La justicia en Platón: clasificación de los bienes, virtudes y alma en La República


1. ¿Qué rol tiene la clasificación de los bienes hecha por Glaucón y Sócrates? ¿Cómo condiciona la respuesta socrática?

Glaucón distingue tres clases de bienes. Hay bienes que queremos solo por sí mismos, como el regocijo y los placeres inocentes. Hay otros que queremos por sí mismos y también por lo que se sigue de ellos, como la comprensión, la vista y la salud. Y hay bienes penosos pero provechosos, como la gimnasia, ser tratado por un médico o ganar dinero, que solo se soportan por el salario y los beneficios que traen.

Sócrates pone la justicia en la segunda clase, la más bella, al menos para quien quiera ser feliz. Glaucón le responde que la mayoría la pone en la tercera: algo desagradable que se practica por la paga y la buena fama. En esa opinión se apoyaba Trasímaco.

La clasificación convierte el desafío en una pregunta concreta: ¿a qué clase pertenece la justicia? Y condiciona la respuesta. Como Sócrates eligió la segunda clase, tiene que probar que la justicia es buena por el poder (dýnamis) que tiene por sí misma en el alma, sin contar salarios ni reputación. Si la defendiera por sus recompensas, solo probaría que pertenece a la tercera clase, o sea, que conviene parecer justo. Por eso en el libro IV deja de lado premios y castigos y busca la justicia como un estado interior. La salud, ejemplo de la segunda clase, anticipa además la respuesta: la justicia va a ser la salud del alma, y nadie cambiaría la salud por riqueza o poder.

2. Explique la postura defendida por Glaucón con respecto a la justicia

Glaucón aclara que no piensa así, pero defiende la vida del injusto con toda la fuerza que puede para obligar a Sócrates a elogiar la justicia por sí misma. Su discurso tiene tres puntos.

El primero es el origen de la justicia. Por naturaleza, cometer injusticia es bueno y padecerla es malo, pero padecerla pesa más. Los que no pueden cometerla sin sufrirla pactan no hacerla ni padecerla, y de ese acuerdo nacen las leyes y lo que se llama «justo». La justicia queda a mitad de camino entre lo mejor, cometer injusticia sin castigo, y lo peor, sufrirla sin poder vengarse. La aprecian los débiles; un hombre fuerte nunca firmaría ese pacto. Es una convención contra la naturaleza.

El segundo es que nadie es justo por voluntad propia. Lo muestra con el anillo de Giges, el pastor que se vuelve invisible y así seduce a la reina, mata al rey y se queda con el gobierno. Con un anillo así, el justo haría lo mismo que el injusto, movido por la codicia que toda criatura persigue por naturaleza. Quien no lo usara sería visto como un tonto, aunque lo elogiaran en público.

El tercero es que la vida del injusto es mejor. Para juzgarlo compara los dos tipos en estado puro. El injusto perfecto actúa como un artesano experto: comete injusticias sin que lo descubran, porque la injusticia más alta es parecer justo sin serlo. Al justo perfecto hay que sacarle la apariencia de justicia y darle fama de injusto, para saber si es justo por la justicia o por los premios. Ese justo termina azotado, torturado y empalado, mientras el injusto gobierna, se enriquece, ayuda a sus amigos y hasta es más querido por los dioses. Así Glaucón pone la justicia en la tercera clase de bienes y deja como condición separar el ser del parecer.

3. Explique la postura defendida por Adimanto con respecto a la justicia

Adimanto completa a Glaucón examinando a quienes elogian la justicia. Los padres les piden a sus hijos que sean justos por los cargos y los buenos casamientos que trae la buena fama, no por la justicia misma. Los poetas llevan esto a los dioses: Hesíodo y Homero prometen al justo cosechas y rebaños abundantes, y Museo un banquete eterno en el Hades. A los injustos los castigan con el fango del Hades. En todos los casos la justicia vale por lo que reporta.

También recoge otro discurso, común a poetas y gente corriente: la justicia es bella pero difícil, y la injusticia es agradable y solo vergonzosa ante la opinión. Además, sacerdotes y adivinos venden sacrificios que borran los crímenes, como si a los dioses se los pudiera comprar.

