es imprescindible diferenciar entre percepciones subjetivas y conocimientos rigurosos sobre la realidad humana.

El Trabajo Social: ¿Ciencia, tecnología o arte?

Trabajo social como ciencia

El debate sobre si el Trabajo Social puede considerarse una ciencia gira en torno a si cumple los criterios propios del conocimiento científico. Autores como Kisnerman, Moix, Natividad de la Red y Ruse sostienen que sí, porque el Trabajo Social emplea el método científico, dispone de una base teórica y epistemológica, y utiliza un conjunto de conceptos y categorías propias. Además, cuenta con bibliografía especializada, una filosofía profesional, un código deontológico y un enfoque de investigación sistemático. Estos autores afirman que el Trabajo Social posee un objeto de estudio específico, centrado en una parte concreta de la realidad social. También señalan que sigue un procedimiento científico, ya que formula objetivos e hipótesis, las contrasta mediante investigación y obtiene resultados organizados y verificables a partir de la experiencia.

Trabajo social como tecnología

Autores como Ezequiel Ander-Egg, García Salord y Ana Lima adoptan una postura más crítica respecto a considerar el Trabajo Social como una ciencia en sentido estricto. Según ellos, el Trabajo Social no genera teorías propias, sino que depende de otras disciplinas para construir su cuerpo de conocimientos y orientar su práctica. Por ello, argumentan que no produce conceptos científicos autónomos y que su estatus se acerca más al de una tecnología aplicada que al de una ciencia pura. Desde esta perspectiva, el Trabajo Social carecería de un estatus científico plenamente definido y su intervención, situada en niveles micro de la realidad social, ofrecería una visión parcial. Aun así, estos autores reconocen que la disciplina ha evolucionado y hoy utiliza herramientas técnicas, metodológicas y colaborativas más sólidas que en sus inicios.

Trabajo social como arte

Autores como Mary Richmond, Mario Bunge, Ricardo Hill y Manuel Moix defienden que, aunque el Trabajo Social pueda considerarse una ciencia, su ejercicio profesional requiere también una dimensión artística. Para ellos, la intervención social exige habilidades, creatividad, sensibilidad, intuición y la capacidad de aplicar técnicas con destreza. El trabajador social debe poseer una calidad humana que le permita establecer vínculos significativos con las personas usuarias. Por eso, estos autores subrayan que la práctica profesional no debe ser únicamente técnica, sino también profundamente humana: requiere vocación, empatía, imaginación y capacidad para adaptar los conocimientos a cada situación.

El objeto de intervención en el Trabajo Social

El objeto del Trabajo Social es la realidad concreta sobre la que interviene la profesión para conocerla, interpretarla y transformarla, entendida no como algo fijo o meramente técnico, sino como una construcción social que depende de cómo la sociedad define el malestar, de cómo las instituciones lo legitiman y de cómo se organizan los recursos para abordarlo. Desde la perspectiva de Berger y Luckmann, la realidad social se crea y se hace objetiva a través del lenguaje y de los acuerdos colectivos, por lo que comprenderla implica analizar los significados que las personas y sus grupos atribuyen a sus acciones y problemas. Esto muestra que el objeto del Trabajo Social también está atravesado por elementos subjetivos e ideológicos, incluidos los valores y creencias de los propios profesionales. Teresa Zamanillo propone delimitarlo atendiendo tanto a las estructuras que generan pobreza, exclusión o dependencia como a la vivencia subjetiva del sufrimiento que altera la vida cotidiana y las relaciones sociales. El malestar, por tanto, no es natural ni permanente, sino un producto histórico y social que cambia según el contexto, lo que obliga al Trabajo Social a combinar el análisis estructural con la comprensión profunda de la experiencia individual, entendiendo la intervención como una forma especializada de ayuda —y en ocasiones de control— dirigida a quienes atraviesan estas situaciones. Para actuar con rigor, la profesión debe mantener una distancia crítica tanto respecto a las definiciones sociales dominantes como respecto a las propias percepciones del profesional, utilizando herramientas que permitan valorar lo cualitativo, lo singular y lo subjetivo sin perder el marco teórico que sitúa cada caso en un contexto más amplio. Esto implica reconocer el papel del observador, investigar los significados desde la perspectiva de los sujetos, atender a cómo cambian en el tiempo y priorizar la comprensión de actitudes, valores y percepciones. Finalmente, la intervención debe generar una doble devolución: hacia la sociedad, para influir en la construcción social del malestar, y hacia la disciplina, para revisar críticamente la práctica profesional, articulando así una intervención coherente que combine la comprensión de la experiencia humana con una mirada crítica sobre las estructuras que la condicionan.

