Las chicas de alambre
Ya no llovía, y la terraza instalada sobre la acera de Gran Vía, al estar cubierta, tenía los asientos secos, o sería que los empleados acababan de volver a ponerlos no hacía mucho. Algunas mesas estaban ocupadas y hasta el sol pugnaba por salir rápidamente por entre las nubes más pertinaces. Cuatro estudiantes ociosos de una de las mesas cubrieron a Sofía con cuatro densas miradas. Por sus caras adiviné sus pensamientos.