Lo central es el efecto en un joven bien dotado que se pregunta cómo vivir. Si el parecer le gana a la verdad en cuanto a la felicidad, concluye que le conviene una fachada de virtud y, detrás, la astucia del zorro. Para no ser descubierto tiene sociedades secretas y maestros de persuasión, y a los dioses, si existen, los compra con ofrendas. No hay motivo para preferir la justicia.

Por eso Adimanto exige lo que nadie hizo: mostrar qué son la justicia y la injusticia por su propio poder en el alma, ocultas a dioses y hombres. Sócrates tiene que quitar la reputación y mostrar qué produce cada una en quien la tiene, pase inadvertida o no.

4. ¿Cuáles son las cláusulas que Adimanto y Glaucón le colocan a Sócrates para su respuesta sobre la justicia? Explíquelas

Las cláusulas son las condiciones para que la respuesta pruebe que la justicia es buena en sí misma, y no solo que conviene parecer justo.

La primera es explicar qué son la justicia y la injusticia y qué poder (dýnamis) tiene cada una por sí misma en el alma, sin contar salarios ni consecuencias.

La segunda es dejar de lado la reputación. Glaucón da al injusto la mejor fama de justicia y al justo la peor fama de injusticia. Si el justo pareciera justo recibiría honores, y no sabríamos si es justo por la justicia o por los premios. Adimanto lo hace regla: hay que suprimir la reputación verdadera y agregar la falsa en los dos casos.

La tercera es que la prueba valga aunque la justicia y la injusticia pasen inadvertidas para hombres y dioses, como con el anillo de Giges. Esto deja afuera también las recompensas divinas que prometían los poetas.

La cuarta es mostrar qué produce cada una en quien la tiene: el bien en un caso y el mal en el otro. Como Sócrates puso la justicia entre los bienes que valen por sí mismos, no puede elogiarla por sus consecuencias.

Por estas cláusulas, en el libro IV Sócrates deja de lado premios y castigos y define la justicia como un estado interior del alma, parecido a la salud.

5. ¿En qué se diferencian las posturas de Glaucón y Adimanto? ¿Son contrapuestas?

Se diferencian en el ángulo y en el material. Glaucón razona sobre la naturaleza: da una genealogía de la justicia como pacto entre débiles, opone naturaleza y convención, propone el anillo de Giges y compara al justo y al injusto llevados al extremo. Reconstruye el argumento de quienes alaban la injusticia.

Adimanto trabaja sobre la educación y la cultura. Examina lo que dicen padres, poetas y sacerdotes que venden purificaciones, y el efecto que eso tiene en un joven que se pregunta cómo vivir. Muestra que quienes elogian la justicia la elogian solo por la fama y los premios.

No son contrapuestas sino complementarias. Adimanto interviene porque faltaba lo más necesario, y Sócrates lo recibe con el proverbio de que el hermano ayude al hermano. Además, llegan al mismo lugar: si los defensores de la justicia solo la elogian por la fama, confirman la tesis de Glaucón de que hay que parecer justo y no serlo. Por eso los dos terminan pidiendo lo mismo: quitar la reputación y mostrar qué hace la justicia en el alma por sí misma.

6. ¿Qué analogía da Sócrates con respecto a la investigación de la justicia? Explíquela

Sócrates compara la investigación con la situación de alguien de poca vista que tiene que leer letras chicas desde lejos. Si encuentra las mismas letras escritas en grande en otro lugar, le conviene leer primero las grandes y después comprobar si las chicas dicen lo mismo.

Las letras grandes son la ciudad y las chicas son el individuo. Hay una justicia propia de cada uno, y como la ciudad es más grande, quizás tenga más justicia y sea más fácil verla. Por eso la van a buscar primero en la ciudad y después en el individuo, atendiendo a la semejanza entre lo grande y lo chico. Para verla nacer, imaginan una ciudad desde su fundación, que surge porque nadie se basta a sí mismo.

La analogía supone que «justicia» significa lo mismo en la ciudad y en el alma. Es el principio socrático de que un mismo nombre aplicado a dos cosas designa algo idéntico en ambas. Para los griegos era natural, porque ética y política eran una sola cosa y la ciudad no es más que los hombres que la forman.