Paradigmas y epistemología social

Un paradigma es un marco de ideas que organiza la manera en que interpretamos y explicamos la realidad. Procede de parádeigma (“mostrar”) y alude a un conjunto de supuestos, valores, conceptos y principios que orientan cómo una disciplina selecciona ciertos aspectos de un mundo complejo y los agrupa para darles sentido. No se trata de algo verdadero o falso, sino de una herramienta más o menos útil para guiar la investigación, la práctica profesional y la formulación de problemas y soluciones. Como señala Daniel Bell, nombrar la realidad implica interpretarla: cada paradigma ofrece un lenguaje y un modelo que hacen visible una parte del mundo, pero nunca su totalidad, lo que explica los cambios paradigmáticos cuando una nueva forma de mirar sustituye a otra. Thomas Kuhn entiende el paradigma como un conjunto de logros científicos aceptados por una comunidad que sirven de referencia para resolver problemas en un periodo histórico; Merton lo concibe como un esquema que evita supuestos implícitos y facilita el acceso al conocimiento social; y Masterman distingue tres dimensiones: la filosófica (visión del mundo), la sociológica (la comunidad científica que lo sostiene) y la científica (los problemas ya resueltos que sirven de ejemplo). Todos los paradigmas muestran la realidad social, pero cada uno ilumina solo una parte, por lo que ninguno puede abarcarla por completo y cada persona suele preferir aquel que encaja con su forma de pensar. En las ciencias sociales, los paradigmas pueden adoptar enfoques más amplios y estructurales o más centrados en la acción individual, y entre los más estudiados destacan el funcionalista, el conflictivista y el hermenéutico, que influyen en el Trabajo Social tanto en su dimensión ideológica como en sus métodos y en su manera de definir e intervenir sobre el malestar social.

La epistemología social de Hollis se articula en torno a dos grandes cuestiones: cómo debe conocerse la realidad social —si mediante la explicación causal o a través de la comprensión del sentido— y cuál es la unidad adecuada de análisis —si las estructuras colectivas o los individuos—. De la combinación de estas dimensiones surgen cuatro enfoques: los Sistemas (holismo‑explicación), que conciben la sociedad como un entramado de estructuras con funciones y leyes que condicionan la conducta; los Agentes (individualismo‑explicación), centrados en sujetos que actúan racionalmente calculando sus intereses; los Juegos (holismo‑comprensión), que reconocen la existencia de estructuras pero sostienen que solo pueden entenderse interpretando cómo las personas asumen y negocian las reglas; y los Actores (individualismo‑comprensión), que ponen el acento en la subjetividad, los roles y las razones personales que orientan la acción. A partir de este marco, Howe identifica cuatro paradigmas de intervención en Trabajo Social: el funcionalista, que entiende la conducta como regular y corregible, interpreta la desviación como patología y utiliza métodos objetivistas; el interpretativista, que afirma que la realidad solo puede comprenderse desde la perspectiva de quienes la viven y rechaza tratar a las personas como objetos de estudio; el humanista radical, que combina subjetividad y crítica social, denuncia la alienación producida por el capitalismo y busca que las personas tomen conciencia de las estructuras que las oprimen; y el estructuralista radical, que considera la realidad social como objetiva y determinada por las estructuras económicas, adopta una visión marxista y explica la sociedad a partir de la producción material, las clases y la explotación. En conjunto, las propuestas de Hollis y Howe muestran cómo distintos paradigmas ofrecen formas diversas de interpretar la acción social y de orientar la práctica profesional en Trabajo Social.