La comparación sola no prueba nada: después hay que volver al individuo y verificar que lo hallado encaja. Por eso Sócrates aclara que la respuesta será provisional y que una definitiva exigiría un camino más largo.

7. ¿Qué significa que, para Platón, las virtudes sean dynámeis (capacidades)? ¿Por qué la justicia ocupa una posición más eminente que las demás virtudes?

Que las virtudes sean dynámeis significa que son capacidades para hacer algo bien. La palabra griega areté, que traducimos como «virtud», nombra la excelencia que le permite a algo cumplir su función. Como dice Nettleship, un hombre de gran virtud es, en griego, un hombre con gran capacidad para hacer ciertas cosas. Por ejemplo, el valor es la capacidad de conservar en toda circunstancia un juicio correcto sobre lo que hay que temer y lo que no.


En la ciudad, Sócrates encuentra las virtudes por eliminación. Si la ciudad es buena tiene las cuatro, y la que quede después de identificar tres será la justicia. La sabiduría es el conocimiento de los guardianes sobre el bien de la ciudad entera. El valor está en los soldados. La moderación es el acuerdo de todas las clases sobre quién gobierna. Lo que queda es la justicia: que cada uno haga lo propio, la función para la que está mejor dotado por naturaleza.

La justicia es más eminente porque les da a las demás virtudes la capacidad de nacer en la comunidad y de mantenerse mientras ella esté presente. Sin ese reparto de funciones, ni los guardianes gobernarían con sabiduría ni los soldados defenderían con valor. Por eso la justicia es la condición de existencia de todas las virtudes, y cada una es una forma particular de ella según la función de cada uno.

8. ¿Por qué la justicia en el individuo es un estado interior y no un modo de acción? Explique la analogía con la salud

Para pasar la justicia al individuo, Sócrates muestra que el alma tiene tres partes. Una misma parte no puede querer y rechazar lo mismo a la vez, y alguien puede tener sed y no querer beber. Entonces hay un apetito que desea y una razón que lo frena. El enojo que sentimos cuando cedemos al apetito revela una tercera parte, lo fogoso, que suele ayudar a la razón.


Las virtudes se reparten como en la ciudad. La sabiduría está en la razón, que piensa en el bien del hombre entero. El valor está en lo fogoso. La moderación es aceptar de buena gana que la razón mande. La justicia es que cada parte haga lo suyo.

Por eso la justicia es un estado interior y no un modo de actuar: es el orden de las partes del alma. Las acciones justas salen de ese orden. Alguien así ordenado no va a robar, traicionar a sus amigos ni cometer perjurio, pero esas conductas son la consecuencia de la justicia, no la justicia misma. La división del trabajo en la ciudad es solo su imagen exterior. Con esto Sócrates les responde a quienes buscaban la justicia solo en la conducta externa.

La analogía con la salud lo aclara. La salud nace de una relación armoniosa entre los elementos del cuerpo, en la que los mejores tienen el control. La justicia es esa misma armonía en el alma, con la razón al mando, y el vicio es enfermedad o debilidad. Igual que la salud no es algo que se hace sino una condición de la que dependen las buenas funciones, la justicia es una condición de la que dependen las buenas acciones.

9. ¿Cómo responde la concepción de la justicia como salud del alma a la pregunta de si el justo es más feliz que el injusto?

Glaucón y Adimanto pedían mostrar qué produce la justicia por sí sola en quien la tiene, aunque nadie la vea y aunque el justo tenga fama de injusto. La analogía con la salud cumple con eso. La salud es buena en sí misma, la tenga uno a escondidas o a la vista de todos, y ningún castigo de afuera la vuelve enfermedad.

Si la justicia es la salud del alma y el vicio su enfermedad, la pregunta de qué compensa más pierde sentido. Nadie cambiaría de buena gana la salud por riqueza o poder, como reconoce el propio Glaucón. Ser justo ya es estar bien, y la felicidad del justo no es un premio que se suma a la justicia.


El injusto, en cambio, es infeliz por el conflicto interno. En su alma mandan el apetito o la ambición en lugar de la razón, y por eso Platón lo describe como tiranizado por sus pasiones. El anillo de Giges puede ocultar sus acciones a los demás, pero no le oculta a él el desorden de su propia alma.

El argumento de la función completa la respuesta. La función del alma es la vida humana y su excelencia es la justicia, así que el justo vive bien, y vivir bien es ser feliz. Sócrates advierte, sin embargo, que esta respuesta es provisional y que se completa en el camino más largo, el que lleva al Bien.

10. ¿Cuáles son las dos opiniones sobre el bien que rechaza Platón? ¿Por qué las rechaza?

Para un griego, agathón no tenía por fuerza sentido moral: bueno es lo útil y provechoso. Por eso la Forma del Bien es lo que, sumado a los actos justos y a todo lo demás, los vuelve útiles. Además, con la justicia muchos se conforman con la apariencia, pero con el bien nadie se conforma con parecer que lo tiene.

Platón rechaza dos opiniones. La popular dice que el bien es el placer. Falla por inconsecuente: quienes la sostienen terminan admitiendo que hay placeres malos, como Calicles en el Gorgias. Si hay placeres malos, el placer no puede ser el bien, porque el bien sería a la vez malo.

La opinión más refinada dice que el bien es el conocimiento. Falla por circular: si se pregunta conocimiento de qué, solo pueden responder «del bien». Definen el bien por el conocimiento y el conocimiento por el bien, así que no dicen nada. Con esta crítica Platón señala la debilidad del propio Sócrates, que identificaba la virtud con el conocimiento sin poder decir cuál era su objeto.

11. ¿Por qué el Bien no necesita una justificación ulterior? Relaciónelo con la felicidad en el Banquete (205a)

En el pensamiento teleológico griego, de cualquier cosa se puede preguntar para qué es y cuál es su bien, y el bien de una cosa es la explicación última de su existencia. La herencia socrática lo planteaba como una cadena: cada cosa tiene una función, su virtud es la aptitud para cumplirla y cumplirla es su bien. Para el hombre, esa cadena es la llave de la felicidad.

Aplicada a la justicia queda así. ¿Por qué ser justo? Porque la justicia es la virtud del alma. ¿Por qué querer esa virtud? Porque le permite al alma cumplir su función y vivir bien. ¿Por qué querer vivir bien? Porque eso es ser feliz.

Ahí la cadena se cierra. El Bien es el fin de todo esfuerzo, lo que todos persiguen, y sobre él ya no se puede preguntar para qué, porque justifica su propia existencia. Lo mismo pasa en el Banquete: quien quiere tener lo bueno lo quiere para ser feliz, y ya no tiene sentido preguntar por qué quiere ser feliz, porque la respuesta está completa. Preguntar más allá sería pedirle un fin al fin último.

12. Explique la Línea dividida: sus secciones, sus objetos y los estados mentales que les corresponden

La línea dividida completa la analogía del sol. Sócrates pide imaginar una línea cortada en dos partes desiguales y cada parte subdividida en la misma proporción. El primer corte separa lo visible de lo inteligible.

En lo visible, la sección de abajo contiene las imágenes: sombras, reflejos y cosas parecidas. La de arriba contiene los objetos de los que esas imágenes son copia: animales, plantas y objetos fabricados. La relación entre ambas es la misma que hay entre los objetos de la opinión (dóxa) y los del conocimiento: copia y original.

En lo inteligible, los objetos son las Formas, captadas de dos maneras. En la sección de abajo, el alma usa como imágenes los objetos visibles y parte de supuestos (hypothéseis) que da por sabidos, de los que deduce conclusiones sin subir a un primer principio. Es lo que hacen los matemáticos: dibujan figuras, pero razonan sobre el cuadrado en sí, que solo se ve con la razón. En la sección de arriba, la mente toma esos supuestos como peldaños para subir, sin nada sensible y solo a través de Formas, hasta un principio no hipotético: el Bien. Desde ahí puede bajar y ver cómo ese principio le da sentido a todas las demás Formas.


A cada sección le corresponde un estado mental. De abajo hacia arriba son eikasía (conjetura o imaginación), pístis (creencia), diánoia (pensamiento o razonamiento) y nóesis (intelección), a la que también se llama conocimiento (epistéme). Las dos primeras forman la opinión, que se ocupa del devenir, y las dos últimas forman el conocimiento, que se ocupa del ser.