Tradiciones científicas y progreso del conocimiento

El inductivismo y el deductivismo son dos formas esenciales de construir conocimiento científico que, lejos de excluirse, se complementan. El enfoque inductivo parte de la observación de casos concretos y, a partir de regularidades repetidas, formula principios generales, aunque su límite es que ninguna acumulación de datos garantiza una verdad universal. El deductivismo, por el contrario, comienza con teorías o leyes generales y las aplica a situaciones particulares, como hace un médico al diagnosticar basándose en conocimientos previos; su validez depende de la coherencia lógica del razonamiento más que del número de observaciones. Ambos métodos resultan útiles según el tipo de investigación: la inducción permite descubrir patrones desde la experiencia, mientras que la deducción facilita explicar casos concretos desde marcos teóricos. Por eso, en la práctica científica —incluido el Trabajo Social— se combinan para generar conocimiento sólido y orientar la intervención. Los paradigmas actuales de las ciencias sociales tienen sus raíces en dos grandes tradiciones previas al método científico moderno: la aristotélica y la galileana. La tradición aristotélica, dominante hasta el siglo XVI, se basa en un enfoque inductivo que parte de lo particular para llegar a lo general, pero incorpora una explicación teleológica centrada en causas y fines, mezclando observación con interpretación metafísica, lo que la acerca a perspectivas hermenéuticas y conflictivistas. La tradición galileana rompe con este modelo al introducir un enfoque deductivo, racional y verificable, que combina principios generales con observación empírica y experimentación, desplazando el interés desde el “por qué” hacia el “cómo” y dando lugar a una ciencia más cuantitativa y orientada a leyes y regularidades. De estas dos tradiciones derivan los grandes paradigmas de las ciencias sociales —funcionalista, conflictivista y hermenéutico— que, aunque transformados, conservan sus modos de interpretar la realidad y de producir conocimiento.

El positivismo, formulado por Comte en el siglo XIX, afirma que el conocimiento válido debe basarse exclusivamente en hechos observables y comprobables, rechazando explicaciones teológicas o metafísicas y defendiendo que la sociedad puede estudiarse mediante leyes generales y análisis causales, lo que se expresa en el principio de Erklären (explicar). Sostiene un monismo metodológico, es decir, que solo el método científico cuantitativo produce saber riguroso, y se consolidó en un contexto de grandes transformaciones sociales en el que fenómenos como la pobreza empezaron a analizarse de forma sistemática. Frente a ello, la hermenéutica pone el acento en la interpretación de los fenómenos humanos, destacando la subjetividad, los significados, los contextos históricos y las experiencias individuales; rechaza reducir las ciencias humanas a leyes universales y defiende el Verstehen (comprender), que implica interpretar intenciones, valores y sentidos de la acción. Autores como Dilthey, Weber y Simmel sostienen que para entender la conducta humana no basta con identificar causas externas, sino que es necesario comprender cómo los actores interpretan su mundo y construyen significados en la interacción. Así, positivismo y hermenéutica representan dos formas distintas de aproximarse a la realidad social: una orientada a la explicación causal y otra a la comprensión interpretativa. En cuanto al progreso científico, Popper plantea que la ciencia avanza mediante el falsacionismo, sometiendo las teorías a pruebas que puedan refutarlas y entendiendo el conocimiento como provisional y perfectible. Kuhn, en cambio, sostiene que la ciencia progresa a través de revoluciones: periodos de ciencia normal dentro de un paradigma, seguidos de crisis por anomalías que ese paradigma no puede resolver, lo que conduce a su sustitución por otro que transforma la forma de ver el mundo. Feyerabend, por su parte, rechaza la idea de un método único y defiende un pluralismo metodológico o “anarquismo epistemológico”, según el cual la ciencia avanza gracias a la diversidad de enfoques, la creatividad y la exploración de teorías alternativas, denunciando además el poder ideológico de la ciencia moderna y su alianza con el Estado. En conjunto, estas perspectivas muestran que el conocimiento científico progresa no solo por acumulación de datos, sino también por crítica, rupturas conceptuales, diversidad metodológica y cambios profundos en la manera de interpretar la realidad.

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